Reciprocidad a medias de Nación con Provincia

Uno de los gobernadores peronistas que ha mostrado mayor vocación por asistirá Macri es Juan Schiaretti. Cada vez que la Casa Rosada requirió de sus oficios, el cordobés estuvo listo para el auxilio, aunque siempre bajo el paraguas de la gobernabilidad. Desde 2001, este es un valor sagrado para la clase política argentina.

Por Pablo Esteban Dávila

Debe convenirse que Mauricio Macri es un presidente que no oculta nada. Sus estrategias son tan claras, tan explícitas, que quienes adhieren a la pasión por el conciliábulo se preguntan si detrás de tanta simpleza, no existe acaso un doblez maquiavélico madurando la oportunidad de manifestarse.
Es casi seguro que no es así. Jaime Durán Barba lo dijo en una columna de opinión publicada en Perfil el pasado domingo: “los líderes modernos son más horizontales, son capaces de pensar, innovar, equivocarse, mejorar, mantienen una comunicación centrada en los intereses de la gente, como ha ocurrido en Estados Unidos con Donald Trump, en Argentina con Mauricio Macri, en Brasil con Jair Bolsonaro. Contacto directo con los electores, sencillez”. El presidente es el primer duranbarbista de la Argentina y no acostumbra a desautorizar a su asesor estrella. Si el ecuatoriano dice que Macri es directo, pues lo seguirá siendo.
La sinceridad presidencial tiene, cada tanto, oportunidades de manifestarse en todo su esplendor. El presupuesto nacional es una de ellas. Ya desde julio, cuando la crisis financiera arreciaba, Macri anunció que el presupuesto sería la expresión del ajuste y que los gobernadores deberían involucrarse en su diseño. Sugirió además que sería su programa de gobierno en 2019, un año crucial para sus ambiciones políticas. Ningún otro presidente, desde 1983, había expuesto con tanta franqueza sus planes, ni confiado tan abiertamente su suerte electoral a una camarilla de opositores.
Esta inicial desdramatización presupuestaria se verificó posteriormente a través de negociaciones que tampoco ocultaron gran cosa. Los operadores de la Casa Rosada -básicamente el presidente de Diputados Emilio Monzó y el ministro del Interior Rogelio Frigerio- se reunieron con los legisladores que les responden a los mandatarios provinciales y fueron acordando recursos, quitas y obras públicas. Aunque muchos patalearon, al final primó la sensatez y la ley salió de la Cámara Baja rumbo al Senado. Una verdadera muestra de responsabilidad institucional.
Podría especularse sobre lo que haría efectivamente el presidente si tuviera las mayorías de las que gozó el kirchnerismo, pero sería un razonamiento contrafáctico, ajeno a este análisis. Lo real, lo concreto, es que la debilidad parlamentaria de la que padece fuerza al gobierno a asumir su estado de necesidad y confesar públicamente que requiere de ayuda política. Hasta ahora no se le ha negado, lo cual es una buena noticia y pese a que, en numerosas ocasiones, sus propios errores no forzados han sido más letales que los opositores más cerriles.
Uno de los gobernadores peronistas que ha mostrado mayor vocación por asistirlo es Juan Schiaretti. Cada vez que la Casa Rosada requirió de sus oficios, el cordobés estuvo listo para el auxilio, aunque siempre bajo el paraguas de la gobernabilidad. Desde 2001, este es un valor sagrado para la clase política argentina. No es un buen negocio para nadie que un gobierno caiga culpa de una crisis que podría haber sido conjurada a tiempo, menos aún para quienes desean sucederlo. Los platos rotos de la huida de Fernando de la Rúa todavía están siendo pagados.
La disposición de Schiaretti se explica, en buena proporción, por el hecho de encontrarse en una posición de relativa comodidad, tanto económica como política. En los últimos años, la Nación ha asumido múltiples compromisos con la provincia que, en términos prácticos, significa la aquiescencia presidencial a consolidar el poder del gobernador por sobre las ambiciones locales de Cambiemos. Además, la holgada mayoría de Unión por Córdoba en la Unicameral le garantizan una gestión sin grandes sobresaltos.
No obstante, Schiaretti es consciente que los acuerdos son preferibles a los altercados, más allá de la prevalencia parlamentaria que ostenta. Por esta razón, y en relación con su propia agenda de temas sensibles, no ha dudado en exigir reciprocidad a la Casa Rosada en lo que a sosténlegislativo respecta. Se recuerdan, especialmente, dos ocasiones recientes: la autorizaciónpara tomar deuda por hasta 500 millones de dólares y la aprobación del pacto fiscal con los municipios de la provincia. En ambos casos, el mensaje presidencial hacia los suyos fue inequívoco: “apoyen”. Y seguirá instruyéndolos en igual sentido cuando desde el Panal así se lo solicite.
Pero, de momento, el cumplimiento de esta instrucción ha sido desparejo. Generalmente el PRO acata sin chistar, la UCR lo hace a medias y el Frente Cívico hace lo que quiere. Esta es la dinámica de la coalición cuando se trata de acompañar proyectos oficialistas. Cambiemos se siente incómodo cuando debe asumir el rol que, con naturalidad, imposta Schiaretti toda vez que puede en la escena nacional. Es como si existiera un prurito por proclamar la ayuda que se le brinda al gobernador y tratar de sacar una tajada política de tal colaboración.
Sucede lo mismo con el presupuesto provincial, que tiene una realidad diferente al nacional. Schiaretti quisiera que, en general, fuera aprobado por amplia mayoría. Pero el radicalismo duda, porque considera que, al dudar, existe. En este punto, el cartesiano es Mario Negri, uno de los anotados para la carrera por la gobernación. Negri cree que debe diferenciarse del gobernador en cualquier asunto que tenga la simiente de la controversia. Liberado de los limitantes de la gestión ejecutiva, su perspectiva es la de un parlamentario que sabe que sus chances de acrecentar su capital político se nutren gracias a la confrontación, especialmente cuando se trata de recursos, endeudamiento u obras públicas, el tipo de cuestiones que se ventilan en estos debates.
Negri no está equivocado, al menos desde la realpolitik. Para reemplazar al que tiene el poder, debe generarse la sensación de que quien lo reclama tiene la voluntad de triunfar pese a encontrarse en la oposición. Esto supone sobreactuar rabietas y enfatizar las diferencias por sobre las coincidencias. Es uno de los juegos posibles de la democracia y nadie debería asustarse por eso. El radical lo sabe.
Sin embargo, su actitud supone un riesgo estético antes que político. No es un buen mensaje del “cambio” que Negri borre con el codo en su provincia lo que escribe con la mano en Buenos Aires. Lo que en el Congreso reclama como un testimonio de responsabilidad, en la Legislatura lo niega bajo el argumento de la conveniencia. La inconsistencia puede que sea lícita en términos políticos, pero no por ello deja de ser incoherente. Es una debilidad que podría ser utilizada en su contra en el fragor de una campaña electoral. Y que pagaría buenos dividendos a quien decidiera enrostrársela.



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