La gran Exposición para ellos solos

En los meses previos a la inauguración oficial de la Exposición Nacional de Córdoba, en 1871, dos visitantes permanecieron algunas horas a puertas cerradas en el Palacio donde se exhibían las muestras.



Por Víctor Ramés
cordobers@gmail.com

Vista del interior de la Exposición de Córdoba de 1871.

La importante Exposición de Artes y Productos Nacionales se inauguró en la ciudad de Córdoba el 15 de octubre de 1871, con la presencia de las máximas autoridades nacionales y provinciales (el presidente Sarmiento, el ministro Avellaneda, gobernadores de provincias vecinas y los representantes del gobierno de Córdoba), con bombos y platillos, y con la asistencia de una multitud de personas que pujaban por entrar, ya que habían esperado ese momento desde comienzos de año. Varios había sido los anuncios y los aplazamientos que precedieron a la ceremonia oficial de apertura. El montaje de la Exposición fue realizado en su mayor parte de manera anticipada, y de alguna forma los cordobeses convivieron durante varios meses con la presencia de las instalaciones. No todos habían tenido la ocasión de entrar a ver los objetos que allí se exhibían, los que seguían llegando desde distintas provincias y otros países.
Sin embargo, se realizaban visitas no oficiales, y hubo contingentes que tuvieron la oportunidad de recorrer las muestras, incluso incompletas, además de visitas de cortesía de personas que podían contar libremente sus impresiones en los periódicos, o de tomar vistas -como fue el caso del fotógrafo Cesare Rocca- de las instalaciones temprano en el año, con el fin de preparar un álbum que se planeaba vender una vez inaugurado el mega evento cordobés.
Merced a estas visitas, los cordobeses ya estaban medianamente empapados de forma directa o por referencias, del magno acontecimiento de trascendencia nacional que haría de la Docta capital el centro del país por un par de meses. En abril de 1871, siete meses antes de la apertura, tuvo lugar una anécdota que se recoge en el diario El Eco de Córdoba, relacionada precisamente con visitantes de la Exposición. Se trata de un episodio nimio, de esos que yacen perdidos entre los datos de los viejos periódicos, y que aquí rescatamos por lo fresco y curioso del mismo, más que por la importancia que en realidad no tuvo. Casos insignificantes suelen cobrar un interés extra, cuando ha pasado un siglo y medio de ocurridos, como es el caso. La anécdota que se cita fue protagonizada por dos miembros de un grupo que había concurrido a visitar la Exposición. La primera versión del hecho la publica El Eco de Córdoba el 18 de abril:

“Un travieso
O dos, nos dicen que se habían introducido en el palacio de la Exposición, el Domingo, sin ser vistos.
Los dos fulanos anduvieron recorriendo todos los departamentos muy frescos y sueltos de cuerpo, saliéndose uno en seguida y quedando el otro hasta las tres de la tarde, hora en que recién fue visto, y preguntado qué hacía allí y por donde había entrado, respondió que había entrado por la puerta principal del local que encontró abierta, y que no había salido antes porque podía ser visto y creer entonces que se llevaba algo.
Este habitante estuvo, desde las 11 de la mañana, hasta las 3 de la tarde.
¡Que abran un poco más el ojo, los Argos de la Exposición!”
Una versión “mejorada” del episodio, o al menos con información más precisa, es la que publica tres días más tarde el mismo diario. Si en la primera los protagonistas habían sido calificados como “fulanos”, quienes habían actuado como unos “frescos”, y se habían desplazado por el interior del palacio “sueltos de cuerpo”, aquí se los verá como caballeros visitantes, dos jóvenes que habrían sido víctimas de un descuido del portero de la Exposición, al cerrar la puerta sin advertir que quedaban adentro dos personas. El descuido del “Argos” de la muestra había tenido efectivamente lugar, aunque los damnificados fueron los dos visitantes, quienes debieron permanecer varias horas encerrados. Uno de ellos, refiere la nota, fue más ingenioso que el otro y pudo abandonar el lugar más temprano. Aquí la versión más nueva y completa, el 21 de abril de 1871:

“Un travieso
«O dos; nos dicen, que se habían introducido en el palacio de la Exposición sin ser vistos…»
Esto y algo más dijo nuestro amigo el boletinero el martes.
Nosotros, mejor informados que él, podemos asegurar que lo han informado mal, lo que hubo fue lo siguiente:
Estando en el palacio algunos caballeros y señoras, un reloj dio las doce, entonces el portero dijo que era hora de cerrar la puerta, y moviendo las llaves dio un golpe de manos, con lo que salieron los visitantes.
Dos de los jóvenes que allí estaban, en ese momento andaba el uno a un extremo, y el otro al otro, del palacio; uno de ellos cuando se aproximó a la puerta, ya estaba cerrada, pues el portero había creído que no había más gente que la que estaba allí reunida cerca de la puerta, entonces continuó mirando con calma los objetos, hasta que cansado de mirar, y de esperar llamó a la puerta sin que nadie le contestase, (esto mismo había hecho cuando encontró la puerta cerrada luego de las doce) entonces procuró salir, y al efecto bajó los pasadores de la puerta que está al Norte, la abrió, tomó un listón de pino y lo colocó por dentro, de tal modo que luego de cerrar la puerta quedase trancada, y salió ajustándola.
A todo esto, ni él había visto que quedaba otro adentro, ni el otro lo había visto a él; previniendo que con otros caballeros y señoras habían ido juntos, y todos creían que los que faltaban estarían en alguna otra parte de la quinta o jardines.
Luego de salir y pasear un rato por fuera se fue y avisó, a un Sr. de la comisión, al Sr. D. José María Aldao, lo que le había pasado, para que al ir y encontrar la puerta trancada, no entrasen en dudas, ni falsas sospechas de lo que sólo él sabía, y además para que hiciese echar la llave a dicha puerta.
Efectivamente, más tarde van dos Sres. a cerrar la puerta, y otro joven que, más paciente o más curioso, y creyendo que a las dos de la tarde debía volverse a abrir el palacio, estaba allí esperando, sin saber todavía que otro de sus compañeros había estado encerrado con él, pues los objetos que había estado observando, estaban al extremo sur, y los que curioseaba el otro, estaban al extremo norte, por donde salió.
Esto es lo que ocurrió y que nadie podrá desmentir.”



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