En pelotas y con cadenas

En la proclama del 19 de julio de 1819 dirigida al Ejército de los Andes, José de San Martín advertía a sus camaradas de que una fuerte expedición española de disponía a atacarlos y que debían redoblar sus esfuerzos.

Por Pablo Esteban Dávila

En la proclama del 19 de julio de 1819 dirigida al Ejército de los Andes, José de San Martín advertía a sus camaradas de que una fuerte expedición española de disponía a atacarlos y que debían redoblar sus esfuerzos. En uno de sus párrafos más recordados, el libertador señalaba que “cuando se acaben los vestuarios, nos vestiremos con la bayetilla que nos trabajen nuestras mujeres, y si no, andaremos en pelota, como nuestros paisanos los indios. Seamos libres, y lo demás no importa nada”.
El concepto sanmartiniano era simple: la libertad, ante todo. No se pueden alcanzar otras metas políticas ni ideales sociales (acótese, tampoco económicos) sin libertad. Pero esto no significa, jugando con las palabras, que la libertad sea todo. Conseguida ella, es necesario complementarla con instituciones fuertes, tolerancia, crecimiento económico y respeto a las minorías. De lo contrario, la libertad puede devorarse a sí misma. La humanidad presenta sobrados ejemplos al respecto.
San Martín exageraba a conciencia frente a un país que, a diez años de la Revolución de Mayo, todavía no podía dar por sentada su independencia frente a Fernando VII. “En pelotas pero libres” era un programa de emergencia, necesario para estructurar una Nación que se asomaba al mundo en medio de tempestades políticas y estrecheces financieras. Luego vendrían los tiempos para arroparse adecuadamente.
Justo es decir que, especialmente después de Caseros, la Argentina supo combinar en grados razonables la libertad con el crecimiento económico. Los millones de inmigrantes que se radicaron en el país entre finales del siglo XIX y principios del XX fueron una buena muestra de aquel éxito colectivo. Pero este orden virtuoso no supo mantenerse en el tiempo. Desde hace ya muchas décadas, los argentinos padecemos la frustración de la decadencia.
Lo ocurrido con el superclásico River – Boca es una editorial sobre el ocaso nacional. Una potencia futbolística mundial no pudo garantizar condiciones mínimas para que el derbi se disputase en el país. La CONMEBOL, sin ser un particular ejemplo de eficiencia, dispuso que, en su lugar, la final de la Copa Libertadores de América se disputase en el distante Santiago Bernabéu. “No están dadas las condiciones para que se juegue en la Argentina” concluyó su presidente Alejandro Domínguez. Y, lo peor del caso, es que tiene razón.
La aparente contradicción de que el torneo que evoca la gesta de San Martín, Simón Bolívar y José Antonio de Sucre contra la España absolutista termine jugándose precisamente en Madrid -la capital de los Borbones- desnuda un hecho que van más allá de los memes de WhatsApp, esto es, que seguimos en pelotas (como alegoría de nuestras crisis eternas) pero ahora con cadenas que limitan y doblegan nuestras decisiones. Es un retroceso inquietante.
No es, por cierto, un razonamiento chauvinista. Que el partido se juegue en Madrid o en Qatar es exactamente lo mismo. Refleja un fracaso colectivo y, sobre esto, no vale la pena teorizar demasiado. El punto es que el episodio evoca de cómo un país con una constitución liberal y un carácter nacional acendradamente libertario puede ser, sin embargo, esclavo de sus pasiones.
Esta no es una alegoría barata. La Argentina está encadenada al fracaso porque ha renunciado a la convivencia y al orden que ésta supone. La ausencia de instituciones fuertes, debilitadas por la corrupción y discursos falso-progresistas, ha logrado el penoso efecto de volvernos dependientes de los violentos, del totalitarismo de los barrabravas, de los piqueteros o del populismo mágico. Todo este combo no puede generar otra cosa que pobreza. Y, como sostiene con acierto Steven Pinker Pinker, la pobreza es la madre de todos los males.
Pensar que, en 1846, Domingo Faustino Sarmiento, de visita por el viejo mundo, ¡propuso invadir España para recuperarla del atraso! Ahora es la madre patria la señalada por la CONMEBOL para salvar del aplazo a esta final de la Copa Libertadores. Es el símbolo de lo mucho que ha progresado desde su absolutismo decimonónico hasta la ejemplar monarquía constitucional de la que goza en la actualidad. Inversamente, también es el reflejo del camino que ha recorrido la Argentina desde ufanarse de ser aquel granero del mundo a esta versión caricaturesca de su pasado esplendor.
Puede que la muy exitosa cumbre del G20 ayude a despejar esta visión tan sombría de nuestra vocación por el desorden y la frustración. Ojalá que así sea. Pero siempre es bueno recordar que una golondrina no hace verano y que, por más alentadora que sea la visión de haber tenido una reunión de este calibre sin ningún contratiempo, el caos sigue siendo la materia prima sobre la que se estructura la vida social, económica y política del país.
El caos, vale recordarlo, encadena las naciones al atraso y, con el tiempo, termina con la libertad, porque la libertad también requiere de orden y de crecimiento. Las economías desarrolladas son las más liberales, las más democráticas porque son, precisamente, las más ricas. Y no hay riqueza colectiva sin una organización social que promueva la creatividad en el marco de reglas de juego que todos respeten, no solamente una sufrida minoría destinada a pagar impuestos y a producir para que otros se dediquen al negocio de la desorganización.
El Papa Francisco lo dijo correctamente un par de días atrás: “así son los argentinos; indisciplinadamente libres”. El hecho que tomara como ejemplo de sus dichos a un niño que interrumpió alegremente una de sus audiencias no viene al caso, porque la síntesis es perfecta y aplica la gran mayoría de sus connacionales. La indisciplina y la libertad pueden que sean convivientes simpáticos durante un tiempo, pero, unidas en matrimonio, terminan liquidándose la una con la otra, a modo de una guerra de los Roses axiológica.
Todo esto quedará a la vista del mundo cuando Boca y River ingresen al estado del Real Madrid para jugar un partido que no pudo disputarse en Buenos Aires y bajo la advocación de los Libertadores de América. “Todavía en pelotas y con cadenas”, se amargaría San Martín de anoticiarse de la paradoja. Al menos, los españoles ya no son los culpables. Lejos de ello y sólo por un día, serán ellos los que nos liberen de nuestra crónica dependencia de la anarquía.