¡Descansá en paz Severino, te perdonamos!

Hay que reconocer que en nuestra historia supimos tener anarquistas como Dios manda, se concuerde o no con su ideario. El arquetipo es el hoy irrepetible Severino Di Giovanni que, previo juicio sumarísimo por un tribunal militar, fue fusilado en 1931 en el patio de la antigua penitenciaría de la porteña calle De las Heras, a los 29 años. Y periodistas para contarlo, como Roberto Arlt, quien relata: “Mira tiesamente a los ejecutores. Emana voluntad. Si sufre o no, es un secreto.



Por Luis Ortiz

Los argentinos, ya se sabe, somos los mejores del mundo en casi todo. Aunque siniestras conspiraciones internacionales persistan en negarnos el debido reconocimiento. En estos días, acaeció uno de los recurrentes choques de esa creencia con la realidad; aunque es improbable que el hecho nos recuerde que todo se reduce a que alguna vez quizá fuimos diestros haciendo terrorismo. Ni que nos haga ver algo más simple y definitivo: que ya fuimos, como las falanges de la terrorista amateur, falopera y descerebrada que intentó atentar contra la estatuaria fúnebre de Ramón L. Falcón, entusiasta y celoso azote del verdadero anarquismo, que fuera despedazado en 1909 con una bomba eficaz y certera por un verdadero anarquista, el ruso (y, a mayor afrenta para la época, judío) Simón Radowitzky.
Pero hay que reconocer que en nuestra historia supimos tener anarquistas como Dios manda, se concuerde o no con su ideario. El arquetipo es el hoy irrepetible Severino Di Giovanni que, previo juicio sumarísimo por un tribunal militar, fue fusilado en 1931 en el patio de la antigua penitenciaría de la porteña calle De las Heras, a los 29 años. Y periodistas para contarlo, como Roberto Arlt, quien relata: “Mira tiesamente a los ejecutores. Emana voluntad. Si sufre o no, es un secreto. Pero permanece así, tieso, orgulloso”. A lo que contrapone“Un señor, que ha venido de frac y zapatos de baile, se retira con la galera en la coronilla. Parece que saliera del cabaret”. Imposible retratar mejor en pocas palabras, sin nombrarlo, al muy pituco doctor Matías Sánchez Sorondo, ministro del Interior del general Uriburu. Eran las 5 de la mañana, y obviamente se había vestido para la ocasión. Incluso tenemos todavía historiadores para contar todo eso, como el corajudo Osvaldo Bayer; lástima grande que perdió talla al derivar hacia el bonafinismo en su edad avanzada, lo peor de todo sin necesidad, como dice el tango. Con perdón de la digresión.
Es comprensible que el lector añore esa época en que los anarcos eran anarcos, los fachos, fachos, los milicos, milicos, y los periodistas eran dignos cofrades de Borges. Todo se degradó y mezcló a tal punto que los fachos de Tacuara devinieron en montoneros progres, y luego los progres en funcionarios infinitamente corruptos o en piqueteros papistas. Se mire hacia donde se mire, solo encontramos imposturas.
Porque es impostura que se llame anarquistaa la hirsuta aprendiz de terrorista que actuó en Recoleta y terminó entregando al viento sus falanges y mandíbula mientras intentaba perpetuar su estupidez tomándose una selfie con su pareja. Impostura quinta esencialmente argenta es meter a 44 marinos en una máquina infernal atada con alambre y luego sobreactuar el duelo oficial cronometrado para coincidir con el primer aniversario del previsible hundimiento. Impostura es la presencia de esos disfrazados con elegantes y bien planchados uniformes que forman el entorno decorativo del presidente en sus dificultosos balbuceos sobre un tema que no es precisamente la performance de Boquita. Impostura es la cuasi-orwelliana existencia de un Ministerio de Defensa en un país completamente indefenso en lo externo y en lo interno. Impostura onerosa de la que debiera librarse de una vez por todas al agobiado contribuyente.
Permítase que rescatemos la autenticidad de los ideales y el coraje para hacerlos visibles. Permítase que, en medio de tanta abyección, lo digamos de una buena vez: Descansá en paz Severino, te perdonamos.Aunque acaso lo que debiéramos hacer seapedirle perdón por tanto lumpen que ensucia su memoria.



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