Parte de la historia personal

Jorge López Ruiz falleció la semana pasada, a los 83 años, y en los diarios se destacaron obras suyas de gran envergadura, aunque el gusto popular quizás lo recuerde mucho más por su trabajo como arreglador detrás de algunos de los hits de Sandro, Leonardo Favio, Piero y Los Náufragos

Por J.C. Maraddón
jcmaraddon@diarioalfil.com.ar

La incertidumbre acerca del verdadero comienzo del rock en la Argentina se produce en razón de una categoría musical que era habitual en el país en los años sesenta y que englobaba una serie de estilos que tenían ciertos vínculos con la sonoridad rockera. Se hablaba en aquel entonces de “música beat”, un rótulo que podía aplicarse sobre Los Náufragos, La Barra de Chocolate o Los Gatos, de manera indiscriminada. Que varios músicos de rock (como Pappo o Pajarito Zaguri) aparecieran también en bandas beat, no ayuda para aclarar un panorama que se presenta confuso ante cualquier intento de revisionismo.
Al mismo tiempo, un cantante tan popular como Sandro contaba con un pasado de raigambre rocanrolera, sobre todo al frente del grupo Los de Fuego, aunque después cambió de bando y se lanzó a interpretar baladas y canciones románticas, al igual que lo hizo en su momento Elvis Presley, de quien no ocultaba la influencia. Ese viraje no le impidió a Sandro visitar asiduamente la famosa Cueva de Pueyrredón, donde tuvo el privilegio de asistir a los primeros pasos del llamado rock nacional, un lugar mítico del que se dice que el propio Gitano habría sido uno de los copropietarios.
En los años previos a la llegada de los rockeros a ese escenario, el sitio era conocido como La Cueva de Pasarotus y allí anidaba la flor y nata del jazz moderno de Buenos Aires, donde se cruzaban nombres como el del Gato Barbieri, Bernardo Baraj o Néstor Astarita. Los nuevos aires del bebop habían soplado tan fuerte que llegaron a encontrar su eco en estas regiones tan apartadas de su lugar de origen. Y así se dio a conocer una generación de músicos que adaptaron ese estilo a una estética más porteña y tanguera, con la sombra de Astor Piazzolla proyectándose sobre sus interpretaciones.
En ese pastiche de experimentación jazzera, rock incipiente, beat vernáculo y canciones melódicas, desarrolló su fama el contrabajista Jorge López Ruiz, integrante de esa camada de músicos de jazz que, mientras evolucionaba en su propia búsqueda artística, se desempeñó en los arreglos de los temas comerciales que atronarían desde la radio con sus estribillos. Trabajando detrás de algunos de los hits de Sandro, Leonardo Favio, Piero y Los Náufragos, López Ruiz asumió un rol trascendental en la confección de temas como “Rosa Rosa” o “Zapatos rotos”, verdaderos clásicos de finales de la década del sesenta.
Jorge López Ruiz falleció la semana pasada, a los 83 años, y en los diarios se destacaron obras suyas de gran envergadura, como “El grito”, de 1967, que surgió inspirada en una charla con Arturo Jauretche; o “Bronca Buenos Aires”, que en 1970 fue prohibida por la dictadura militar y que no volvió a interpretarse en público hasta 2015. Pero, a la par de esos hallazgos, al contrabajista le cabe el mérito de haber desplegado su enorme talento en piezas que pueden ser tachadas de pasatistas o livianas, pero que se aferran a la memoria popular con una fuerza incuestionable.
Porque fueron estos grandes compositores y arregladores los que colaboraron para que esas simples canciones, compuestas por muchachos entusiastas pero sin mayor formación musical, tuvieran una contextura que vistiese su ingenuidad con ropajes a tono con sus pretensiones de éxito. Ante la noticia de la muerte de Jorge López Ruiz, muchos se habrán sorprendido porque no tenían referencias de ese hombre que, sin embargo, ha tenido tanto que ver con muchos de los temas que hemos escuchado en nuestra más tierna infancia y que, con el correr del tiempo, se han vuelto parte de la historia personal de varias generaciones.



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