La impericia de Cambiemos y riesgosos contactos del tercer tipo en el G4

Los próximos días parecen ser aciagos para Cambiemos, al menos desde la política. Ayer, diversos hechos se concatenaron para dar catadura al pronóstico.

Por Pablo Esteban Dávila

Los próximos días parecen ser aciagos para Cambiemos, al menos desde la política. Ayer, diversos hechos se concatenaron para dar catadura al pronóstico. En todos ellos aparece un componente que parece abundar entre sus filas: la impericia.
Lo sucedido con la vacante que se produjo en el Consejo de la Magistratura de la Nación pinta de cuerpo entero una historia que parece volverse circular. Pese a que la coalición contaba con mayoría dentro para nominar a uno de los suyos, un acuerdo panperonista en diputados logró arrebatarle ese lugar, negando la mayoría agravada de la que gozaba el oficialismo.
La jugada del justicialismo, ejecutada sin que existieran diferencias insolubles entre sus vertientes kirchnerista y “federal”, dejó afuera al radicalismo, la fuerza que tenía apuntada el lugar para sí. Los hombres de la UCR, de por sí desconfiados de las verdaderas intenciones societarias del PRO, pusieron el grito en el cielo. A través de un inusual comunicado -al menos, para lo que se espera de uno de los partidos de gobierno- criticaron “la mala praxis, la desidia política y la impericia” que llevaron a esta derrota, y que no estaban “dispuestos a minimizar u ocultar” el hecho. Uno de los más enfurecidos es, precisamente, Mario Negri.
Las versiones arreciaron dentro del campamento radical. Los más benévolos se quejaron de la torpeza de la Casa Rosada para manejar el asunto, en tanto que los que abonan teorías conspirativas señalaron que hubo un acuerdo bajo la mesa por apaciguar el frente peronista, cediéndole un lugar que no se encuentra, precisamente, dentro de la esfera de intereses de Mauricio Macri. El presidente, ingeniero de profesión, no es particularmente sensible a este tejemaneje, pero a los radicales el asunto les apasiona sobremanera. Creen que es la llave para enterrar definitivamente los años de impunidad del kirchnerismo.
Pero esta es una ilusión prematura. Hace falta mucho más que el control del Consejo de la Magistratura para poner en cajalos excesos del kirchnerismo. Uno de los elementos que más se necesitan para ello son los votos.Cambiemos no sólo deberá asegurárselos para mantenerse en el poder sino también para engrosar los legisladores adeptos en el Congreso de la Nación.
En este sentido, también ayer pudo advertirse su fragilidad parlamentaria. Los senadores oficialistas, munidos del pedido de desafuero de Cristina Fernández requerido por el Juez Claudio Bonadío, llamaron a una sesión especial para tratar esta solicitud. Ni siquiera pudieron reunir el quorum. Detrás del cortinado que rodea el hemiciclo, tanto el bloque que lidera Miguel Ángel Pichetto como el de la señora de Kirchner miraron divertidos los vanos esfuerzos de Cambiemos por comenzar el debate. Cristina, al menos por ahora, continúa protegida por la jurisprudencia que ampara a los senadores acusados o condenados sin sentencia firme.
La fallida sesión de los liderados por Federico Pinedo podría reputarse como un intento de facilitar la labor de la justicia, entregándole a la miembro más cuestionada del Senado, pero también como una forma de sacarse de encima la única persona del país con votos visceralmente leales. El tercio kirchnerista del electorado sigue siendo un bloque homogéneo, incapaz de conmoverse ante los cuadernos del chofer Centeno y la ola de detenciones de exfuncionarios K. Tampoco parecería importarles a sus acólitosque, detrás del discurso “pobrista” de la expresidenta, se esconda una fortuna fabulosa, cuyo origen es, cuando menos, altamente dudoso.
Estos afanes son comprensibles, aunque no necesariamente coordinados con los empeños que,en sentido opuesto, llevan adelante algunos de los hombres del presidente. Marcos Peña, por caso, está convencido de que Cristina debe ser candidata porque es la única que le asegura a Macri una polarización triunfal. Si Bonadío tuviera éxito con sus intenciones de ponerla tras las rejas este plan se derrumbaría, y el peronismo podría ensayar una candidatura alternativa con insospechadas consecuencias para el proyecto reeleccionista.
¿Se habla Pinedo con Peña? Si lo hacen, no se entienden. Para el jefe de gabinete, el hecho de que Pichetto mantenga su porfía de no acceder al desafuero de nadie que no esté condenado es una bendición. Mantiene vivos los propósitos del kirchnerismo de regresar al poder y, con tal cosa, idénticas ilusiones macristas por permanecer en él. Los senadores cambiemitas, desde la perspectiva de Peña, se disparan al pie.
Ambos episodios -el arrebato de la banca en el Consejo de la Magistratura y el negar el desafuero a la expresidenta- revelan la ambivalencia del G4, expresión sintética del cuarteto peronista integrado por el propio Pichetto, Juan Manuel Urtubey, Sergio Massa y Juan Schiaretti. Capaces de ahorcar sin apretar, pueden tanto garantizar el presupuesto que el gobierno requiere como hacer una exitosa guerra de zapa en los flancos menos pensados del oficialismo.Lejos de la incoherencia, esta conducta revela también una necesidad de despegarse, un turno a la vez, tanto de Cristina como de Macri. De ello depende la supervivencia del experimento que protagonizan por estos días.
Es probable que el G4 converse de esta estrategia hoy, en un nuevo cónclave del espacio. El tema central será como mantener la gobernabilidad sin morir en el intento, un delicado minué que los lanzará, de tanto en cuando, a acometer con nuevas zancadillas hacia la Casa Rosada, como para dejar claro que, aun con sus dudas internas, pretende convertirse en una alternativa de poder.
El problema radica en que hace falta alguien que decida llevar adelante este propósito. Schiaretti, quién podría ser quién mejor midiera o, mejor dicho, quien tuviera el techo más alto frente a una presidencial, hace tiempo que ha decidido jugar nuevamente en Córdoba. Pichetto -que sería sin duda un estupendo presidente- es un desconocido para el grueso de la opinión pública y Massa, el eterno candidato, tiene numerosos puntos en contra, especialmente tras sus últimos gafes comunicacionales. Sólo quedaría Urtubey que, sin dejar de lado su innegable potencial como candidato, tiene por ahora una relativa penetración dentro de los afectos del peronismo, un hándicap que condiciona su aquiescencia partidaria.
Un G4 con poder de daño, pero sin un candidato firme, es un proyecto en estado de latencia. Sus integrantes son perfectamente conscientes de esta limitaciónno obstante que, de momento, parezcan impotentes para lograr un acuerdo que trascienda la dinámica semanal. Existe también un problema colateral: mientras no salga alguien a la cancha existirá un buen número de comedidos dispuestos a hacer “contactos del tercer tipo” con las huestes cristinistasen búsqueda del santo grial de la unidad partidaria. Aunque muchos terminen, al final, desencantados tras el esfuerzo, el G4 habrá perdidomás tiempo del que puede darse el lujo de gastar. Y es el tiempo, vale recordar, el único recurso realmente escaso en este mundo.



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