En Cambiemos, Dios atiende en Buenos Aires (pero sin hacer milagros)

Marcos Peña convocó ayer a los precandidatos cambiemitas para tratar una agenda unívoca: la oferta electoral de la fuerza de cara a las elecciones convocadas por Juan Schiaretti para el 12 de mayo próximo.

Por Pablo Esteban Dávila

Para la filial cordobesa de Cambiemos, Dios atiende en Buenos Aires. Incapaces de reunirse en una mesa de diálogo provincial, los precandidatos a gobernador de la coalición son forzados a peregrinar a la Casa Rosada cada vez que se aproxima algún compromiso electoral, exactamente igual a lo sucedido en 2015 y 2017. Pero el Señor todavía no hace milagros.
Marcos Peña los convocó ayer para tratar una agenda unívoca: la oferta electoral de la fuerza de cara a las elecciones convocadas por Juan Schiaretti para el 12 de mayo próximo. No hizo falta ni imposición ni diktat de su parte para que concurrieran; a decir verdad, en lo único que concuerdan Mario Negri, Ramón Mestre, Luis Juez y Héctor “la Coneja” Baldassi (los cuatro anotados) es en que no pueden juntarse entre ellos cuando coinciden en Córdoba.
Lamentablemente no hubo asistencia perfecta por un problema meteorológico. Mestre faltó porque tuvo complicaciones en su vuelo originadas por la lluvia, los cúmulus nimbus y las celdas convectivas.Tormenta mata interés.
De cualquier manera, lo tratado en el cónclave le fue rápidamente transmitido. La intención de Peña es establecer reglas de juego aceptadas por todos, imponerlos de un método darwiniano para seleccionar al más apto. Aparentemente, y según lo asegurado, el presidente no tiene un favorito para que lo represente en Córdoba. A falta del dedazo, buenos son los acuerdos, aunque más no sea para manejar los propios desacuerdos. Es, claramente, una ambición minimalista, pero se trata de la única hipótesis sobre la que avanzar en las próximas semanas.
Peña expuso un decálogo imaginable: que las internas son el último recurso y que el candidato debe salir de un acuerdo entre ellos. ¿Y si no hay acuerdo? –“entonces encuestas”. Un tuit hubiera evitado las molestias del viaje.
Sin embargo, ocurre que el recurso a los métodos de investigación social no es del todo aséptico. Los encuestadores producen, generalmente, dos informes paralelos. Uno, el que dice la verdad, es para quien les paga; el otro -el que dice lo que quien les paga quiera que diga- es para el resto. Eso es, precisamente, lo que aterra a los interesados. Como buenos políticos que dependen de recursos ajenos para hacer una encuesta, saben que “el resto” son necesariamente ellos. ¿Cómo prevenirse de que Peña (que correrá con los gastos) no decida mayestáticamente quién será el beneficiario de su inversión?
Además, subsiste un punto que no puede ser encarado desde lo meramente cuantitativo y que se reduce a definir cuál es la diferencia que determinaría cuál es el mejor candidato entre los cuatro. Según los trascendidos, Negri acepta un 5% mientras que Mestre sólo admite el 10%. Juez y Baldassi, a tono con la metodología, no saben / no contestan.
No es un problema menor, especialmente para un político. De por sí, el código de buenas prácticas de la actividad (instrumento que, por supuesto, no existe) señala que, públicamente, debe renegarse de la encuesta como elemento de selección de candidatos, aunque en privado termine acatándoselo. El motivo es simple y se reduce a que, en teoría, los políticos deben transformar la realidad y no aceptarla mansamente, que es lo que supone una encuesta. Si la diferencia entre uno u otro interesado no es insalvable, la naturaleza del premio en juego invita a la puja electoral.
Este juego de las diferencias lleva implícito, por lo tanto, un componente contradictorio. Si la brecha no es tanta, pues incita a las internas. Es un riesgo inherente a la propuesta, pero no es el único. En la reunión con Peña faltó (porque no fue invitado) el eterno candidato radical: Dante Rossi. Esta es la otra amenaza.
No puede negarse que Rossi sea un tipo perseverante. Es llamativo, asimismo, que no haya abdicado de esta cualidad a pesar de los magros resultados electorales obtenidos con ella. Sin embargo, le permite contar con un veto implícito. Si no es parte del acuerdo, reclamará internas para desesperación de Peña.
Mestre no vería mal la tozudez de su correligionario, toda vez que le permitiría zafar del corsé que pretenden imponerle desde Buenos Aires. Además, posibilitaría cumplir con la resolución votada por el Comité Central partidario (y propuesta por el propio intendente) que reclama que no se utilicen las encuestas para seleccionar los candidatos. “Si él -por Rossi- va a internas, entonces vamos todos”. Es un grito de guerra que mantiene in péctore.
Pero ocurre que organizar una interna no es soplar y hacer botellas. Dejando de lado las inevitables derivaciones logísticas y políticas que esta instancia presumen, subyace una cuestión central y largamente postergada dentro de la coalición. Cambiemos no es una alianza permanente, sino una del tipo electoral. Esto significa que no hay un reglamento, ni padrones unificados ni una junta electoral establecida a cabalidad. Además, el hecho de que en Córdoba no existan las PASO obligan a los aliados a ponerse de acuerdo en cuestiones que podrían demorar meses, un insumo del que ya no disponen.
Las internas, en consecuencia, son muy líricas, pero a efectos prácticos se circunscriben a tres candidatos: Negri, Mestre y Rossi. Si Juez y Baldassi quisieran participar, habría que hacer una maniobra compleja y a la que los radicales no se prestarían con entusiasmo. Además, lo enjuto de los padrones del PRO y del Frente Cívico invitan a dejarlos de lado con argumentos formalistas.
La perspectiva, en definitiva, es despeñarse en un aquelarre político o terminar acordando. Esto remite a otra cuestión: con encuestas o con internas, ¿cuán lejos se está de un entendimiento? Si bien cuatro parecen muchos para lograrlo, a poco que se avance se advertirá que, en realidad, no son tantos. Juez está anotado sólo porque quiere posicionarse para la Intendencia, una instancia en la que tendría alguna chance remota. Baldassi, luego de haber sido ungido candidato por el macrismo, está a tiro de Peña. Si desde la Nación se le ordena hacer esto o hacer lo otro, lo hará sin chistar. El asunto se circunscribe, por lo tanto, al duelo entre Mestre y Negri.
La gran pregunta es si alcanzará el poder de convicción de Peña para terciar en la disputa. A menos que exista una encuesta determinante -en los términos en los que todavía no hay consenso- ambos tensarán la cuerda hasta el final. Y el final no es otro que el propio presidente quien, a desgano, deberá zanjarla cuestión cuando todos los intentos previos hayan fracasado.
Lo único claro, aparentemente, es el rumbo que tomará la campaña. El jefe de gabinete bajó línea sobre que habrá que desenmascarar a Schiaretti como un gobernador que hace obras sólo porque Macri le da plata. Todos tomaron nota de la instrucción. No obstante, será un eje controversial. Desde el Centro Cívico hace rato que se señala que todavía no ha llegado un peso de los muchos comprometidos y es harto probable que los electores no discriminen demasiado quién pagó las bolsas de cemento utilizadas. Después de todo, el exintendente Eduardo Accastello se hizo famoso por las obras que le financiaron los K en Villa María y las utilizó para ganar elecciones en medio de la pampa húmeda, una región particularmente refractaria a Néstor y Cristina. Si este será, a la postre, el argumento cambiemita, el PJ podrá descansar tranquilo.



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