Que no vuelvan más

Algunos parecen olvidar la tragedia de la violencia política y quieren jugar a los revolucionarios. Cuando se habla en ese lenguaje, los que prefieren la palabra terminan perdiendo la voz.



Por Javier Boher
javiboher@gmail.com

¡A buscar refugio, amigo lector! Ahora parece que Argentina no es un pacífico paraíso del tercer mundo, quién lo hubiera dicho. Se ve que a la ministra de seguridad le tocó el orgullo la alerta que lanzó el gobierno británico por los posibles atentados a raíz de la reunión del G-20 y de golpe aparecieron más bombas que en Intrusos.
La semana pasada, de bien que estábamos ¡pam! dos bombas que nadie se esperaba y que por suerte tuvieron la misma efectividad que los pronósticos del otomano fumígeno. Así de la nada, la gente se enteró que todavía hay anarquistas y que hay ridículos dispuestos a poner bombas.
Qué tristeza la del anarquismo, amigo lector. Le digo que, pese a haber sido furor en los inicios del siglo XX, hoy parece más pasado de moda que Sergio Denis y su saco blanco. Aunque cada tanto lo veamos en estas apariciones fugaces con tufillo a parodia más que otra cosa, todavía está vivo.
Una lástima que los que lo reivindican tienen menos de anarquistas que de laburantes, porque disfrutan del lumpenaje y vivir del Estado más que los gordos la mayonesa extra cuando van a comer un lomito.
Es increíble que aunque ya pasó más de medio siglo siendo intrascendente la gente le tenga más miedo a los anarquistas que a cualquiera que se le ocurra poner bombas. Y si no, está el caso de los dos muchachos que detuvieron la semana pasada que hablaban de poner una bomba o atropellar a los asistentes a una marcha LGBT.
Ese pasó desapercibido, porque hay más de uno que le gusta andar defendiendo vidas mientras sean celestes o rosas y estén bien claritas y diferenciadas, no sea cosa de que después anden pervirtiendo niñitos por ahí.
Parece que los dos sujetos tenían algún vínculo con alguna célula del ISIS, ese cuco que parecía que se iba a comer el mundo y terminó haciendo pido gancho escondido en el medio del desierto iraquí.
No, estos dos detenidos no son los dos hermanos que dicen que son de Hezbollá, una agrupación libanesa que que predica la desaparición de Israel. Parece que los agarraron para ver si tenían algún vínculo con los que querían hacer torta a las tortas, pero no mucho más.
Usted debe haber visto las fotos: si eso que mostraron era un “arsenal”, le cuento que donde yo vivo es directamente como estar en Siria.
Estos tuvieron un poco más de gancho, porque es sabido que acá todo lo que tenga que ver con tenerle miedo a lo diferente hoy cotiza más que una bolsa de criollos en una repartición pública a la hora el refrigerio. ¿A quién no le da miedo una mujer usando velo?.

Que no vuelvan más
Hay algo raro atrás de todo esto, porque pendulamos de viralizar la foto de la supuesta anarquista toda chamuscada como asado recalentado dos veces, a minimizar el episodio de los cuatro que venían con más copas que Independiente y quisieron pasar a saludar a Gatricio en su quinta.
Lo que más me preocupa, amigo lector, son las actitudes como esta última. Es como si acá no hubiesen volado la embajada de Israel, la AMIA o la fábrica militar de Río Tercero.
Voy a hacerle un repaso bien rápido y superficial de lo que recuerdo del último año, como para poner en contexto de lo que le hablo. En agosto del año pasado nos levantamos con la noticia de que habían hecho explotar una goma en la puerta del Círculo de Suboficiales de Gendarmería acá en Córdoba, cuando Maldonado todavía había sido visto con los largavistas mapuches.
En febrero de este año, un desalojo medio raro del Patio Olmos que pasó de simulacro a amenaza, en algo así como cuando te preguntan si hay problema de que inviten a alguien a comer y después te enterás que ya estaban en la puerta esperando con el postre.
El tema de las amenazas de bomba en las escuelas en Buenos Aires fue más común que tener clases. Para el aniversario de la muerte del hippie andino pusieron una bomba en una comisaría, y cuando estrenaron su película atacaron un cine. Hace un mes, y pese al precio de la nafta, lluvia de molotovs a un edificio de Gendarmería.
Este temita de la romantización de la violencia política ya está empezando a preocupar. Aunque los argentinos todavía sentimos aprecio por la democracia, algunos parece que prefieren las democracias populares al uso del bloque oriental durante la Guerra Fría, esas en donde no había democracia real y un puñado de rico señores gordos gobernaba en nombre del pueblo.
Ya le digo, amigo lector, que atrás de esto hay algo que huele raro. Hay gente a la que no le gusta la democracia y no le gusta perder, pero tampoco le gusta hacerse cargo y poner la cara. Esos son los que juegan con la estabilidad de todos. Esperemos que tanto esa gente como los años en que las bombas eran tan comunes como poner la radio para ver cómo iba a estar el tiempo no vuelvan nunca más.



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