Oscuro encanto burgués de curas y fieles (Segunda Parte)

El semanario La Carcajada prestaba atención a lo que veía en su tiempo y en Córdoba en 1871, y que definía usos y costumbres de interacción entre los representantes de la Iglesia y su grey.



Por Víctor Ramés
cordobers@gmal.com

“La Confesión”, pintura de Giuseppe Molteni. 1838.

La Carcajada tomaba nota de los discursos, las acciones y los hechos cotidianos que exteriorizaban la predominancia católica en Córdoba. Había, por un lado, una guerra no tan silenciosa contra la prensa anticlerical, o masónica, o sencillamente liberal, cuando ésta ponía en duda el poder de la iglesia sobre cuerpos y almas del pueblo. Había también una conciencia de las costumbres próximas, prácticas propias de catolicismo local, que se podían veren los templos, fuera del foco principal de la misa, y de ello tomaba nota el periódico jocoserio. Existía, además, una idea maliciosa de las costumbres del clero, como la que planteaba este verso citado por La Carcajada:
“¿Creeis que por contrición
O por vivir cristianamente,
Va la bella Concepción
A confesar diariamente
Con el Padre Fray Tadeo?
No lo creo.”
Para ejemplificarel discurso católico contra la prensa, el periódico de Armengol Tecera se hacía eco de un relato que probablemente habría obtenido a través de una infidencia:
“En una reunión católica en que se trataba de arreglar cierta cuestión pendiente entre una cofradía y una comunidad, un señor muy conocido por sus ideas ULTRA CATÓLICAS decía:
«–Es necesario arreglar pacíficamente el asunto, señores porque deben saber vds. Que hay dos periódicos que pretenden quemar los hábitos de los frailes.»
¡Si tendrán cola de «paja» los santos padres!
Traslado al Cascabel.”
El Cascabel era una publicación de aquellos días de 1871, de breve aparición y también satírico y liberal. En lo que respecta a las interacciones entre fieles y curas, allí donde ocurría la microconstrucción del poder social de la iglesia, existía la práctica de agasajar al confesor, sobre todo por las damas cordobesas, como si ello les aliviase alguna penitencia, o la cercanía con el sacerdote las acercase más a la vida piadosa. Sobre esto hace observaciones La Carcajada, en esta nota que cierra este pasaje por la trastienda de la religión oficial, en el día a día cordobés:
“No estaríamos de acuerdo con nuestro programa, si no hiciéramos conocer y nos ocupáramos de ciertas cosas que quizás pasan inapercibidas, y que a fuer de pasarlo así, marchan imperturbables por la senda ridícula y extraviada que ellas mismas se han trazado.
Nos referimos a ciertas escenas que pasan en la portería de los conventos y que en unos de estos últimos días hemos tenido ocasión de presenciar.
Muy a menudo se ve en la portería de aquellas sirvientas que llevan cuando no lujosos y perfumados presentes, por lo menos ricos y suculentos manjares, capaces de hacer reventar la hiel al mismo don Braulio Piñero.
Esto creemos que lo saben todos.
Lo que nos ha llamado más la atención y que es la causa principal que ha motivado estas líneas, son los recados con que son dejados aquellos.
Atención caballeros, que aquí recién entra lo bueno.
Llega una de esas sirvientas [de convento] a la portería, después de haber hecho mil estaciones y alaraca con el presente que lleva y toca la campanilla.
Sale el portero que generalmente es un lego (para recibir presentes) y dice:
–¿Qué se le ofrece hermanita?
–¿El padre Cáustico está?
–Está confesando, querida hermanita.}
–¿Y a qué hora se levantará del confesionario?
–Quién sabe a qué hora se levantará, pero si es alguna cosa de apuro para lo que Vd. lo precisa, puedo hablárselo.
–No; es para entregarle una bandeja únicamente.
–¡Ah! entonces es cosa de mucho apuro.
Voy a hablarlo en este momento.
–No, no vaya.
–Deje estar nomás hermanita, que yo sé lo que hago– y diciendo esto se fue a ver al padre Cáustico.
–En esto estábamos, cuando oímos que la puerta se abrió. Era el reverendo que salía.
–¡Hola Francisca, vos por aquí! ¿Y qué andas diciendo?
–De parte de mi señorita Juana, que tenga Su Reverencia muy buenos días, que se alegra se encuentre sin novedad, y que aquí le manda esta cortedad para que la tome a su nombre, y que le haga la gracia de decirle si mañana se va a sentar en el confesionario.
–Dile a Juanita que para qué se ha puesto en este trabajo. Que me mande decir a qué horas quiere que me siente mañana; aunque dejá nomás, yo he de ir más luego para allá.
–Está bien. Adiós.
–Espera un momento.
El padre se entra con la «cortedad» que le había mandado su confesada y luego sale con un ramo de flores y le dice a la sirvienta.
–Toma, llévale este ramito a Juanita, y dile que bajo de este sobre van unos escapularios.
–Muy bien su Reverencia. Adiós.
–Adiós, hijita.
La publicación suma otra escena “de costumbres”, relacionada al papel delos confesores:
“(…)Una noche se nos ocurrió ir de visita (porque es necesario saber que nunca íbamos de noche sino de día) y al llegar a la casa oímos una conversación muy acalorada y nos detuvimos en la ventana a escuchar. Era nuestra pretendida con una amiga que había ido de visita:
–¿Y cómo te va con tu crespo? – le decía la una a la otra.
–Muy bien Merceditas, tú sabes que tengo más que motivos para decir esto.
–Es verdad: pero como me había dicho el padre fulano que vos andabas por mudar de domicilio, es que te pregunto.
–Eso no. ¿Por dónde voy a cambiar? ¿Crees vos que pueda haber otro que sea mejor que él? Míralo en el púlpito, en el altar, cantando, y siempre lo hallareis con gracia. ¡Oh, mi negro es hermoso!
–Te equivocas; el mío sí que es hermoso y elegante. Lo único que me tiene acongojada es lo que dentro de muy poco debe irse.
–Me alegro; ahora vas a quedar «tuco toma pan».
–No, che; si antes de irse me va a dejar recomendada a uno de piquito. Al efecto estoy bordando esta alva para quedar bien con él.
–¿Y al que se va no le has preparado nada para el viaje?
–Por supuesto que sí. Ya he mandado hacer los biscochos y colaciones para llenarle bien las petacas. ¿Crees que yo soy como la Petrona que jamás queda bien con su confesor?
Hasta aquí nomás oímos el diálogo, y nos retiramos jurando no volver mas a la casa, y pensando de la manera como podríamos hacernos confesores.
Está visto, no hay una profesión mejor que la de ser confesor, y de niñas.
Con ella tiene que tenerse siempre la petaca llena y el estómago repleto.
Con razón todos los días hay nuevos frailes.”



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