Grabois ocupando lugares

La decisión del piquetero papal Juan Grabois de ganar protagonismo ocupando el espacio público revela que en sus planes está seguir creciendo como opción electoral.

Por Javier Boher
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A cierto tipo de personas le gusta coquetear con lo prohibido, lo indebido. Otros directamente se meten de cabeza en todo lo que está mal. Algo así ha logrado ser el kirchnerismo, un rejunte de palabras bonitas para adolescentes en plena ebullición hormonal con las cuales tapar un autoritarismo clásico.
Como la memoria es selectiva, los malos momentos del hoy nos hacen recordar los buenos momentos del pasado (o al menos lo que así nos viene a la mente). Si no fuésemos progresivamente dejando enterrados en lo profundo de los recuerdos las cosas malas que nos pasaron, la vida sería absolutamente insoportable.
De eso se vale la ex presidenta Cristina Fernández de Kirchner para tratar de recuperar el poder. Afortunadamente, muchos de sus laderos se encargan de refrescarnos un poco cómo era vivir aquellos años de mayorías violentas e intolerantes.
En ese lugar, Juan Grabois es el golden boy del kirchnerismo residual que saltó a la fama por su cercanía con el Papa. Con un Sumo Pontífice de tan poco vuelo internacional (siempre muy preocupado por la política interna argentina) el muchacho egresado de colegio privado pero defensor de los trabajadores de la economía popular se fue convirtiendo en su vocero tácito.
En esa centralidad que fue ganando (producto del desprestigio de la mayor parte de los dirigentes kirchneristas) ser el elegido de Francisco y el nuevo galán de Cristina lo empoderó frente a un movimiento que todavía está definiendo con qué estrategia se va a enfrentar al desafío electoral de 2019.
En el marco de esa escalada en la retórica anticapitalista, el lunes Grabois ocupó el estacionamiento de Canal 13 reclamando que se incorpore a la grilla de Cablevisión a dos canales de TV que juntos deben tener menos rating que los programas de los pastores brasileros. Tal vez es el precio que Clarín paga por tomárselo en broma y darle lugar para tratar de incomodar al gobierno.
Ayer fue el turno de ACUMAR, el organismo que tiene a su cargo el control ambiental en la cuenca del Riachuelo, en reclamo por condiciones dignas de trabajo para personas que no son sus empleados y que viven informalmente de una actividad que realizan al margen de las leyes.
Son los mismos que después se quejan si bromatología le saca los sandwiches a un vendedor ambulante, los sahumerios a un malabarista en un semáforo o si gendarmería desaloja un predio usurpado, en una clara muestra de que no existe ni siquiera la noción de que existen las leyes.
A pocos días de haber estado reunido con el Papa y tras un obsceno coqueteo con la ex presidenta (en el que la reconoció como la única candidata de la oposición), su figura aparece legitimada como un emergente en un espacio que sigue tratando de reconfigurarse para mantenerse como una opción electoral.
La actitud infantil -aunque peligrosa- de ocupar espacios privados para salir en la TV es parte de la habitual estrategia kirchnerista de producir piezas televisibles, que puedan ser replicadas y viralizadas hasta el infinito por militantes de escasos recursos cognitivos, vulnerables a los efectos de la edición audiovisual.
Difícilmente Grabois deponga su actitud hostil: está buscando la represión policial y el cartelito de preso político, mártir de la lucha social contra el gobierno oligárquico de Macri. Necesita revalidar la matrícula de líder popular que lo acerque a alguna candidatura relevante que consagre el proceso de cristianización de los rebeldes.
Todavía es una incógnita cómo pueden convivir las proclamas juveniles del kirchnerismo clásico (que sostiene las banderas de la izquierda europea del siglo XXI) con los postulados centrales de un cristianismo al que se enfrenta en todos lados. Tal vez la aversión por el liberalismo (social y económico) sea lo que finalmente les permita tolerarse.
Así, Juan Grabois salió de las profundidades de los movimientos sociales para ascender meteóricamente dentro de las filas kirchneristas a la vez que mantiene su buena relación con el argentino que ocupa el trono de San Pedro.
La estrategia de ocupar el espacio público que ha decidido encarar el protegido de Francisco tal vez sea una metáfora de lo que pretende en última instancia, que no es otra cosa que ocupar los lugares más importantes en las listas de una Cristina ya muy poco selectiva a la hora de armar su futuro frente electoral.



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