Los representantes que nadie elige

El acuerdo alcanzado por el gobierno, los empresarios y los gremios deja en evidencia la distancia entre las necesidades de los afectados y las urgencias de las cúpulas, así como la falta de rendición de cuentas.



Por Javier Boher
javiboher@gmail.com

Ayer se conoció la noticia de que el gobierno, los empresarios y la CGT negociaron un bono de fin de año por un valor de $5000 a pagar en dos cuotas. El objetivo del primero era frenar un paro que la CGT nunca quiso hacer, pero al que se vio empujada por la presión de Hugo Moyano.
La resolución de la negociación es al menos curiosa, ya que solamente el gobierno ha sido elegido para negociar en representación de un colectivo, o al menos para hacer las veces de árbitro en el conflicto entre empresarios y trabajadores. El resto, nada. El tema está en la representación, en la legitimidad de las partes que se sentaron a acordar un bono que se pagaría mitad en noviembre y mitad en enero, y con escaso impacto genuino en las finanzas de trabajadores que han visto cómo sus ingresos se redujeron en términos reales tras la brusca devaluación de este año.
La forma en la que se negoció el acuerdo sigue anclada en los tiempos en los que el corporativismo era la forma elegida para zanjar disputas, cuando el verticalismo y la rigidez de dicho esquema permitía que un puñado de personas negociara en una mesa el destino de otras miles.
Hoy ya no funciona tan así, aunque sí es cierto que sirve como excusa para justificar acciones políticas que ayudan para descomprimir la situación en la que el gobierno trata de hacer equilibrio. ¿Qué empresarios son los que están en condiciones de negociar un bono cuando la presión tributaria sigue en alza y con ventas que se desploman? ¿Acaso los pequeños y medianos empresarios pueden hacerle frente a una obligación así?.
En Argentina hay más de 130 cámaras empresariales, todas con realidades bien distintas. ¿Acaso existe la remota posibilidad de que el acuerdo con un puñado de ellas deje conformes a todos? Ciertamente no.
Por el lado de los trabajadores es más o menos lo mismo. Las cúpulas dirigentes tienen años o décadas al frente de cada gremio, heredando o transfiriendo las responsabilidades como si fuesen emprendimientos familiares. Los trabajadores están lejos de la toma de decisiones, y aunque la oposición interna sea cada vez mayor, a todos les queda más cómodo negociar con los que manejan el aparato.
Con una caída del salario real que registró más del 5% en los primeros seis meses del año, y un estimado de más de 10% para todo 2018, difícilmente los trabajadores estén muy a gusto comprando menos milanesas cada vez que van a la carnicería o cambiando el auto por el colectivo, o el colectivo por la bici. ¡Pero la CGT negoció un bono!
Los mecanismos de la política tradicional ya no pueden seguirle el ritmo a las demandas de la sociedad, y si bien es cierto que agregan una variable de tiempo para frenar los intempestivos reclamos populares que pueden hacer volar todo por los aires, también excluyen a las mayorías de los procesos de toma de decisiones que luego los afectarán.
La limitada capacidad de rendición de cuentas de los representantes de cada sector pone a los gobiernos en una situación de desigualdad o debilidad, ya que son los únicos que de alguna manera deben someterse a examen cada cierto tiempo. El resto, los que deben defender a sus representados con más fuerza, se mantienen lejos del control de los afectados.
Tras lo que se conoció a fines de la semana pasada de que el gobierno decidió remover a los sindicalistas de la Ley de Ética Pública, eximiéndolos de la obligación de presentar sus declaraciones juradas, esa posibilidad de someterlos a control parece más lejana.
La aceptación de este bono por parte de la CGT suena como una excusa para devolver gentilezas por la decisión del ala macrista de Cambiemos, que entiende que el fin de año está muy cerca como para trenzarse en lucha con “Los Gordos”.
La representación exhibe nuevamente sus límites, con los afectados cargando sobre sus hombros las decisiones que otros toman en su nombre. Mientras no exista una verdadera rendición de cuentas, difícilmente estos acuerdos satisfagan por completo a los representados, allanando el camino para los políticos antisistema que aparecen y se llevan puesto todo.



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