En el nombre del cambio

Una de las sorpresas de la presentación de la grilla del Cosquín Rock 2019, que se llevó a cabo la semana pasada, fue la apertura de la programación hacia nombres provenientes del ámbito del trap y el hip hop, además del retorno de la música electrónica, como imán para las nuevas generaciones.



Por J.C. Maraddón
jcmaraddon@diarioalfil.com.ar

Por primera vez en muchos años, se está produciendo un quiebre en una tendencia que se había mantenido estable durante un tiempo prolongado, en cuanto a los gustos musicales de la juventud. Desde hace rato, el rock ha sido el género que más simpatías despertaba en ese segmento de la población, más allá de que en Córdoba se da un fenómeno particular con la música de cuarteto. Pero, en general, las preferencias rockeras eran mayoritarias y en eso se basaba la propuesta de los festivales multitudinarios, que utilizaban a los nombres de las figuras rocanroleras como imán para atraer espectadores.
Este rubro del negocio del entretenimiento fue in crescendo en el país, donde desde los albores de este siglo, a medida que se producía la recuperación económica tras el colapso de 2001, diversos festivales con importantes estrellas internacionales tomaron como sede la ciudad de Buenos Aires y congregaron a miles de personas en los campos deportivos. Mientras tanto, el territorio cordobés renovaba su tradición festivalera dentro del rock nacional y privilegiaba a los artistas nativos, para armar una propuesta que encajó justo con un momento en que el género empezaba a recuperar su espacio privilegiado dentro de las preferencias del público argentino.
Tanto allá como acá, estos eventos apelaron al esponsoreo para financiar su organización y mostraron un viraje que se hizo cada vez más notorio: si bien la música se ubicaba en el foco de la atención, empezaban a abundar otro tipo de atractivos, que iban de lo gastronómico a lo circense. Y se multiplicaba la oferta artística a través de la disposición de varios escenarios simultáneos, que en algunos casos proponían shows temáticos. No faltaban, por supuesto, los espectáculos y diversiones infantiles, que fueran aclimatando a los más pequeños a un contexto en el que pronto pasarían a ser una audiencia activa.
Todo este paquete funcionaba gracias a la premisa de que la familia completa, desde el abuelo hasta el nieto, tenía a los artistas de rock como sus favoritos, y por eso chicos y grandes podían convivir frente al escenario. Y siempre estaba la posibilidad de cambiar de escenario para encontrarse con algún número que fuera capaz de satisfacer los gustos de cada cual. Esta situación resultaba ideal para reunir en el mismo sitio a diversos segmentos de la sociedad y, una vez que estuvieran todos juntos, someterlos a la pertinente acción publicitaria de promotoras, stands y cartelería.
Pero todo indica que esa función unificadora que cumplía el rock ya no está vigente, porque el género ha sufrido una evidente depreciación, a raíz de –entre otros factores- una permanente apelación a lo retro que ha terminado fosilizando su capacidad de renovación. Al mismo tiempo, otros estilos mucho más dinámicos han ido ganando terreno y han conquistado el corazón de las nuevas generaciones, que en un porcentaje para nada despreciable comienzan a mirar al rock como un sonido pasado de moda, con el consiguiente trastorno que ocasiona esto a los organizadores de los festivales, que antes lo tenían todo resuelto.
Una de las sorpresas de la presentación de la grilla del Cosquín Rock 2019, que se llevó a cabo la semana pasada, fue la apertura de la grilla hacia nombres provenientes del ámbito del trap y el hip hop, además del retorno de la música electrónica, que supo ocupar su propio escenario en el predio de San Roque y que ahora desembarca en Santa María. Habrá que ver si estos cambios surten el efecto buscado, para que la cita veraniega en las sierras pueda prolongar su vigencia, más allá de que desde hace mucho no se ambienta en Cosquín y que deba resignar parte de su sonoridad rockera.



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