Cora Pearl, la cortesana necesaria

Los perfiles de las mujeres coquetas eran parte de un guión patriarcal. Eran necesarias para marcar la zona de perdición desaconsejable a las “buenas mujeres”. Si encima eran prostitutas de lujo, encarnaban directamente al demonio, tan funcional a la vara de la moral católica



Por Víctor Ramés
cordobers@gmail.com

Cora Pearl en su rol de gran dama, en compañía del Príncipe Achille Murat, 1865.

El temor, el reproche, la condena a las mujeres coquetas, las que usaban de sus encantos para dominar a los hombres, tuvo sus modelos en la realidad. Hay que aclarar que dicha realidad era también novelesca, y se hacía desempeñaren ella papeles a ciertos personajes femeninos,con el fin de demostrar lo maligno de un comportamiento libertino, los peligros de alejarse de los estereotipos reservados a las mujeres esposas y madres. En efecto, las femmes fatales, las mujeres que “abusaban” de su atractivo, eran figuras necesarias para construir un imaginario perverso, habitado por personajes femeninos que llegaban al punto de merecer, y en ocasionesa obtener –al menos en las novelas y en el deseo social- un castigo ejemplar.
Existían mujeres que probaban con sus actos que el “infierno” estaba allí, y que ellas,con sus desvíos, se dirigían hacia él. Eran mujeres que hacían uso de libertades vedadas a otras mujeres, y por eso mismo estaban condenadas por una lógica de antemano prescrita. Como lo señalaba Sor Juana en sus versos geniales, esas mujeres eran una creación de pies a cabeza de los propios “hombres necios”.
Era el caso de las “cortesanas”, un eufemismo para “prostitutas” de alta gama, mujeres bellas y caras que sólo podían pagar los nobles, los ricos aristócratas. Estas encarnaban lo que los hombres querían que fueran; se comportaban como ellos deseaban, respondían a lo que ellos proyectaban.
Córdoba, ciudad católica y conservadora, sólo se asomaba a esos personajes mediante la prensa, como es el caso de una nota publicada en el diario El Progreso, en octubre de 1877, referido a una joven cortesana que brilló en París durante el período del Segundo Imperio Francés. La nota estaba levantada de una correspondencia de un periódico francés, y allí todo era condena para el personaje, que ya había pasado su época de oro. Por supuesto, la cuestión era seguir hablando sobre ella, aunque fuera hablar mal; siempre su nombre era un pretexto para la diatriba, pero a la vez alimentabauna curiosidad y aun la admiración masculina claramente reprimida.
La biografía de Cora Pearl (nacida Emma Elizabeth Crouch, muy probablemente en Inglaterra) era un puzle imposible de armar, ya que ella fue su propia creación. Se cambió el nombre, aprendió a usar su atractivo con desprecio por los hombres, satisfaciéndolos y haciéndose satisfacer por ellos, cosechando riquezas, fama, deseos, envidias y también el consabido desprecio moral. Así debe leerse la nota publicada por El Progreso, una traducción no muy precisa y un relato que cumple con todas las reglas de la reprobación moral, a la vez que encarnaba un estereotipo para consumo de lectores ajenos al mundo “decadente” e “inmoral”, que con malicia mirabandesde fuera.

“Cora Pearl
En una correspondencia de París encontramos la siguiente noticia sobre esta famosa mujer:
«Si en el mundo político tenemos agitación, en los otros “mundos” también hay novedades.
Ha palidecido una de las estrellas del “demi-monde” que hizo hablar más de sí en tiempo del imperio.
Esta es Cora Pearl, una mujer famosa; su verdadero nombre es Ema Church, y es hija de un marinero de Portsmouth; más tarde fue criada de un hotel de Londres
(…)
El que la llevó a París fue un brasilero, y desde entonces data su celebridad.
Ninguna mujer en estos últimos tiempos ha hecho tanto ruido, excitado tantas pasiones produciendo tantas desgracias.
¡Singular don de seducción tenía!
Hizo en París todo cuanto quiso.
A sus pies estuvieron Moray, Talleyrand Perigord, Nigra, y hasta el príncipe de Galia.
Últimamente produjo un grande escándalo en todas las cortes de Europa y suscitó graves incidentes diplomáticos entre Inglaterra y Rusia dando a luz los secretos de estado que le confiara uno de sus amantes, miembro de la familia imperial Rusa.
Un día tuvo un capricho: quiso entrar al teatro.
Hubo quien pagase cien mil francos al director del teatro de los Bafos para que este consintiera en que Cora fingiese de actriz.
Y apareció en “Orfeo en los Infiernos” de Offenbach, representando el famoso Cupido.
Pero apenas hubo dicho “Je suisCupidon” se suscitó tal pelotera, que nunca volvió a salir a las tablas.
Tuvo millones en joyas, pero no había dinero suficiente para ella.
La edad le fue viniendo, y ella quedando cada vez más fea; sí, más fea, porque nunca la he encontrado bonita. Elegancia sí tenía mucha, espíritu bastante vivo.
Aun últimamente era vista en las inauguraciones de todas las fiestas y en las primeras representaciones.
Hace poco resolvió rematar su menaje, y el remate de los objetos de una mujer de esa clase es un acontecimiento en París.
Durante algunos días era tener la concurrencia del pueblo al palacio de la calle Chaillot que ocupaba Cora.
Había ahí muchas cosas que ver pero nada, sin embargo, que admirar: cuadros menos que mediocres, muebles ricos, pero sin gusto,
En la mesa de su dormitorio había un solo objeto.
Seguro que nadie adivinará qué era. Era… una biblia ricamente encuadernada y con las armas reales de la Rusia en las tapas. Esto dio materia de reflexión a más de uno de los que penetraron a aquella casa donde se consumó la locura de tantas gentes.
En todo caso, ya está hecha la liquidación de aquella que dio durante algún tiempo el tono a la dudosa sociedad de París.
Produjo el remate cuatrocientos mil francos, y vendiendo las joyas puede realizar Cora más de un millón.
Pocos días después de este suceso se dio en París la primera representación del “Marqués de Villemer”.
En un palco estaba sola una mujer toda vestida de negro y con el rostro envuelto en un velo espeso.
¿Quién era?
Todos lo preguntaban, la curiosidad era extrema, al fin Ouvreuse descubrió quien era, nada menos que Cora Pearl.
¡De luto semejante mujer! Todos se admiraban y se cuchicheaban
Es que ahora entra esta mujer en la segunda faz de su vida.
¿Esperará la restauración del imperio?
Quizás todo el demi-monde o mundo alegre era bonapartista.
Nadie tuvo más influencia en tiempos del imperio que Cora Pearl, Blanca de’Antiguy, la Schneider, etc. etc.»”



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