Caso Darthés: la nueva Inquisición

Darthés se ha convertido en un muerto civil. Así funcionan las cosas en este mundo increíble. Una mujer denuncia a un hombre (si es por televisión mejor), y automáticamente, como si se tratara de un programa computarizado, se dicta la condena social y mediática, que, como no admite recursos, se ejecuta de inmediato.

Por Daniel Gentile

Todavía está caliente el caso del actor Juan Darthés, “denunciado” públicamente por una joven actriz por un supuesto abuso sexual ocurrido hace diez años. Fue una suerte de cadena nacional, una puesta en escena de una multitud de mujeres (que por algún motivo hicieron alarde de su condición de abortistas), que guionaron una réplica del movimiento “Me too” que tiene epicentro en Hollywood. Este colectivo, como se sabe, agrupa a mujeres más o menos notorias, que han mantenido relaciones sexuales con hombres más notorios que ellas, y que al cabo de una década o más creen recordar que en realidad no prestaron un consentimiento completo o adecuado para el acto íntimo.
Es muy importante tener presente que en ningún caso lo que se denuncia son técnicamente violaciones sino algo así como abusos de confianza. Los hechos que se imputan pueden traducirse en palabras como: “Yo no quería, pero él insistió y no pude resistirme”. No uno, sino varios abismos, median entre una violación y los episodios que relatan estas actrices. Sin embargo, el impresionante poder del feminismo pone en marcha, a partir de cada nueva narración, la maquinaria del oprobio, no necesariamente la de la Justicia. No ha pasado una semana de la “denuncia”, y a Darthés se le suspendió su afiliación a la Asociación Argentina de Actores, se lo bajó del Festival del Tango, se lo excluyó de todos los trabajos que venía realizando, y hasta le cuesta conseguir un abogado que lo defienda.
Sus colegas, quizás por miedo a contaminarse, lo tratan como a un leproso; diputados y senadores exhiben en el Congreso el cartelito “Mirá como nos ponemos”, que popularizaron las actrices denunciantes, el presidente de la República se solidarizó con la acusadora y puso en marcha nuevos mecanismos para prevenir “abusos”; el Intendente de Córdoba hizo declaraciones similares, y los medios de comunicación, previsiblemente, le dan al denunciado trato de reo.
Darthés se ha convertido en un muerto civil. Así funcionan las cosas en este mundo increíble. Una mujer denuncia a un hombre (si es por televisión mejor), y automáticamente, como si se tratara de un programa computarizado, se dicta la condena social y mediática, que, como no admite recursos, se ejecuta de inmediato. En este tiempo en que ingenuamente algunos creen que hombres y mujeres han sido equiparados en derechos, la balanza se ha inclinado dramáticamente en perjuicio del varón: su presunción de inocencia ha desaparecido.
Pero no es solamente la presunción de inocencia lo que se vulnera, sino que estamos ante algo tan grave como eso. Así como el feminismo pretende arrasar con el idioma castellano con su “modo inclusivo”, esta ideología se propone imponer nuevas reglas en lo que puede llamarse el “lenguaje del sexo”. Ese lenguaje, que es verbal y corporal, frecuentemente no es explícito, según lo ha señalado Marcelo Morgante. No siempre “no es no”, nos recuerda, y trae a colación un tema de Arjona: “Dime que no y lánzame un sí camuflajeado”. Así funciona el sexo, y no con consentimientos contractuales, que convertirían al juego más divertido del universo en una especie de trámite burocrático no sólo gris, sino de imposible realización. Y añade Morgante que la mezcla del “No es no” con el “Yo siempre te creo” dará como resultado un veneno letal, por sus proyecciones jurídico-penales, que es precisamente lo que estamos viviendo.
La escritora francesa Catherine Millet encabezó recientemente un movimiento opuesto al Me Too, afirmando que esas posiciones radicales no son compartidas por la mayoría de las mujeres. “En una relación entre dos individuos –dice Millet- siempre hay un momento borroso y ambiguo en el que alguno de los dos no tiene muy claro lo que quiere… Un momento de duda; a veces terminas cediendo y otras no. Mientras las mujeres del Me Too dicen que un no siempre es definitivo, yo creo que hay matices. A veces –afirma Millet- los hombres tienen una oportunidad si insisten una segunda vez”. Nunca tan bien explicado el mecanismo del juego del sexo, o si se prefiere, las reglas del juego, pues de eso se trata.
Millet da un paso más adelante, y reivindica “la libertad de importunar”, incluso físicamente, algo que ella considera indispensable para salvaguardar la herencia de la revolución sexual. La escritora francesa denuncia como una flagrante injusticia que se haya acusado a algunos hombres por hechos mínimos, que han tenido consecuencias graves en sus carreras. “Se ha constituido un tribunal público en el que ni siquiera se los ha dejado defenderse. De repente tuvimos la sensación de que todos los hombres eran cerdos. Hay que meterse en la piel de quienes han padecido violencia sexual, pero también debemos pensar en los hombres que han sido víctimas de acusaciones muy rápidas y con consecuencias graves en sus vidas profesionales.”
Y concluye, sin pelos en la lengua: “Son métodos que me recuerdan a los del stalinismo”. Catherine Millet, que acusa a Me Too de promover el regreso de la moral victoriana, concluye sin atenuantes: “Veo aparecer un clima de inquisición, en el que cada uno vigila a su vecino, como sucedía en los regímenes soviéticos, y luego lo denuncia en las redes sociales. Todos los rincones de la sociedad están bajo vigilancia, incluida nuestra esfera íntima”. Palabra de mujer.