Que no vuelen los gremios

Otro paro de Aerolíneas y otro frente abierto contra el sindicalismo, que se sigue rearmando por cierta falta de determinación del gobierno para resolver el problema.



Por Javier Boher
javiboher@gmail.com

gremiosOtra vez más los usuarios pagando el pato. Tal como estamos acostumbrados en nuestro país, una nueva medida de fuerza sorpresiva por parte de un grupo de trabajadores de Aerolíneas dejó varadas a más de 30.000 personas que no pudieron cumplir con sus obligaciones laborales, con sus viajes de placer o con sus visitas a familia o amigos.
Ya es una conducta recurrente esta de perjudicar al mayor número de personas para lograr ser escuchados, en una actitud de compadrito que impone sus reglas a los que tienen poco por hacer para detenerlos.
No es algo excluyente de los empleados de Aerolíneas, aunque sí es real que el Secretario General del sindicato que los nuclea, Pablo Biró, ha empezado a sentir que la política del gobierno nacional pone en riesgo su reinado sobre los cielos patrios. Es que el hombre, muy ligado al kirchnerismo, amasó gran parte de su poder durante los años del desmanejo post reestatización.
El proceso de regularización por el que la línea de bandera demanda cada vez menos apoyo estatal (aunque no haya logrado eliminarlo) empieza a limitar el margen de maniobra de aquellos que se creyeron dueños de la empresa. Operando como funcionario de facto, Biró supo hacerse con un poder similar al de Mariano Recalde, el ex presiente de la aerolínea al que le hacían creer que le estaba haciendo un servicio a la patria.
La decisión del gobierno de Macri de abrir los cielos de la Argentina, acercando a más personas la posibilidad de acortar tiempos y reducir costos para recorrer el país, se encontró con la férrea oposición de quien no quería perder su quintita, su espacio de poder sobre miles de argentinos que necesitan sus servicios a diario.
A Biró le debemos aquellas afirmaciones de que las low cost venían a lavar dinero, o que los aviones se iban a caer por falta de mantenimiento, sembrando una paranoia que conspiró contra el establecimiento de un nuevo modelo de negocios que ponía en peligro la hegemonía de la aerolínea de bandera (y la de su sindicalista mas poderoso).
La pregunta que resta hacerse sobre este tipo de acciones es por qué el gobierno lo sigue permitiendo. Si bien la primera designada para regularizar la empresa, Isella Constantini, fue rápidamente desplazada por sus concesiones a Biró y sus secuaces, parece faltar la decisión política de ponerle un punto final a las regulares extorsiones de los dueños del aire.
Aunque la relación con los gremios está en un momento delicado, las concesiones que hace regularmente el gobierno contribuyen a otorgarles más protagonismo. A los logros que inicialmente supo conseguir el hoy secretario Triaca ya no se los puede ver, lo que quizás haya generado las condiciones para que se hable de su pronta salida para ubicar a un hombre de la confianza de Sica, Ministro de Producción desde hace sólo dos meses.
Las medidas de fuerza como las llevadas adelante en el día de ayer son defendidas por los nostálgicos como si se tratara de las luchas obreras de inicios del siglo XX, cuando la realidad indica que el contexto es radicalmente distinto. El perjuicio socioeconómico que se le genera al conjunto del país queda absolutamente fuera de la imagen para estas organizaciones que basan gran parte de su reclamo en el egoísmo y la ambición.
Esto no significa menospreciar las demandas de los trabajadores, que colectivamente pueden mejorar su situación económica o las condiciones de trabajo, pero pretenden defenderse o emocionar con el elemento de la solidaridad que piden a los otros para con su causa, pero que le niegan por completo a los que no tienen el privilegio y la estabilidad del empleado público.
La actitud de los sindicalistas, que es permitida, sostenida o respaldada económicamente por el gobierno es lo que tiene más cansada a la gente, multiplicando un enojo que ya existía de antemano y que el macrismo había sabido canalizar contra Cristina. La inacción gubernamental puede redirigir el descontento hacia el presidente.
Si el gobierno no logra pararse con más fuerza frente a los gremios, los reclamos de su electorado se empezarán a hacer sentir. Para evitarlo, hay que empezar a acorralar a los sindicatos para recortar su poder y evitar que sigan tomando vuelo.



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