Bailar entre los huesos de los muertos (Segunda parte)

Los caídos en la guerra del Paraguay flotaban sobre la conciencia de los y las cordobesas. ¿Era oportuno realizar un baile en medio de ese clima fúnebre y apesadumbrado? Eso estaba en discusión en 1866.



Por Víctor Ramés
cordobers@gmail.com

Danza de la Muerte, grabado de 1493.

Los ánimos estaban a flor de piel en agosto de 1866. La sociedad se escudriñaba a sí misma, todos se fijaban en los otros, querían saber cómo iba el pacto de fraternidad con los caídos en combate en la batalla de Tuyutí, favorable a la Triple Alianza, aunque con un enorme costo en vidas. A mediados de agosto, el diario Las Provincias dirigía las siguientes palabras a la comisión encargada de reunir el dinero destinado a las familias de los muertos cordobeses:
“A los Sres. De la Comisión de socorros
(…) Andan diciendo algunas malas lenguas, que la Comisión de Socorros da en géneros el socorro que la caridad pública ha acordado a las viudas y huérfanos de los que han caído al pie de la bandera de la Patria en el Paraguay.
Nosotros no creemos, ni por un momento, que semejante hecho sea cierto, conociendo el carácter y la delicadeza de los jóvenes que componen la Comisión, y por lo tanto los instamos a que se apresuren a desmentir imputación tan calumniosa.
Háganlo así, para tapar la boca a los deslenguados.”
Estaba en juego el ejemplo, individual y colectivo, un comportamiento a la altura de las graves circunstancias que afectaban -que desgarraban- la vida de numerosas familias.
La expresión de este panorama también se refleja en un párrafo de Las Provincias, días antes:
“No, es imposible que seamos capaces de dar un ejemplo que nos deshonraría y estamos seguros que nuestra indicación repercutiendo en los corazones generosos, contribuirá a que se formen en el acto comisiones que se encarguen de recoger suscripciones en favor de los deudos de los que han caído en defensa de la Patria.”
La ejemplaridad de los gestos también está presente en la temática principal de esta nota: la realización de un baile fijado para el 18 de agosto en esta capital. ¿Cómo era posible bailar, cuando un sentimiento de congoja deprimía los ánimos? La idea del baile aparecía como un gesto de cinismo, de egoísmo, de sentimiento antipatriótico. Entretanto, asistir al teatro a ver una zarzuela por la compañía Risso era admitido. Es verdad que dicha compañía también había dado funciones a beneficio. Pero eso no cambiaba el hecho de que, echada a funcionar la máquina del espectáculo en sala, se manifestasen las risas que festejaban los enredos de las comedias en escena.
Lo concreto, sin embargo, es el siguiente suelto con que insistía El Eco de Córdoba el mismo día en que se realizaría el baile:
“Bailemos!
Interpretando el sentimiento público, haciéndonos ecos de la tristeza, que oprime los corazones a ver los millares de víctimas que nos cuesta la guerra del Paraguay, hemos opinado por qué el baile del Casino, en las presentes circunstancias, es un sarcasmo. Esto no ha parecido tan racional a algunos socios.
Felices los que pueden bailar sobre muertos y en medio de las lágrimas.
Dichosos los que ríen como Demócrito ante cualquier acontecimiento.
El baile se da esta noche y los socios calorosos partidarios de él pueden ir a solazarse, aunque como el 25 de Mayo, vayamos a festejar diez mil hombres fuera de combate en Tuyutí.
Los patriotas que se baten en las trincheras paraguayas siquiera sabrán que saludamos con bailes sus espléndidas victorias.”
Aun con el tono severo -y los brazos caídos frente a lo inevitable- con que el diario católico se ensañaba con los partidarios de bailar, como si la danza tuviese lugar en el mismo cementerio, o como si riese del dolor carnal de los deudos- el mismo redactor dejaba señalado otro punto de vista para mirar los hechos. El párrafo final, aun con su ironía manifiesta, sugiere que la victoria abonada con las muertes que enlutaban a Córdoba podía ser un digno objeto de celebración. La cultura argentina -aunque en esto no está sola- se sitúa muy distante de otras formas de manifestar la muerte, con conjuros y con bailes. El triunfo de la muerte no es llevarse a todos y a todas, cosa que sabemos que inexorablemente hará; es matar también la alegría de vivir, pese a conocer el final del cuento.
Sin tanto filosofar, el diario Las Provincias ofrecía un panorama post-baile, atribuyendo la poca asistencia a cuestiones ajenas al sentimiento por los muertos del Paraguay:
“Todo cuanto se diga a este respecto, es poco.
El Sr. Colodro prepara el salón en la noche del 18 para un baile, contando que tanto socio (padre de familia) no rehusaría nada para que sus hijas se diviertan, una vez cada mes: pero nunca faltan pretextos para disfrazar de un modo toda miseria y desinterés para con sus hijas.
Eran las diez y media de la noche hora que debían estar todas en el salón disfrutando de las armonías de la música y esperando cada una a su peor es nada; sin embargo no habían sino cuatro familias: pero en cambio habían una cantidad de padres de familia en las otras piezas, pero padres que solo hacen por divertirse ellos, mientras sus pobres hijas se quedan ansiando por un momento de distracción.
A las once cuando esos padres de familia se desengañaron que era imposible el baile con tan pocas muchachas y que no podrían divertirse ellos, se preguntaban unos a otros ¿por qué
no traes a tu familia? Porque en uno de los bailes anteriores no me pasaron invitación -¿Y tú? Porque no hay gusto para divertirse, con tanta muerte en el Paraguay. -¿Y tú? Qué sé yo porqué pero sé que no viene; y mientras tanto todos ellos estaban a mosquetear y divertirse a sus anchas.
Entonces, pues, no es la falta de invitación puesto que para entonces la tenían, no son las muertes en el Paraguay, son los ocho, diez o quince pesos que tienen que aflojar por un traje de baile para sus hijas.
Las muertes en el Paraguay, no pueden decir, pues hace más de un año a que están muriendo y recién viene a causarles sentimiento, pero se proporciona una tertulia donde no tienen que gastar esos ocho, diez o quince pesos para un traje de baile, se olvidan de las muertes y llevan a sus familias a divertirse.
Estas, pues, son las verdaderas razones que han tenido y que han pretendido ocultar con ese velo de descrédito y mal gusto, pero que se trasluce a una legua de distancia.”



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