La discusión es en otra vereda

Tanto el feminismo como la “nueva” derecha reclaman y argumentan de la misma manera, negando derechos a demasiada gente, que los mira indiferente desde la vereda de enfrente.

Por Javier Boher
javiboher@gmail.com

Nuestra Constitución no lo dice expresamente, pero tiene una inspiración muy clara, emanada de las ideas defendidas por la célebre Generación del ‘37. Nuestra Carta Magna postula, define y defiende derechos y garantías que pusieron por escrito el trazo grueso del liberalismo.
La reforma de 1994 agregó algunos que matizaron, al menos parcialmente, la centralidad del pensamiento liberal, pero que lejos de contradecirlo llegaron para complementarlo. Ese orden liberal parece hoy estar en crisis, pese a que el mundo ha evolucionado hacia una sociedad más diversa y heterogénea.
A esa ola de salvajismo nacionalista, xenófobo y racista que ataca a la civilización occidental se le planta de frente una alternativa que tampoco logra seducir a nadie, sólo a los interesados en polarizar con el otro extremo. Las diversas formas que ha adoptado la izquierda no logran esconder un dogmatismo que -disfrazado- se pretende oponer al dogmatismo tradicional y frontal de la derecha autoritaria.
Justo cuando se conoció que la mayoría de los países del mundo habían logrado ponerse de acuerdo en una declaración para empezar a encarar el problema de las migraciones internacionales de manera global y multilateral, los pilotos argentinos salen a denunciar un intento de extranjerización de la profesión.
El odio por el extranjero es uno de los rasgos de esta intolerancia infantil que ha florecido con el pánico a la globalización, pero la posición de los pilotos es ridícula, negando la historia de la humanidad, que es la del desplazamiento.
¿Qué pensaría Sarmiento, que trajo a las famosas maestras norteamericanas? ¿o Alberdi, defensor de la inmigración para trabajar el campo? ¿Qué pensaría Roca, que abrió las puertas a los ingleses que tendieron miles de kilómetros de vías? ¿y los obreros polacos que levantaron el monumento a Myriam Stefford o abrieron los túneles de Taninga?.
La decisión de una escuela salteña de expulsar a un alumno por su elección sexual es una negación de la libertad individual de ejercerla de la manera que a uno le plazca. Los que dicen que eso va contra la voluntad de Dios parecen olvidar lo que la Constitución dice en su artículo 19 eso de que las acciones privadas quedan reservadas sólo a los ojos del mismo. Parece que sólo existe para condenar terrenalmente en su nombre, no para que él lo haga de manera celestial.
Ese tipo de actitudes retrógradas, sin embargo, despiertan el rechazo de todo un arco opositor que, paradójicamente, se para en una moralina que termina llevándose por delante lo que dice defender.
El espíritu corporativo del feminismo vernáculo ha desprestigiado un reclamo absolutamente justo, obrando amparado en el número en linchamientos sobre figuras públicas que seguramente a lo largo de su vida han cometido errores, en un mundo en el que a muy pocos se les decía que hombres y mujeres son iguales.
La actitud de postular a las mujeres como seres indefensos, que deben ser protegidos por encima de leyes que establecen la igualdad bajo el común denominador de los ciudadanos (“ciudadanes”, si lo otro les ofende) sólo genera condiciones de victimización que legitiman el accionar de los que niegan dicha igualdad y la confrontan con mentiras y actitudes que pretenden diluir los beneficios que las mujeres acumularon durante años.
Las vueltas de la vida han logrado poner a unos y a otros en la misma vereda, discutiendo cara a cara, buscando un protagonismo político que perdieron en la arena de la toma de decisiones. Pretenden que los tomen en serio cuando la pertenencia política que los nuclea por fuera de su ocasional camuflaje ideológico es demasiado visible para obviarla.
La doble vara con la que juzgan las actitudes de los que son “del palo” (sean curas pedófilos entre los reaccionarios o abusadores y golpeadores en las filas del progresismo) revela que no les importa ampliar derechos ni defender libertades, sino simplemente imponer una visión única de la sociedad, basada en una moral sectorial, sectaria y egoísta.
Desafortunadamente, esas voces siguen creciendo y gritando más fuerte. Tal vez los que estamos en la otra vereda, lejos de aquel enfrentamiento, estemos más dispuestos al diálogo, tratando de aumentar la libertad y la igualdad de una sociedad que parece demasiado dispuesta a negarlas.



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