Claves de un experimento notable y longevo

Si bien es cierto que sólo dos personas se alternaron en el poder en estos 20 años, debe concederse que no necesitaron ni reformas constitucionales ni interpretaciones amañadas de norma alguna para hacerlo.

Por Pablo Esteban Dávila

La génesis del triunfo de Unión por Córdoba en 1998 debe rastrearse tan atrás como en 1991. Aquel año José Manuel de la Sota pergeñó la denominada Unión de Fuerzas Sociales, un experimento de acumulación identitaria en donde convivían típicos candidatos peronistas con otros provenientes de sectores ruralistas (como Carlos Briganti), sociales (Arnaldo Lamisovsky) y otras fuerzas políticas.
Uno de los integrantes de la UFS fue Sofanor Novillo Corvalán quien, hasta entonces, fungía como un conspicuo dirigente de la Unión Demócrata del Centro, la antecesora de la UCEDE. Dueño de gran cultura y erudición, Novillo Corvalán había escrito, algún tiempo antes, un explosivo artículo en La Voz del Interior con el inequívoco título “25 de mayo versus 17 de octubre”, en el que contrastaba la magnanimidad de la primera fecha contra la vileza de la segunda; un gorila sin atenuantes. Pero, al reclutarlo, De la Sota envió un claro mensaje: que el peronismo, tarde o temprano, convencería a los cordobeses de ser gobierno, incluso si para ello día alterar sus cromosomas doctrinarios.
Aunque, a la postre, Eduardo César Angeloz terminó por derrotarlo, De la Sota había abierto una cuña en el pensamiento político y social de la provincia. A partir de entonces, el denominado “partido cordobés” comenzó a observar con mayor atención aquel obstinado perdedor que, aun estando en el llano, era capaz de innovaciones rupturistas sin perder su condición de peronista.
Dos años después, un joven Germán Kammerath era electo diputado nacional por la UCEDE con un sorprendente 18% de los sufragios. Era también un caso extraño. A pesar de ser funcionario de Carlos Menem (al momento de su elección se desempeñaba como subsecretario de Comunicaciones bajo la égida de Domingo Cavallo), el liberal se había empeñado en recorrer un camino propio, para desesperación del todopoderoso ministro de Economía. Fue la primera vez que un centrista mediterráneo llegaba al Congreso con votos propios desde la recuperación democrática.
Probablemente bajo la advocación de Menem, De la Sota y Kammerath comenzaron a conversar a inicios de 1998 sobre la posibilidad de una alianza. El peronista tenía sobrados motivos para hacerlo. La experiencia con Novillo Corvalán había sido exitosa (se repetiría más adelante), pero Novillo Corvalán no tenía un partido por detrás. Era la adhesión de un símbolo, pero no de una estructura con votos contantes y sonantes. Además, si quería hacerse de la gobernación, debía convencer al electorado de que el peronismo era capaz de mixturar su acervo tradicional con cierto matiz conservador, tan propio de la sociedad cordobesa. La UCEDE respondió integrándose a una alianza inédita con el PJ provincial. Innovación liberal e identidad peronista constituyeron un explícito desafío al estatus quo que mantenía el radicalismo en el poder.
El electorado respondió. Justo es decir que el triunfo de Unión por Córdoba se debió más a la audacia de sus fundadores que a los errores de Ramón Bautista Mestre. Fue meritocracia electoral combinada del peronismo y de la UCEDE antes que un castigo al draconiano gobernador radical. La singularidad de aquella elección se expresa en la imagen de la asunción de De la Sota. Allí se lo ve a Carlos Menem al lado de la fórmula electa. Fue, de alguna forma, la re-expresión del populismo liberal modernista encarnado por el expresidente, aunque con otros actores y en una provincia que, a lo largo de sus mandatos presidenciales, le resultó invariablemente opositora.
