Doblez: Cambiemos rechaza en la provincia lo que reclama en la Nación

No es que Schiaretti se haya transformado en un león herbívoro, ni que decida donar parte de sus raciones políticas a sus adversarios



Por Pablo Esteban Dávila

Es extraño. Cambiemos pide en la Nación lo que niega en la provincia. Reclama, en aras de la gobernabilidad, que la oposición peronista vote el presupuesto que requiere el presidente, pero, cuando se trata de otro promovido por el gobernador, no parece haber argumento que lo conmueva. Hoy, sus legisladores rechazarán, sin sonrojarse, el presupuesto de Juan Schiaretti.
La decisión presenta el estigma de la incoherencia y viola el principio lógico de la no contradicción, que sostiene que dos juicios contradictorios entre sí no pueden ser ambos verdaderos. Esto remite a dos incómodas preguntas: ¿por qué lo que resulta razonable en el Congreso deja de serlo en la Legislatura? ¿Por qué Cambiemos les pide a sus opositores que hagan lo que la propia coalición no está dispuesta a hacer cuando se encuentra en la oposición? Es, a todas luces, un doblez político.
Ya lo hemos dicho muchas veces, y es inevitable ser propedéutico en el asunto. El presupuesto es una herramienta de gobierno que aprueba el Poder Legislativo, pero cuyos grandes lineamientos define el Ejecutivo en el marco de sus funciones. Negárselo (o hacerlo irreconocible a través de modificaciones inconsultas) supone el deseo de cogobernar desde las bancas. Esto es un desatino, que no ayuda ni al gobierno ni a la oposición, exista o no una mayoría suficiente para aprobarlo.
Es cierto que Unión por Córdoba no requiere de la ayuda de otros bloques para convertir el presupuesto en ley. Esta es una realidad. Probablemente por esta razón los legisladores cambiemitas hayan optado por su rechazo liso y llano, anticipando que la rabieta sólo tendrá un valor simbólico y que, a los propósitos políticos, será una nueva oportunidad de diferenciarse del oficialismo local sin lamentar resultados adversos.
El razonamiento es simple, pero incorrecto. A diferencia de otras iniciativas, el presupuesto les interesa más a los hombres de Estado que a los ciudadanos. Se trata, básicamente, de una de las pocas esferas de decisiones que merecen blindarse del pataleo electoral y transformarse en un ámbito de reflexión sobre las prioridades del gobierno de turno, asumiendo que, en una democracia, los roles de oposición y oficialismo suelen invertirse con frecuencia.
Esto es exactamente lo ocurrido en el Congreso de la Nación, en donde los opositores (entre ellos, los que responden al gobernador de Córdoba) apoyaron en general la propuesta enviada por Mauricio Macri. No fue, como podría suponer algún inocente y a pesar de ser admirable, un gesto de bondad institucional lo que alentó a esta colaboración, sino una estrategia institucional de autopreservación. ¿Y si fueran los que actualmente fungen como oposición los que necesitaran, en un hipotético gobierno, de similar compresión en un momento de debilidad legislativa? Do ut des, señala el proverbio latino. No hay mejor momento para ponerlo en práctica que cuando se trata de aprobar un presupuesto.
La sencillez de este precepto no ha calado hondo, sin embargo, en el macrismo local dispuesto, como se dijo, a hacer pito catalán al proyecto oficialista. La asimetría es tan visible, tan kitsch, que Oscar González, el siempre moderado presidente provisorio de la Unicameral, tuvo que exponer ayer su malestar. “Hubiéramos preferido que la oposición acompañara. Así lo hicimos a nivel de la Nación. Votarle a un Ejecutivo un presupuesto para gobernar es imprescindible”, señaló ante los micrófonos de Cadena 3. Es difícil contradecir este talante, aunque todo indica que Cambiemos le dará la espalda a la hora de la votación. Al igual que Riquelme, González hará el gesto del topo Gigio para escucharlos en el recinto.
No se pretende sugerir que la oposición deba callar sus ideas al respecto. Todo lo contrario. Como cualquier iniciativa que asigna fondos públicos, detrás del presupuesto hay prioridades definidas con criterios políticos. En este punto, el gobierno no ha hecho demasiado esfuerzo para ocultar lo que piensa hacer. Cemento y ayuda social son sus ejes para el próximo año. Schiaretti podrá explicar fácilmente el porqué de estas opciones. Con una economía en recesión, es preciso activar los multiplicadores keynesianos. Asistencia y obra pública son las herramientas que suelen prescribirse en estos casos, especialmente cuando el Centro Cívico se ufana de tener superávit operativo desde hace 15 años. Cualquiera tiene el derecho, y más aun si se trata de un legislador, de cuestionar estos supuestos por el motivo que fuere.
Es evidente que Cambiemos necesita sobreactuar para despegarse de la edulcorada cohabitación que tanto el presidente como el gobernador gustan de mostrar ante la opinión pública desde diciembre de 2015. Aun a despecho de lo que barrunta Macri para sus adentros, sus dirigentes locales se sienten con derecho a reinterpretarlo y forzar los argumentos para embestir contra Schiaretti. No se puede ganar una elección aceptando que el presidente prefiere el estatus quo antes que un eventual gobierno del palo en la provincia. Esta impostación se hace todavía más artificiosa cuando se repara en la coincidencia que, aproximadamente a la misma hora en que los suyos rechazarán el presupuesto, Macri se encontrará en FADEA presentando el Pampa III, tal vez con Schiaretti a su lado.
El problema es que el gobernador se encuentra empecinado en negar el combate que tan afanosamente buscan sus contendientes. Aun más, parece disfrutar actos de magnanimidad preelectoral como, por ejemplo, la transferencia de 1.800 millones de pesos al municipio capitalino, destinados en parte a morigerar el fin de los subsidios al transporte anunciado por la Casa Rosada, aliada del intendente. Ramón Mestre, el beneficiario, tuvo que aportar su cuota de poliamor en el acto de firma del convenio, aclarando que no es un enemigo del gobierno provincial y que celebra el diálogo existente entre sus jurisdicciones, toda vez que les permite continuar “trabajando por la gente”.
No es que Schiaretti se haya transformado, de buenas a primeras, en un león herbívoro, ni que decida donar parte de sus raciones políticas a sus adversarios. Simplemente insiste en una fórmula que ya le dio réditos con Daniel Giacomino después de las aciagas elecciones del 2007 y que le permitió mostrarse en tándem con el propio Mestre cuando la Municipalidad hubo de atravesar turbulencias políticas y financieras. Presentarse a sí mismo como levitando por sobre las provocaciones de quienes pretenden desalojarlo del Centro Cívico es un antídoto contra las profecías que señalan inevitables fines de ciclo o el inexorable agotamiento del modelo inaugurado en 1998.



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