Colosos en pugna

El mes pasado, la plataforma SoundCloud lanzó su sistema Premiere, por el que se compromete a compartir con quienes suban material, las ganancias que se obtengan a partir de la difusión de su música en el océano de la web. La iniciativa actualizó el debate sobre los derechos de los artistas a cobrar por sus obras.



Por J.C. Maraddón
jcmaraddon@diarioalfil.com.ar

En su afán de monopolizar el mercado del consumo de música (y de otros productos en formato de audio), Spotify no ha tenido problema en pisar todos los callos que fuese necesario, sobre todo de las estructuras de la industria discográfica que habían regido durante décadas. Pero ahora, una vez logrado ese objetivo, las siguientes batallas que se le plantean tienen que ver con sus eventuales competidores dentro del segmento del streaming, que comienzan a ensayar maniobras tendientes a desbancar al gigante sueco o, por lo menos, a quedarse aunque más no sea con una porción de la enorme torta global.
Producto de esa colisión de intereses, se verificó una escaramuza en las últimas semanas que ha tenido eco en el ámbito de la música independiente, pero cuyas esquirlas pueden dejar heridas fuera de ese gueto. Todo ocurrió cuando Spotify facilitó los mecanismos que permiten subir contenidos a su plataforma, para que no sea imprescindible recurrir a intermediarios que, con sus comisiones y aprietes, funcionaban casi como lo hacían los antiguos sellos. Esto dio pie a que los artistas puedan realizar esta operación por sus propios medios, ya se trate de figuras de renombre internacional o de novatos a los que nadie conoce.
La firma SoundCloud, que desde hace tiempo brinda asilo virtual a cualquier tipo de archivo de audio, sintió esto como una afrenta. Y realmente lo es, porque difícilmente alguien se contente con ofrecer su obra en esta plataforma, si ahora puede hacerlo sin casi ningún esfuerzo en la vidriera universal de Spotify. El mes pasado, SoundCloud dio a conocer su respuesta a este embate: lanzó su sistema Premiere, por el que se compromete a compartir con sus usuarios las ganancias que se obtengan a partir de la difusión de su música en el océano de la web.
En un principio, se tomó a esta propuesta como una razonable estrategia de SoundCloud para retener el vastísimo segmento de los músicos independientes, que encontraban allí la oportunidad de exponer su material a la consideración pública. La mera posibilidad de que, además, su producción pudiera generarles una remota ganancia, sonaba tentador para esos artistas que están acostumbrados a pagar un derecho de piso detrás de otro, en su constante búsqueda por alcanzar el éxito. Todo parecía correcto: como fruto de la competencia entre un coloso de Internet y su retador, los siemprte sufridos usuarios conseguían obtener una aparente ventaja.
Hace pocos días, un artículo publicado en la revista The Verge puso en duda la generosidad de SoundCloud y reveló detalles escondidos en las condiciones del acuerdo que la compañía les obligaba a aceptar a quienes querían suscribirse a la versión Premiere. Entre otras cosas, la empresa se arrogaba el derecho de cambiar las reglas cuando le viniera en gana, incluyendo como uno los ítems modificables la cuestión referido a los porcentajes de pago a los músicos por las obras que tengan subidas a la plataforma. Al ser aclarados estos puntos oscuros, la trama oculta salió a luz y se armó el escándalo.
Ahora, SoundCloud se vio obligada a responder a la denuncia y accedió a modificar los términos del acuerdo, para que los derechos adquiridos por los artistas no corran el riesgo de ser alterados de un día para el otro. Pero lo que toda esta polémica refleja es la dificultad que presenta el proceso de adaptar un andamiaje legal que viene del siglo veinte, a un nuevo escenario en el que muchos de los actores de aquella vieja industria discográfica han desaparecido. Y en su reemplazo han emergido gigantes que no dudan en abusar de su fuerza para imponer su criterio.



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