Historia repetida

Todo llevaría a pensar que, en la actualidad, están dadas las condiciones para que otra vez, como ocurrió hace algo más de veinte años, florezcan los festivales cordobeses de folklore; y para que, a su amparo, surjan los impulsos artísticos renovadores que insuflen su energía a la música nativa.

Por J.C. Maraddón
jcmaraddon@diarioalfil.com.ar

En la segunda mitad de la década del noventa, la economía argentina entró en un periodo de recesión que significó un contraste con respecto a los primeros años de la convertibilidad, cuando el valor de la moneda nacional facilitaba los viajes al exterior. La escasez de dinero obligó a que muchos de los que antes planificaban sus vacaciones en Brasil o Uruguay, tuvieran que conformarse con destinos nacionales, como la Costa Atlántica o las Sierras de Córdoba. Y eso también engrosó el caudal de público que habitualmente concurría a los festivales folklóricos cordobeses, un clásico de las temporadas estivales desde los años sesenta.
En el ámbito de la cultura, esta especie de introspección forzada coincidió con la aparición de una camada de artistas muy jóvenes que, a partir de los géneros nativos, empezaban a delinear su carrera y contagiaban con su entusiasmo a sus contemporáneos. Junto a figuras ya adultas como el Chaqueño Palavecino o Los Nocheros, esa generación encabezada por Soledad Pastorutti, Abel Pintos, Luciano Pereyra y Los Tekis, funcionó como una especie de relevo de la vieja guardia folklórica que había vivido su apogeo en los setenta y que empezaba a buscar nuevos talentos que tomaran la posta.
Se forjó así lo que la prensa definió como el Folklore Joven, que hizo base en ese contexto social de penurias financieras y desazón política, para imprimirle nuevos bríos al repertorio clásico y para comenzar a forjar un cancionero más acorde a los tiempos finiseculares. Así como en cierto momento la vanguardia folklórica anudó una alianza con el rock, esta renovación sonora de los noventa estrechó los vínculos con la música pop y privilegió los lazos con la canción melódica, al extremo de rescatar a autores como el Paz Martínez, que ya llevaba veinte años ensayando esa misma fórmula.
Parte de la juventud del interior del país saludó con alegría la consagración de estos artistas que no tardaron en llegar al corazón de los muchísimos provincianos que se habían afincado en Buenos Aires. Junto a la bailanta, también las peñas conformaron un espacio para el baile, en un círculo virtuoso que devolvió a los escenarios de Cosquín y Jesús María la vigencia que parecían haber perdido en los ochenta, cuando el rock acaparó la hegemonía popular. La provincia de Córdoba volvió a ser la caja de resonancia de esa música autóctona que seguía haciéndose oír, montada ahora sobre voces frescas y pujantes.
Aquellos artistas adolescentes transitan hoy edades que fluctúan entre los 30 y los 40 años. Algunos, como Abel Pintos, expandieron su talento hacia otras sonoridades y captaron la atención de multitudes que no necesariamente gustan de los estilos camperos. Y otros, como Soledad, probaron diversas variantes, conservando intacto ese carisma que la hizo acreedora de ovaciones. Estén o no inscriptos en la próxima grilla festivalera, ellos atraviesan una madurez interpretativa que los sitúa bastante alejados de la ingenuidad y el hambre de gloria que los caracterizaban en la época en que se subían por primera vez a los escenarios más preciados.
La situación de la economía nacional vuelve a ser, por estos días, recesiva; y las metas vacacionales del común de la gente han vuelto a acortarse, en razón del exiguo presupuesto del que se dispone para esos menesteres. Todo llevaría a pensar que están dadas las condiciones para que otra vez florezcan los festivales cordobeses y para que a su amparo surjan impulsos renovadores que insuflen su energía a la música nativa. Sólo cabe esperar que al ingrediente esencial, es decir, los artistas dispuestos a asumir ese desafío, no se le ocurra esta vez faltar a la cita.



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