Jugando a que les preocupa el trabajo de los niños

Las redes se inundaron con la polémica por el trabajo infantil, como si fuese una exótica realidad de una provincia periférica, y no una moneda corriente incluso al interior de cada casa.



Por Javier Boher
javiboher@gmail.com

Hace ya unos días las redes sociales se empezaron a llenar de publicaciones sobre el regreso del trabajo infantil al país, de la mano del despótico Gerardo Morales, gobernador de Jujuy, el mismo que convirtió a Milagro Sala en una presa política.
Si este ser fue capaz de oponerse al sentimiento de un pueblo liberado por la representante de la sangre originaria, ¿cómo no va a ser capaz de reinstaurar algo que en Argentina fue regulado progresivamente desde hace alrededor de un siglo?
Según las palabras de los denunciantes (una agrupación de izquierda que se enorgullece de llevar criaturas a las marchas o de que adolescentes tomen escuelas) se habrían firmado algunos decretos autorizando el trabajo de menores de 16 años en plantaciones de tabaco. Todo cierra para acusar a Morales de señor feudal, aliado de las grandes empresas.
Aunque las carreras de los políticos suelen ser bastante sinuosas, en este caso la ley nacional 26.390 que regula el trabajo infantil en el país (y por la cual se elevó la edad mínima de los 14 a los 16 años) fue sancionada en base a un proyecto presentado por el actual gobernador de Jujuy cuando era senador en representación de dicha provincia.
Aunque tal antecedente no lo convierte automáticamente en defensor de los niños, ciertamente tampoco debe ser ignorado, ya que constituye el corazón de la protección laboral a los menores. Al irrumpir el tema, las alternativas que han esbozado numerosos periodistas, políticos o simples ciudadanos no parecen ser superadoras de la regulación puesta en práctica en Jujuy.
En un diálogo entre dos periodistas “serios” que recordaba a aquel sketch de Roberto Gómez Bolaños en el que pedía que lo traten de licenciado, uno de los oradores decía que estaba mal que los niños trabajen, mientras que el otro decretaba que debían “estudiar, estudiar y estudiar”. Menos mal que cuando uno es niño ya pierde la necesidad de jugar, ese lujo de preescolares que pregonan Liliana González y Enrique Orchansky.
Por supuesto que la escuela es mejor lugar que una fábrica o una plantación, siempre que la escuela sea algo más que un requisito burocrático para cobrar la asistencia social. Una escuela a la que los chicos van a comer y no a estudiar tampoco parece ser un instrumento creador de ciudadanos activos.
En los sectores menos favorecidos de la sociedad que asisten a ese tipo de escuelas, el trabajo infantil no ha desaparecido. Los que se indignan contra Morales miran para otro lado cuando dentro de los límites de esta capital hay cortaderos de ladrillos, carros tirados por caballos con chicos que ayudan a los adultos o menores que juegan al fútbol para salvar a la familia, confundiendo una presión con una simple pasión.
Tampoco alcanza con señalar esa realidad desde un lugar de superioridad socioeconómica, como si en los sectores más acomodados el trabajo no existiera. Hay chicos que asisten a colegios de doble escolaridad y cuando salen van a escuelas de deporte, de arte, de música, terapia, idiomas o lo que sea, todo porque los padres no tienen tiempo o no quieren estar con ellos.
Las obligaciones del trabajo, sin remuneración y con la excusa de que es ocio, también se quedan con los años en los que los chicos no deberían tener las mismas preocupaciones que un adulto.
Es deplorable la utilización política que se hace del intento del gobernador de empezar a regular y visibilizar situaciones que son una realidad para casi un millón de niños y adolescentes en Argentina.
El trabajo infantil no puede ser eliminado desde lo discursivo, sino desde los hechos, generando condiciones que alienten el empleo de los adultos. Encararlo sólo como un problema retórico sería lo mismo que hicieron los que se negaron a publicar estadísticas sobre trabajo infantil desde 2004, que hicieron crecer la fecundidad adolescente por encima del 20% desde 2001 o que lograron que alrededor el 40% de los alumnos deje el colegio o repita un año, con las dificultades para acceder a un trabajo de calidad una vez que llegan a ser adultos.
La hipocresía de una sociedad que cada vez deja menos tiempo a los niños para que vivan como tales quedó en evidencia en una discusión en la que ninguno de los que acusa al gobernador jujeño tiene real interés de ver lo que pasa ni siquiera en su propia casa.



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