La película de la obra pública

Nuevas obras en la ciudad muestran diagnósticos a medias, ejecuciones parciales, falta de responsables y todo lo que se ha hecho moneda corriente en la obra pública.

Por Javier Boher
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¿Le gustan las películas, amigo lector? A mí me encantan. Prefiero las superproducciones de Hollywood antes que esas cintas independientes estonias, que cada escena dura 45 minutos de dos personas mirándose en silencio mientras alguien llora abrazado a un busto de Lenin. A mí déjeme con los efectos y la frivolidad.
Le pregunto esto porque vi un par de carteles con la nueva de Acquaman, que tiene una cara de rugbier maorí que mete miedo, nada que ver con la del gringuito de calzas verdes que recordamos de la infancia, al que este se lo morfaría como una raba.
Veía al rey de los mares y pensaba en lo útil que me hubiese resultado saber nadar como Acquaman para volverme a mi casa en medio del tormentón que se desató el otro día. Ríos de agua que corrían por la calles y llevaban ramas, botellas y todo tipo de porquería urbana.
Es gracioso cómo la ciudad se inunda cada vez que llueve, porque no hace falta un diluvio como para que Noé arme el arca, alcanza con un chaparroncito de esos por los que no se suspende un asado.
A esta altura, uno ve los carteles que hablan de las obras de desagües y no sabe si es que están hablando de cuestiones de infraestructura o de alguna presentación del tipo “El choque urbano”, haciendo ruido con caños pluviales, porque lo que es el escurrimiento de aguas en la ciudad, naranja.
Ya le he contado alguna vez que vivo en el orgulloso y secesionista barrio de Argüello, un pueblo engullido por el avance de la mancha urbana capitalina. Le digo más, vivo al lado del canal maestro, que no será como vivir frente a un lago serrano pero hasta hace un tiempo era bastante agradable.
El día de la tormenta, luego de retornar a casa con más dificultad que Ulises a Ítaca, me asomé al canal por las dudas, porque hace menos de dos meses desbordó y me dejó la casa con un barro hediondo como chiquero clandestino.
Como lo vi más lleno que el Kempes cuando se juega el clásico, me apuré a tapar las puertas y preparar todo para que desborde, cosa que invariablemente volvió a pasar. Por lo menos yo me pude anticipar, porque los vecinos de mitad de cuadra se despertaron con el agua al cuello como el ministro Dudovne. Agradezca que les saltó el disyuntor, porque sino terminaban tres familias freídas en el acto.
La cosa acá en Argüello es más o menos así. Hay una cierta obra, muy importante, por la que hacen la costanera (sin reformar el canal, sin respetar los niveles históricos ni agregando desagües al río). Parece que se celebra el aniversario de la Cañada haciendo lo opuesto: aquella obra resolvió inundaciones y acá la homenajeamos con una que garantiza desbordes.
Dos inundaciones en menos de dos meses presagian un verano en el que vamos a tener que estar más atentos que las viejas cuando esperaban el llamado de Susana Giménez.
Cuando llegué a casa y me la vi venir decidí ser un buen ciudadano y llamar a Defensa Civil para anticiparnos al desborde, porque ellos son los que pueden ir a abrir las compuertas para que descargue hacia el río. “Ah, no, acá es Defensa Civil de Villa Allende”.
Disculpá maestro de la vagancia burocrática, no sabía que si llamaba al 103 te levantaba de la siesta del cheto porque vivimos en el segundo aglomerado urbano del país y tiene menos coordinación que Gatricio bailando después de un brindis.
La gente estaba tratando de correr a las anguilas y los sapos de la pieza de los chicos y los patrulleros que llegaron hasta el lugar argumentaron que tenían que ir a guardar los móviles porque les dijeron que venía piedra. O que los de Defensa Civil no iban a venir porque en la calle había demasiado barro y se iban a quedar empantanados. Curioso modo de servir y llevar confianza al ciudadano que te paga el sueldo.
Esto es, otra vez, más de lo mismo. El responsable de la obra dice que a él le mandan de la empresa; de la empresa, que ejecutan según planos de DIPAS; de DIPAS, que es una decisión del ministro; desde el ministerio, que ellos no pueden estar en la obra, que para eso hay un responsable. Se echan la culpa como los chicos cuando rompen algo.
Esta vez nos tocó a nosotros, un par de familias en un millón y medio de cordobeses, ¿pero a cuántos les pasa y les va a pasar con todas las obras nuevas? Todavía no se sabe, pero en todos los casos es igual: vivimos el día de la marmota de la obra pública, en el que se vuelve a ver una y otra vez la misma película de siempre.



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