La sobreactuación de una ex montonera

Lo peor es que la polémica acerca del “protocolo de uso de armas para las fuerzas de seguridad” o como se llame es absolutamente inútil y solo es otro ejemplo de la venta del humo que fabrica el señor Durán Barba.

Por Luis Ortiz

Quizás el único colectivo social que ignore (o elija ignorar) el pasado montonero de la ministra Bullrich sea la decadente clase media argentina, tal vez por esa propensión tan suya a meter la cabeza bajo tierra para no ver alguna faceta incómoda de la realidad. Esta actitud de su electorado resulta funcional a las necesidades del duranbarbismo gobernante y a su estrategia publicitaria. La clase media -que tantas veces escrachó a milicos de toda laya, militares o policías, al compás de su cambiante humor- ahora clama por algo parecido a las antiguas policías bravas, que metan plomo sin miramientos ni advertencias. Esta clase media, cuyo arquetipo habita en la Capital Federal, tiene algunas características defi nitorias: su irresponsabilidad, su ignorancia y sus atroces prejuicios. A esa clase media le debemos los argentinos, no hay que olvidarlo, el encumbramiento a la presidencia del estólido De la Rúa (con su ministra de Trabajo, Patricia Bullrich). Así nos fue: De la Rúa trajo a Duhalde, Duhalde trajo a los Kirchner y los Kirchner trajeron al también Macri (con su ministra de Seguridad, … Patricia Bullrich). Porque lo que la Bullrich-como buena ex montonerasiempre buscó fue el poder puro y duro; se ve ahora con claridad meridiana que sigue creyendo fervientemente en la máxima maoísta de que ese poder “nace del fusil”. O sea de “los fi erros”, como se decía en sus épocas de la Orga.
Claro que Patricia Bullrich Luro Pueyrredón ya no empuña esos fierros para matar militares ni pobres vigilantes, sino que ahora quiere que los milicos lo hagan para voltear todo bulto que se menee, imaginando con Durán Barba que eso se traducirá en poder por vía electoral. ¿A cuántas balas el voto? Ya se encargará el gurú de elaborar las estadísticas que permitan invertir en plomo con eficacia. En la Argentina, la delincuencia de gran calado no necesita empuñar armas: para eso tiene (cuando le hace falta) una enorme oferta de sicarios. Sin importar su adscripción ideológica, los delincuentes de alto vuelo se limitan, como lo han hecho siempre, a detentar el poder en su propio beneficio. Pero necesitan los votos de esta clase media, que osciló históricamente entre el abolicionismo zafaroniano y la sumaria ejecución bolsonarista, dependiendo de cuán lejos de su precioso pellejo perciba las balas de los delincuentes. Todos los políticos desprecian a estos votantes, y no sin razón: un colectivo social que se comporta de ese modo más que clase media debiera llamarse clase miedo. Entre el kirchnerismo y el macrismo han logrado infligirle a este infortunado país un daño que supera largamente lo económico; con habilidad y perseverancia algún verdadero estadista podrá algún día revertir el calamitoso estado material al que ambos nos han llevado. El daño mayor, y ya quizá irreversible, es otro: ambos se han complementado para reavivar viejos prejuicios que requirieron mucho tiempo y mucha educación pública mitigar. Prejuicios elementales, como la discriminación por el color de piel, y la atribución a los “negritos” y a los pobres de todos los males de este país y sobre todo, la presunción de que ser “negro” o “pobre” equivale a ser delincuente. Prejuicios que han logrado extender, incluso, a los estratos menos favorecidos de la sociedad: hoy el pobre desprecia al pobre por serlo, y el morocho hace lo propio. El paradigma conceptual de esta clase media es la “señora gorda” de Jauretche; pionero en materia de igualdad de género, don Arturo lo aplicaba también a los “señoros”: Bullrich es una señora gorda de manual, como lo es Gabriela Michetti, como lo son Eduardo Amadeo, Marcos Peña, Oscar Aguad y así podríamos seguir ad infinitum. Lo peor es que la polémica acerca del “protocolo de uso de armas para las fuerzas de seguridad” o como se llame es absolutamente inútil y solo es otro ejemplo de la venta del humo que fabrica el señor Durán Barba. Que se haya hecho a continuación de la reunión del G-20 busca capitalizar el presunto éxito de la Bullrich para dar seguridad al evento en cuestión y constituye un caso perfecto de oportunismo publicitario, mediante la instalación de una discusión que solo busca fidelizar al electorado de Cambiemos, bastante desahuciado por el aplastante fracaso económico de su gobierno. Porque lo que se discute no tiene sentido: el tan meneado gatillo fácil siempre existió y seguirá existiendo y esta presunta reglamentación no lo va a disminuir ni aumentar. Tampoco va a actuar como un disuasivo para los delincuentes, a los que generalmente su propia vida les importa tan poco como la de sus víctimas. Y quienes, nobleza obliga a decirlo, a diferencia la ex montonera Bullrich, siempre han manejado calibres pequeños. Es solo entretenimiento pour la galerie a los fines de conseguir votos, es intrascendencia pura, es la nada misma. La señora Carrió, a la que no hemos incluido entre las señoras gordas para evitar suspicacias de los lectores, también juega su rol en este minué: ha calificado erróneamente de fascista al engendro en cuestión. Ni siquiera es fascista, palabra cuyo abuso para calificar cualquier cosa ha terminado por convertirla en un significante vacío. Es apenas un sainete electoralista que pronto entrará en el olvido que merece. Es una tentativa de la insaciable Bullrich por posicionarse con miras a ascender en el próximo período, con un intento de arrimar algunos votos.



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