Por algo se empieza

Pasó la Cumbre del G20 y nos dejó un sabor un poco más dulce, no sólo porque se vio mucho de lo lo bueno, sino también porque coincidió con que no están gobernando los malos.

Por Javier Boher
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¡Good morning, dear reader! Con esto de tener al mundo en Argentina uno se pone políglota y quiere caerle bien a todos los forasteros de billetera gorda que nos vinieron a visitar. Pese a todo, pasó el G20 y seguimos acá, en la periferia.
Horas y horas de transmisión en todos los medios posibles para cubrir un eventazo de escala planetaria. Hay que agradecer que la cobertura estuvo a la altura, mostrando al Rambler de Trump cargando GNC, mofándose del presidente indio o analizando los looks de las primeras damas.
Acá voy a ser la reencarnación de un Ante Garmaz eurocéntrico para destacar el velo de la esposa del turco Erdogan. Qué impresionante eso de querer que te acepten en la Unión Europea y tener a tu mujer con un trapo que parece un vendaje de motoquero sin casco que terminó la salida a bailar internado en el Urgencias.
La organización les salió como para hacerse los rulos, nada que ver con la del superclásico que organizó el gobierno del pelado Larresta. Ahí hay que reconocer la mano de la ministra de seguridad, a esa que acusan de borracha pero que manejó el operativo para proteger a los tipos más importantes del mundo.
Si tomó o no, igual mantuvo la línea y los tuvo a todos a raya, pero no le alcanzó a unas sororas que no le tiraron ni una flor pese a ser una señora con poder de conducción. Ese es el feminismo que supimos conseguir, el que te quiere si sos del palo, no si sos la responsable de coordinar cómo se reparten los palos (y lograr evitarlos).
Se ve que no queda bien reivindicar a una mujer con la autoridad de mandarle a las fuerzas de seguridad y prefieren endiosar a una que no podía sacar al hijo de la pieza. Esa es la paradoja de muchas empoderadas que prefieren a las que dicen frente a las que hacen.
Por supuesto que no sólo se destaca el trabajo de la más odiada y resistida por el kirchnerismo, sino también la muñeca diplomática de un gobierno que estaba organizando una cumbre internacional con menos experiencia que Instituto en primera. Hay que reconocer que salió un papel bastante más digno que el del juecismo mendigando candidaturas.
Vamos a ser justos: es un poco más fácil cuando los orcos se quedan afuera. Hay que agradecerle a la Emperatriz del Calafate que desistió de que se movilicen los suyos. Suena lógico: si querés volver a gobernar tenés que hacer buena letra. Es como el golpeador que promete que la próxima va a ser distinto, aunque todos sepan que después se va a pasar sus promesas por un rincón más oscuro que el Gordo Tony Angelici.
Esa actitud de ocultar su naturaleza de tirapiedras y reivindicadores de causas más obsoletas que traba para teléfono a pulso es lo que nos dejó respirar un poco de primer mundo, con lo que dejaron en evidencia de que al menos una vez pueden hacernos un favor a los que no nos gusta vivir en la barbarie presarmientina.
Si el gobierno ganó o perdió es anecdótico, porque a muchos todavía nos alcanza con pensar en qué hubiese pasado si a esto le tocaba organizarlo al gobierno del motonauta monomano, aunque lo más probable es que con los antecedentes de las misiones comerciales a Angola, Vietnam o Azerbaiyán no le hubiesen contestado ni un mail.
¿Se imagina a Zannini, el chino, recibiendo a Xi Jinping, el chino? Haciéndose los graciosos como aquella vez que la viuda del Nestornauta tuiteó que los chinos comían aloz o llevaban a su Cámpola. Me agarra calor sólo de pensarlo.
Piense en el operativo de seguridad organizado por la ex ministra Garrón y respaldado con aviones y vehículos mantenidos por el Chivo Rossi, el perdedor de misiles. Capaz terminaban siete piqueteros de Quebracho cantando “patria sí, colonia no” en el medio del escenario del Colón, después de un acto de tres intelectuales de Carta Abierta recitando Zonceras de Jauretche.
Le debo decir que me mata la curiosidad respecto a qué hubiese hecho Karina Rabolini con las primeras damas, aunque intuyo que quizás las hubiese llevado a recorrer el museo de estatuas de cera de Villa la Ñata, así posaban con las figuras de los Pimpinela, Montaner o Cacho Castaña.
¿Se imagina a William Brown, el ex secretario de comercio interior, negociando acuerdos comerciales con las principales potencias económicas? Nos reímos de los limones de Gatricio, pero Moreno capaz pretendía defender la panchería que puso con Milani para cuidar los puestos de trabajo de los argentinos.
Ya le digo, amigo lector, no sé si volvimos al mundo, pero al menos le pegamos una visitadita rápida como novio primerizo. Si de acá podemos sacar algo positivo es que recibimos en casa a los que cortan la torta en lugar de asistir a una contracumbre bolivariana de los que venden pan relleno.
Por algo se empieza.