Termina la semana menemista



Por Pablo Esteban Dávila

Todo comenzó el viernes pasado, cuando el presidente Mauricio Macri debía oficiar de anfitrión de los líderes más importantes del mundo en el teatro Colón. En medio de la expectativa internacional que había generado el evento, el politólogo Sergio Berensztein tuiteó que “Un agudo observador de la política me acaba de decir: ‘el teatro Colón es la herencia de la demonizada generación del 80 y pertenecer al G-20 es la herencia de la demonizada década del noventa’. ¡Cuánta razón!”.
Tal vez sin proponérselo, Berensztein inauguró la semana menemista. Dejando de lado la justeza de su mención a la generación del ’80 y sus logros (muchos de los cuales siguen todavía vigentes), el recordatorio sobre que la pertenencia del país en el G20 procede de los noventa nunca está de más para los que gustan de razonar la historia desde perspectivas más ecuánimes.
En rigor, la Argentina no debería estar en este grupo. Su economía está acechada por múltiples dificultades, su comercio internacional es escaso y su PBI dista de estar dentro de los más importantes del planeta. Es, en cierta forma, un milagro que nuestro país sea conceptuado, por el mero hecho de integrar el G20, como uno de los más poderosos del mundo.
Este milagro tiene un demiurgo: Carlos Menem. Pueden buscarse las perífrasis que se quiera para menoscabar este origen, pero lo cierto es que la Argentina ingresó en este selecto contingente cuando el riojano era el presidente de la Nación. Aun más: fue invitada a integrarlo porque su gobierno estaba animado de un genuino interés en participar en los grandes asuntos mundiales, desde la prevención de las crisis financieras hasta el mantenimiento de la paz en regiones conflictivas. Actualmente nos congratulamos de que Macri tenga un diálogo tan intimista con Donald Trump, pero vale la pena recordar que, pese a no saber un ápice de inglés, Menem tuvo trato directo con Bush padre y con Bill Clinton, quienes le dispensaron un verdadero trato de aliado.
Los detractores podrán decir que integrar el G20 es parte de una estrategia de la dependencia, tan propia de los ‘90. El argumento podría ser analizado con algún detenimiento, excepto porque los muy antiimperialistas Néstor y Cristina se mostraron perfectamente a gusto en este foro durante los 12 años de sus mandatos, en donde tuvieron asistencia perfecta. Ni él ni ella hicieron jamás un esfuerzo por renunciar a esta herencia, y esto a pesar de que, en 2005 y en oportunidad de la recordada Cumbre de las Américas en Mar del Plata, el entonces presidente Kirchner financió abiertamente una contracumbre para denostar a George W. Bush y su iniciativa de libre comercio.
Es obvio que Macri se sabe deudor de su lejano predecesor en los ’90, pero, prudentemente, no le rendirá un homenaje público. Basta con no atizar los supuestos fantasmas de aquella época para dedicarle, al menos, algo de paz política, especialmente cuando todavía hoy la justicia exhibe un encarnizamiento digno de mejores causas en contra del expresidente y sus funcionarios, persiguiendo quimeras penales que, lamentablemente, siguen gozando del solaz de muchos sectores de la opinión pública.
No obstante sus méritos, las galas del Colón y los oropeles del G20 no bastan para definir, sólo por sí, la extensión de una semana. Hace falta otra efeméride para roturarla como legítimamente “menemista”. Es allí donde entra a jugar el recuerdo del 3 de diciembre de 1990, la fecha en que la democracia argentina terminó por consolidarse en forma definitiva.
En aquella fecha se produjo el alzamiento carapintada liderado por el teniente coronel Mohamed Alí Seineldín, un militar ultranacionalista veterano de Malvinas que había auspiciado anteriores levantamientos durante el gobierno de Raúl Alfonsín. Los rebeldes tomaron la sede del Ejército, a escasos metros de la Casa Rosada, y el regimiento de Patricios en Palermo. Nuevamente la sombra del golpe de Estado se cernía sobre el horizonte político.
Pero el gobierno había infiltrado a los sediciosos y sabía de la intentona. Por eso, cuando los carapintadas hicieron conocer sus proclamas, Menem ordenó reprimirlos. No negoció (como sí tuvo que hacerlo su antecesor en la crisis de Semana Santa del ’87) ni tuvo que pensar en renunciar, como lo hicieron tantos presidentes ante similares planteos militares. Simplemente -como dice Martín Rodríguez en su artículo “Un busto ahí” en el portal La Política on line- les disparó. Y el ejército, por primera vez desde 1955, obedeció a un presidente constitucional sin chistar.
Para los analistas modernos, muchos de ellos sin ninguna perspectiva histórica, aquellos sucesos no tienen más valor que la anécdota. Hace mucho que los militares no entrañan ningún riesgo y ya no califican como un factor de poder. Pero en 1990 el partido militar todavía existía y muchos de sus integrantes especulaban con regresar. Recién con Menem aquellas ensoñaciones se desvanecieron por completo. Ninguno de sus sucesores tuvo que enfrentar otra vez este tipo de amenaza.
¿Qué sólo cumplió con lo que la Constitución le exige a un presidente? Tal vez. Aun así, muchos mandatarios civiles -incluidos el propio Alfonsín- quisieron hacer lo mismo sin que los uniformados les obedecieran. El gobierno tuvo tanto éxito en sofocar la rebelión que el 5 de diciembre, dos días después del levantamiento, el presidente George H. Bush arribó a Buenos Aires sin novedad. Lo recibió un Carlos Menem con un problema menos que solucionar.
Por extraña coincidencia, Bush falleció el pasado viernes, a pocos días de cumplirse 28 años de aquella visita. Siguiendo una costumbre de los expresidentes estadounidenses, organizó su propio funeral de Estado como un símbolo de unión. Todos los exmandatarios asistieron, incluyendo a Donald Trump, alguien a quien su familia desprecia genuinamente. Los pocos, poquísimos, analistas de la escoria quizá hayan recordado que Bush perdió una elección que los republicanos daban por ganada ante un ignoto Bill Clinton, pero su pueblo le agradecerá por siempre haberlos librado del comunismo y la Unión Soviética.
Sería una linda moraleja para terminar esta semana menemista y concluir que, en un país democrático, no debería haber lugar para los maniqueos ni para el razonamiento del cliché. El G20 y el fin de la amenaza militar valen, a este respecto, como un recordatorio permanente que la historia es mucho más que furiosos denostadores en redes sociales o denunciadores dispuestos a cualquier cosa por la fama.



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