Macri, entre la peluquería y lo previsible

Las conversaciones con Juan Schiaretti fueron privadas y sin testigos, por lo que sólo cabe especular.

Por Pablo Esteban Dávila

Lo más interesante de la última visita de Mauricio Macri a la provincia de Córdoba fue el corte de pelo que se obsequió en una peluquería de Coronel Baigorria. Desprovisto de protocolo y de boato, el presidente decidió que ya era hora dedarse una vuelta por lo de un peluquero, optando por los servicios del señor Juan Sosa, vecino de aquella localidad. Luego marchó hacia Río Cuarto, en donde participó del encuentro Federal Argentina Exporta en la Sociedad Rural.

El gesto combinó lo útil con lo bueno. La imagen de la cabeza del hombre más poderoso del país bajo las tijeras de un peluquero de pueblo es eficaz y sugerente. Macri intenta mostrarse como un hombre común pese a su riqueza personal y la importancia de su cargo, y efectivamente lo logra. No es algo menor en un contexto de crisis profunda, que erosiona los salarios y el consumo interno. Más que nunca la sociedad requiere de un mandatario cercano.

El resto fue protocolar, previsible, a punto tal que no hay mucho más que decir. Durante su presentación ante empresarios de la Región Centro el presidente desgranó los conceptos clásicos de su discurso económico: no se puede continuar con este nivel de impuestos, hay que bajar las tasas de interés, debe achicarse el déficit y hay que exportar más. Poco para reprochar en tal desiderata, excepto que, por ahora, poco se ha hecho al respecto, salvo devaluar abruptamente el peso para alentar el ingreso de divisas.



El presidente, como no podía ser de otra manera, también se reunió con el gobernador y se mostró con la plana mayor de Cambiemos. Casi un calco de sus anteriores visitas.Lo único que Macri ha alterado es su opción geopolítica: en lugar de la ciudad de Córdoba prefiere ahora recorrer el interior. La explicación es simple. Mientras que en las grandes ciudades su imagen se deteriora al compás de las turbulencias económicas, en las localidades del complejo agroexportador se vive con expectativas el nuevo valor del dólar.

Las conversaciones con Juan Schiaretti fueron privadas y sin testigos, por lo que sólo cabe especular. Es probable que el presidente le haya agradecido personalmente la contribución de sus legisladores para aprobar el presupuesto en Diputados y que, en este marco, hayan profundizado sobre las mutuas expectativas sobre la economía que viene. Macri conoce desde hace tiempo al gobernador y sabe que sus opiniones son fundadas. Además, sospecha que, de momento, sus intereses políticos son coincidentes, por lo que no es necesario ocultar ningún as bajo la manga.

En este contexto, no sería descabellado suponer que ambos intercambiaron opiniones sobre la marcha del peronismo federal. En público, Macri debe alabar los intentos del PJ no kirchnerista por organizarse y desplazar a la expresidenta de su centralidad. Pero esto no es lo que piensa intramuros. Al igual que en 2015, le sigue conviniendo que ella sea su principal opositora. Es una dialéctica de la que sale ganando, no por méritos de su gestión sino del espanto que todavía produce la señora de Kirchner en amplios sectores del electorado.

El caso de Schiaretti es análogo. Por su relevancia nacional, el gobernador está obligado a señalar el rumbo de la vertiente republicana del partido, aunque no esté particularmente interesado en su destino electoral. Pese a que no son pocos los que lo perciben como un presidenciable con chances -el propio senador Carlos Caserio así lo ha reconocido- él ya ha establecido que su norte es la reelección. Por lo tanto, su contribución al espacio que integra con Miguel Pichetto, Sergio Massa y Juan Manuel Urtubey debe entenderse como estrictamente moral.

Esta convergencia hace que el diálogo entre presidente y gobernador continúe siendo tan bueno como lo era en un principio. A esta sintonía debe añadirse el hecho, no menor, que tampoco Macri es un entusiasta de un eventual triunfo de su propia coalición en la provincia. Desde esta columna se ha sostenido varias veces que, si por él fuera, mantendría sin dudar el actual estatus quo. Es mejor tener un opositor virtuoso como Schiaretti que un oficialista sin pergaminos de gobierno.

Por supuesto que su deseo es silente, no verbal. Esta moderación logra que, dentro de Cambiemos, todo el mundo prefiera hacerse el distraído y proclamar la insobornable voluntad presidencial de sumar a Córdoba dentro del redil de las provincias administradas por la entente. Existe, en este sentido, una convicción de que es preciso contar con la bendición de Macri antes de aventurarse en el escabroso sendero de las candidaturas. Los interesados necesitan una foto que los mantenga en carrera.

Esto fue, precisamente, lo que sucedió en Río Cuarto. Todos tuvieron su retrato presidencial. Un sistema de rotación cuidadosamente respetado obró el milagro. Ya nadie podrá decir (como sí ocurrió en su anterior visita) que hubo ganadores y perdedores con relación a la distancia física mantenida con el primer mandatario. El intendente Ramón Mestre recuerda mejor que nadie aquella circunstancia. Relegado a mezclarse con el público mientras Macri era escoltado, entre otros, por Mario Negri, optó por poner pies en polvorosa tan pronto pudo.

En definitiva, Macri pagó tributo, una vez más, al distrito que lo llevó al poder. Tan familiar es su presencia en estas latitudes que las noticias tienden a solaparse con lo ocurrido en anteriores ocasiones. No es, claro está, un reproche. Sus visitas son bienvenidas. La Casa Rosada es la sede del Poder Ejecutivo, pero su eficacia no reside en el tiempo que allí permanece. Un país como la Argentina requiere que el presidente recorra sus extensiones tantas veces como le sea posible, destacando el potencial de su territorio y su gente. En esto, el hombre no tiene complejos. Es una de sus grandes virtudes, a despecho de la crisis que se obstina en acompañarlo cada día de su gestión.



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