Derivaciones políticas de una final sin encanto

El lamentable episodio que llevó la final de la Libertadores a España azuzó a los que pretenden una ley que controle a los barras, pero también expuso a los que habitualmente aprovechan su existencia.



Por Javier Boher
javiboher@gmail.com

Finalmente llegó el fin de semana en el que se va a revelar la verdad sobre cuál de los dos equipos es el mejor de América, aunque se defina en Europa. Toda la emoción que trastocó en tensión y luego en decepción se terminará de disipar cuando termine un partido que ya perdió el encanto.
Ya se ha escrito mucho sobre la política envuelta tras la negociación por la final, con dirigentes de ambos clubes íntimamente ligados al gobierno y al presidente. Operadores por uno y otro lado, todos se mostraron dispuestos a presionar a una decadente Conmebol, presidida por el único que todavía no cayó en los escándalos que destapó el FIFAGate.
Las escenas de políticos compungidos por el lamentable espectáculo que se desató por la agresión con piedras (que a la distancia parece algo absolutamente menor si se lo compara con las escenas más comunes, como el tiroteo entre la policía y los barras de All Boys de hace sólo 15 días) contrastan con los entretelones de una política hipócrita que defenestra -aunque necesita- a los barras.
El penoso episodio llegó a los principales medios deportivos del mundo, lo que obligó al gobierno a impulsar un proyecto para tratar de empezar a corregir el problema con las bandas delictivas que se esconden detrás de la excusa de una pasión que a esta altura ya es difícil de creer.
Los errores y excesos del proyecto -sumado a los intereses de muchos que ocupan bancas en el congreso- amenazaron con hacerlo naufragar, en una derrota impensada si se tiene en cuenta el papelón que fue la postergación de la final.
Por supuesto que no todas las tintas pueden cargarse sobre los políticos, que al menos ocasionalmente deben rendir cuentas ante los ciudadanos. Si bien no parecen tener una voluntad real de combatir a las barras (porque después necesitan punteros, financiamiento o seguridad para sus actividades partidarias), son sólo una parte del problema.
Es que se conoció que, tras el anuncio de que se trasladaría la final a suelo español, numerosos barras se encaminaron al viejo continente tras ser habilitados por la Justicia. Paradójicamente, aquellos que arruinaron el espectáculo en estas tierras son de los pocos que tienen los medios económicos para perseguir a su club por el mundo, pudiendo dejar sus “obligaciones laborales”, a diferencia del pobre socio ilusionado con coronar su aliento de toda la campaña con un triunfo en su cancha.
La mano de los dirigentes tiene mucho que ver con eso, porque sino no se entiende el despliegue para mudar “la fiesta” de las tribunas al Bernabéu, mítico estadio del Real Madrid. Banderas y bombos viajaron a un club con una larga historia de simpatías con el poder, un escenario ideal para que se desarrolle tan manoseado evento.
La ley Anti Barras carece de sentido si no hay un Poder Judicial decidido a actuar cuando y como corresponde. Que las autoridades migratorias españolas deban hacer el trabajo que le corresponde a nuestros jueces es al menos risible. Con mucha menos extravagancia ni ínfulas de superioridad se han demostrado capaces de hacer lo que acá parece imposible: tratarlos como los malvivientes que son.
La cultura de los barras, la del aguante futbolero y el endiosamiento de los caciques de tribuna, sólo nos ha llevado a una decadencia absoluta en todos los órdenes de la vida, que pone primero la actitud hostil frente al orden y el respeto.
El simple hecho de tolerar la cultura barrabrava por ser “el folklore del fútbol” es el primer acto de complicidad de toda una sociedad que hace rato se ha lumpenizado hasta niveles alarmantes, en gran medida por el negocio que significa para un puñado de avivados que toma las decisiones políticas.
Algunos de los detractores de la ley Anti Barras se opusieron por lo desmedido de las penas, que aunque tenga lógica desde el punto de vista jurídico choca con la necesidad de gran parte de los ciudadanos que quieren disfrutar de la cancha como un espectáculo familiar.
A esos queda decirles que una sociedad con exceso de leyes (o con leyes muy duras) está lejos de ser una sociedad libre, pero una sociedad sin leyes escritas, que sólo se rige por la ley del más fuerte, está muy lejos de permitir el verdadero ejercicio de la libertad.



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