La alianza menos pensada

Hace diez años, en 2008, el matrimonio entre el rock y la música electrónica estaba pasando por su mejor momento. Y justo ahí tuvo el buen tino de salir a luz un dúo británico de nombre cacofónico, The Ting Tings, que acaba de sacar su cuarto disco, en un contexto que nada tiene que ver con aquel.



Por J.C. Maraddón
jcmaraddon@diarioalfil.com.ar

Hace poco menos de dos décadas, el nuevo siglo empezó envuelto en un panorama musical que señalaba dos tendencias musicales muy pronunciadas tanto en Estados Unidos como en Europa. Por una parte, la movida electrónica que se encontraba en su apogeo y que auspiciaba la presencia masiva de los DJs como las nuevas estrellas del pop contemporáneo. Y por otro lado, el nostálgico riff de las guitarras del retro rock, que recuperaba aquel viejo sonido de garaje de los años sesenta para refritarlo y presentárselo servido en bandeja a las nuevas generaciones que todavía no habían experimentado en directo la energía del rocanrol.
Eran dos focos creativos en apariencia irreconciliables. Uno tenía su eje en los nuevos dispositivos sonoros que permitían realizar prodigios sin la necesidad de que suene ningún instrumento tradicional. Y el otro se anclaba en la adrenalina de lo analógico y de aquel espíritu valvular que había conquistado el corazón de los jóvenes en otros tiempos, y que parecía no haber perdido su encanto, aunque ahora se lo apreciase desde una perspectiva vintage. Los primeros se ambientaban en las discotecas y en las fiestas multitudinarias, mientras los segundos preferían refugiarse en el viejo ritual de los conciertos en vivo.
Sin embargo, no llevó demasiado tiempo comprobar que, muchas veces, estas dos propuestas compartían el mismo público. Porque, a diferencia de lo ocurrido en el siglo veinte, cuando los favoritismos de los fans eran excluyentes, las audiencias del tercer milenio se mostraban capaces de asimilar diferentes estilos con igual placer, por muy distantes que parecieran en una primera escucha. De hecho, en algunos festivales se daba el caso de que compartían cartel los deejays con las bandas de rock, lo que resultaba toda una novedad. Sólo faltaba que esa afinidad se trasladara a las composiciones y grabaciones para que se concretara la alianza menos pensada.
De a poco, comenzaron entonces a florecer proyectos rockeros con base electrónica y embates electro que incorporaban yeites del rocanrol. Algunos disc jockeys se atrevían a a remixar los hits del retro rock para dotarlos de un ritmo bailable. Y ciertas formaciones que privilegiaban las guitarras, no desdeñaban la posibilidad de disponer elementos de la electrónica en sus temas, como un guiño para las hordas discotequeras que sabían apreciar este tipo de gestos. Los extremos a los que tan alejados se veía, comenzaban así a acercarse cada vez más.
Hace diez años, en 2008, el matrimonio entre ambos géneros estaba pasando por su mejor momento. Y justo ahí tuvo el buen tino de salir a luz un dúo británico de nombre cacofónico, The Ting Tings, que estaba destinado a consumar una de las más logradas síntesis entre la indomable potencia del rock y el contagioso impulso de la electrónica. Hits como “Great DJ”, “That’s Not My Name” y “Shut Up and Let Me Go” fueron recibidos con grandes elogios en todo el mundo y, por añadidura, también atronaron los recintos donde los danzarines sacudían su osamenta.
Una década más tarde, The Ting Tings pone a disposición de sus seguidores un cuarto álbum, aunque hasta ahora no hubo forma de repetir el éxito de aquel glorioso debut. Probablemente, las condiciones externas tampoco son las mejores para su estilo. El panorama actual, seducido por la música latina y por los derivados del hip hop, no es el más favorable para un emprendimiento sonoro tan propio de aquellos años en que no se conocían ni el trap ni “Despacito”. Y así como en 2008 las canciones de Ting Tings resultaban oportunas, hoy ni siquiera encuentran cobijo en el encanto de lo vintage.



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