Los primeros años de gobierno fueron difíciles, a tono con la economía delarruista. La sociedad con Kammerath se rompió al promediar 2001 y, justo es decirlo, otra podría haber sido la historia si Mestre no hubiera fallecido prematuramente dos años después. Pero, pese a todos los avatares de comienzos de siglo, De la Sota pudo ser reelecto en 2003 sin contratiempos, consolidando el proyecto del que ayer se cumplieron dos décadas.
Fue, precisamente, en aquel segundo mandato en donde Unión por Córdoba pudo hacer frente a uno de los espinosos problemas de la ciencia y del arte de la política, esto es, el dilema de la sucesión. ¿Cómo hacer para mantener el poder cediéndolo a otro? A diferencia de otras provincias, Córdoba no hubiera tolerado una transferencia dinástica que, por otra parte, De la Sota no estaba en condiciones de ofrecer. Fue aquí donde entró a tallar Juan Schiaretti, un dirigente que lo había enfrentado a mediados de los ’90 y que, incluso, le había disputado la interna a Kammerath cuando fue postulado como intendente de la capital por el propio De la Sota. En el gobierno, Schiaretti introdujo una impronta que no había sido tan clara durante los dos primeros mandatos de la fuerza: la de la gestión cementicia, o la obra pública como estandarte.
El hoy gobernador ganó por escaso margen ante Luis Juez en 2007 con el pleno respaldo de De la Sota quien, incluso, le cedió buena parte de su gabinete, al estilo de una república ministerial capaz de servir a cualquiera de los dos cuando le llegara su turno. Ese fue el inicio de un sistema de sucesión administrada que caracterizó al peronismo local. No una sucesión tutelada -como algunos quisieron ver al inicio- sino una de nuevo cuño, en la que el antecesor adoptaba una reclusión voluntaria a la espera del final del mandato de su sucesor, sin interferencias políticas ni enojos sobreactuados.
No hubo en la Argentina algo semejante. Si bien es cierto que sólo dos personas se alternaron en el poder en estos 20 años, debe concederse que no necesitaron ni reformas constitucionales ni interpretaciones amañadas de norma alguna para hacerlo. Tampoco hubo nepotismo. De la Sota y Schiaretti no eran parientes, ni amigos en el sentido de la complicidad inherente a tal condición. Eran socios que respetaron siempre los estatutos de su consorcio político. El electorado acompañó esta alternancia programada sin sentir que estaba violando ningún precepto republicano, tan caros a los preconceptos cordobeses. Es un mérito digno de estudio.
La oposición calificó, toda vez que pudo, como “hegemónica” esta dinámica. Aunque no puede cuestionarse la licitud del pataleo (ser opositor debe contemplar el aherrojar adjetivos como éste), lo cierto es que la de Unión por Córdoba ha sido, hasta el momento, una hegemonía bastante sui generis, casi institucional.
En primer lugar, el hecho de que una misma fuerza se imponga consecutivamente sin necesidad de fraude o continuas modificaciones al sistema electoral no califica, sólo por ello, de hegemónica. De hecho, la última modificación al sistema de elección de legisladores (que data de 2001) parte de la base de un D’Hont puro, que bien podría dejar en minoría al Ejecutivo en la legislatura. Además, debe decirse que el oficialismo no siempre ganó las elecciones. Aún más: casi siempre perdió las de medio término, aquellas que definen la renovación de la mitad de la Cámara de Diputados de la Nación. Incluso sus candidatos presidenciales no tuvieron mayor suerte en la provincia. No es el tipo de preeminencia que exhiben los hermanos Rodriguez Saa en San Luis, mucho menos la de Gildo Insfrán en Formosa.
La combinación entre conservadurismo popular, gestión cementicia, hegemonía institucionalista y sucesión administrada fueron la clave de estos veinte años en el poder. El reciente fallecimiento de De la Sota, factótum y líder de la coalición, ha incluso galvanizado al oficialismo. El llanto de Schiaretti sobre su féretro probablemente haya sido el prólogo, no el epílogo, de una nueva etapa de este experimento tan notable como longevo.



Dejar respuesta