La Universidad institucionaliza el “lenguaje inclusivo”

No sorprende que el feminismo, convertido en ideología hegemónica, haya inventado una jerga. No sorprende que sus acólitos la usen. Tampoco es asombroso que los medios de comunicación afines se dediquen a difundirla.



Por Daniel Gentile

Acaba de realizarse el Séptimo Foro de Extensión de la Universidad Nacional de Córdoba, bajo el lema “Repensando la extensión en el Centenario de la Reforma Universitaria”.
Una rápida lectura del folleto que se imprimió con motivo de este acontecimiento, nos permite conocer de qué se trata. Vemos así que una de las actividades consistió en la presentación del número 6 de la Revista “E+E estudios sobre Extensión” de la Facultad de Filosofía y Humanidades, “con la participación de obras de títeres a cargo de alumnes de la Escuela rural Cornelio Saavedra de la localidad de Potrero del Estado.” “Las obras fueron elaboradas en el marco del Proyecto de Extensión “Contame tu historia”. Alumnes de cuarto grado presentan “Casa quemada” y quinto grado presenta “la chanchada”. Auditorio Hugo Chávez, Pabellón Venezuela”.
La inscripción duplicada del barbarismo “alumnes”, para anunciar un acto en el auditorio “Hugo Chávez”, nos está hablando del grado que ha alcanzado la colonización ideológica de la Universidad.
Un fugaz viaje por el folleto ilustrativo nos lleva a algunas de las otras actividades que integraron el foro de extensión. Una de ellas consistió en la exposición de “estrategias de intervención interdisciplinarias, interinstitucionales e intersectoriales en el abordaje de problemáticas emergentes”. Se incluye en este capítulo el evento denominado “Consejerías en Salud sexual y (no) reproductiva como dispositivo para la autonomía de las/les/los jóvenes”.
No es solamente el “lenguaje no sexista” invadiendo y usurpando el ámbito universitario. Es toda esta neolengua, que parece elaborada para no decir nada o para no ser entendida, infiltrándose en los documentos oficiales de la Casa de Trejo.
No sorprende que el feminismo, convertido en ideología hegemónica, haya inventado una jerga. No sorprende que sus acólitos la usen. Tampoco es asombroso que los medios de comunicación afines se dediquen a difundirla. Lo que impresiona (aunque el fenómeno sea previsible), es que la Universidad, como institución, haya terminado aprobando, incorporando y canonizando esta patología verbal. Nunca estará demás remarcar que este engendro que se hace denominar “lenguaje inclusivo, igualitario o no sexista”, no es otra cosa que terrorismo idiomático, pues está destinado a desintegrar ese instrumento de comunicación y producción artística que es la lengua española.
Reiteradamente la Real Academia se ha pronunciado contra esta deformación del habla, a la que ha calificado, lisa y llanamente, como un torpe intento de manosear ideológicamente el idioma.
Nadie pretende la cristalización de nuestra lengua. Todos sabemos que se trata de un fenómeno dinámico, que va modificándose siguiendo el ritmo de los tiempos, que entre otras cosas exige nuevas palabras para nombrar nuevas cosas. La RAE va tomando nota de esos cambios y los va incorporando en sus diccionarios. Estos catálogos de palabras nos informan que nuevos términos son de uso habitual en tal o cual región hispanoparlante. Son procesos que llevan años, décadas, y no responden nunca a imposiciones. Dicho de otro modo, el idioma no se modifica por decreto. Y más aún: la incorporación de modismos o neologismos a los diccionarios de la Academia no los canoniza, no los convierte en palabras recomendadas. El buen idioma es otra cosa. La definición de lo que es “hablar bien” o “escribir bien” es tarea que corresponde a las “buenas lenguas”. Se trata de una lenta labor que trasciende a los diccionarios, y que está a cargo de quienes han construido a lo largo de siglos esa Catedral que es nuestra querida lengua castellana. Que esa Catedral sea profanada por los bárbaros, es doloroso pero previsible. Que la profanación la cometan quienes se supone que son los custodios de la cultura, como las autoridades de la Universidad, es un hecho demasiado grave. Esa gravedad no se mitiga por la circunstancia de que conozcamos el grado de avance, virtualmente en fase de metástasis, que ha alcanzado el feminismo en nuestra antigua Casa de altos estudios.
Una cosa es que algunos jóvenes más o menos exaltados quieran jugar a una “nueva Reforma”, como si la Universidad fuera un pelotero. Eso podría ser considerado como una travesura adolescente, casi prepuberal. Algo muy distinto es que la UNC avale el producto verbal de ese delirio infanto-juvenil.
El “progresismo”, como sabemos, se ha arrogado el derecho de dictaminar lo que es bueno y lo que es malo, hasta convertirse en el custodio de “los nuevos paradigmas morales”. Se trata, en realidad, de un verdadero “despotismo ético”, infiltrado ahora en el idioma. Nuestra querida Universidad, increíblemente, ha terminado institucionalizando ese terrorismo verbal.



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