El extraño caso Llaryora

Dueño de un discurso mesurado y un notable sentido del equilibrio, Llaryora aparece como uno de los sucesores naturales del actual liderazgo justicialista.



Por Pablo Esteban Dávila

Pese a integrar una suerte de camada de relevo en el peronismo de Córdoba, Martín Llaryora es un político de corte tradicional. Militó siempre en su partido, participó de elecciones internas, tuvo jugadas audaces y supo pactar cuando le convino. Ocupó lugares con esfuerzo, siguiendo el cursushonorum que dicta la sana política. Dos veces intendente de San Francisco, vicegobernador de Juan Schiaretti en su segundo mandato y, desde diciembre del año pasado, diputado nacional. Considerando que acaba de cumplir 46 años, podría decirse que lo suyo recién comienza.
Su trayectoria no puede, allende estos logros, ser tildada de singular. Es un hombre joven que supo ganarse su espacio dentro de ancestrales reglas de juego. Su imagen y sus logros están en las antípodas de, por ejemplo, el modelo que encarna Héctor “la Coneja” Baldassi.Dueño de un discurso mesurado y un notable sentido del equilibrio entre la praxis y las ideas, Llaryora aparece como uno de los sucesores naturales del actual liderazgo justicialista, pero sin la vocación de acelerar sus tiempos ni de reclamar la perentoria jubilación de nadie.
No es, por lo tanto, un dirigente disruptivo, ni entraña ninguna promesa en este sentido. Podría ser considerado un masón del poder, un constructor, que entiende que el techo no puede ser instalado antes que las paredes. Quien lo vota (o quien lo haya hecho) conoce estas características personales, muy lejos de cualquier promesa de la Sierra Maestra.
¿Es esto lo que valora el electorado de la ciudad de Córdoba? Las encuestas parecen señalarlo. Llaryora es el candidato del peronismo que mejor mide y, en un municipio cuyo intendente no tiene un claro sucesor, es uno de los que mejor están parados en la grilla de largada para la conquista del palacio 6 de Julio.
Ya puede hablarse de un caso extraño, sin esperar que ninguna elección lo certifique. Llaryora fue intendente de San Francisco, una importante ciudad situada a más de doscientos kilómetros de la capital. Sus obras y realizaciones no son aquí conocidas -tal como podría ser el caso de algún intendente prestigioso del Gran Córdoba-por lo que no podría derivarse fama por sus dotes ejecutivas. Esta constatación lo aleja del precedente de Luis Brower de Koning, quien fuera intendente de Villa Ascasubi primero y de Río Tercero después. Ambas localidades, amén de sus diferentes tamaños, tienen casi una proximidad de vecindario. Brower de Koning era ya conocido como intendente cuando, en 2003, derrotó al peronista Carlos Rojo en su ciudad adoptiva.
Llaryora, obviamente, tampoco es un vecino arraigado en la capital. A diferencia de Ramón Bautista Mestre (sanjuanino) y de Germán Kammerath (riojano) él estudió en Córdoba, pero regresó a sus pagos para seguir allí su carrera política. Su patente de vecino es reciente, y tuvo más de necesidad que de convicción: para ser un dirigente provincial se requiere, casi ineludiblemente, residir en la Docta.
También es sugestivo que sea el favorito dentro del peronismo oficial. En un partido cuyos gobernadores provinieron de la ciudad de Córdoba, no deja de ser curioso que un hombre del interior sea el apuntado para competir por el municipio. Es posible que a Olga Riutort, empeñada en retornar al redil tras la muerte de De la Sota, no le guste mucho este inesperado adversario, pero es imposible ignorar lo que marcan las encuestas.
Para Juan Schiaretti tal vez sea una oportunidad dorada para alzarse con el doble triunfo de la provincia y la ciudad. Después del divorcio entre Kammerath y De la Sota en 2001, nunca el peronismo estuvo cerca de regresar al municipio. No obstante, ahora existen razones objetivas que alimentan esta expectativa. El gobernador está a un tris de terminar obras emblemáticas para la capital, algo que contrasta con la orfandad de realizaciones de la administración local. Sólo le falta un candidato que transmita su mismo imaginario, una última milla política de su colosal despliegue de hormigón. Llaryora calza adecuadamente en este propósito.
La apuesta es arriesgada, a juzgar por la suerte corrida por todos los intendentes desde Rubén Américo Martí en adelante.El municipio sólo promete sangre, sudor y lágrimas para su titular. Hace ya dos décadas que ha dejado de ser la factoría de gobernadores que supo ser de antaño y todavía tiene, en tanto organización, muchos desvíos que corregir. No parece una empresa sencilla, ni siquiera para alguien ambicioso.
Probablemente allí esté el encanto del caso. Llaryora puede que tenga por delante una oportunidad riesgosa, pero con perspectivas más que favorables si los planetas se alinean convenientemente. No hace falta demasiado para que esto se verifique. Si Schiaretti logra su reelección y él es ungido intendente, puede que las penurias financieras del municipio se terminen de la mano de una ayuda decidida y sin condiciones de parte del Centro Cívico. Además, y dado que el gobernador ya no podría aspirar a otro período, en cuatro años estaría en condiciones de reclamar su turno para hacerse del poder provincial. Lejos de mirar el proyecto con suspicacia, Schiaretti se prestaría decididamente a su concreción. Por ahora, Llaryora es la mejor carta a mano para que el ciclo de Unión por Córdoba se mantenga luego de 2023.
El oficialismo municipal también podría jugarle a favor. Mestre no deja un favorito, al menos por ahora. El líder de la principal bancada opositora, Tomás Méndez, no parece seducir a muchos más electores de los que lo acompañaron en 2015, esto es, un 22% de las voluntades. No le alcanza. Además, si lo que señalan las encuestas es cierto, la súbita popularidad del sanfrancisqueño podría deberse al deseo de contar con alguien que administre la ciudad con mayor eficiencia y menos estridencia, bien lejos de cualquier candidatura experimental, a la usanza de Luis Juez.
Falta que el interesado acepte. Por ahora, dice que su objetivo es la gobernación, pero, como buen político, es capaz de negar en público lo que añora en privado. De seguro está calculando sus chances y rumiando el hecho, tantas veces comprobado, de que una banca en Diputados ofrece unos pocos momentos de fama a cambio de muchos meses de ostracismo. Sólo Mario Negri, jefe de la bancada oficialista, puede soñar con el salto al ejecutivo desde una banca; no es la misma situación que Llaryora, proyectado prematuramente a la arena nacional y enfrentado a una inesperada popularidad entre vecinos que no conoce.



1 Comentario

  1. jajajajajajajajajajajajaj encuestas truchas no hay discurso q hable especificamente sobre la ciudad de cordoba..para la gente es un perfecto desconocido..no se sabe q piensa sobre el transporte..sobre la basura..sobre el deficit habitacional sobre las cloacas…nunca abrio la boca…dificil q la gente poye sin saber lo q hara….jajajajajajajajael siganme ya no corre mas… nota muy trucha para hcer lobbby sobre su candidatura

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