¿Fracaso póstumo? La UCR, de Alfonsín a Macri

El presidente de la Nación rindió ayer, a instancias del radicalismo, un justo homenaje a Raúl Ricardo Alfonsín al cumplirse los 35 años de su histórica elección presidencial.

Por Pablo Esteban Dávila

El presidente de la Nación rindió ayer, a instancias del radicalismo, un justo homenaje a Raúl Ricardo Alfonsín al cumplirse los 35 años de su histórica elección presidencial. Aunque no pudo terminar su mandato, Alfonsín inauguró eficazmente la larga etapa democrática que llega hasta nuestros días y que, con sus defectos, superó asonadas militares y fortísimas crisis económicas.
Mucho se ha escrito sobre el hoy mítico líder radical. El tiempo ha erosionado la memoria de la hiperinflación y el fracaso económico de su gobierno y ha rescatado, en cambio, su integridad e inquebrantables convicciones republicanas. Está bien que así sea. La transición que le tocó liderar fue complicada, no exenta de grandes peligros, que fueron capeados con una mezcla de coraje personal, vacilaciones institucionales y un fuerte apoyo popular. Merecerá el reconocimiento eterno del país por sus servicios.
Dentro su partido Alfonsín se ha ganado, naturalmente, el derecho a ocupar un lugar de privilegio en el panteón de sus héroes, pero su legado, al menos desde lo ideológico, no es tan seguro. Aunque ningún radical renegará jamás de él, es difícil reconocer en sus sucesores la adhesión a sus convicciones políticas, allende la previsible comoditización de sus ideales de libertad, división de poderes u honestidad personal.
Esto es fácil de constatar. Alfonsín fue un socialdemócrata, al estilo de Françoise Mitterrand, desconfiado de los mercados y del mundo capitalista. Aunque nunca cayó en las tentaciones del populismo, su proyecto de “tercer movimiento histórico” lo puso, no obstante que en forma efímera, dentro de las ligas de los prohombres providenciales, capaces de colocarse a sí mismos por sobre el aburrido orden institucional para redimir a todo un país.
Pero no tiene sentido preguntarse adonde hubiera llegado este proyecto,porque, incluso si la economía lo hubiera acompañado, es posible adelantar que su deriva no habría resultado autoritaria. El expresidente fue un hombre de partido y, por lo tanto, un político clásico. No hay mejor antigualla para los excesos que una fuerza estructurada, y la UCR funcionaba (todavía hoy lo hace) bajo tal paradigma.
No obstante, y aunque ahora se la soslaye como un dato menor, la crisis económica que lo acompañó durante buena parte de su mandato dejó profundasheridas en sus planes para forjar un radicalismo socialdemócrata. Eduardo Angeloz intentó sucederlo en las presidenciales de 1989 con un programa privatista y liberalizador y, aunque no logró derrotar a Carlos Menem, ningún dirigente radical logró volver a hacerse popular, en adelante, con un discurso de corte alfonsinista.
Debe hacerse notar, en este sentido, que Fernando de la Rúa, electo presidente tras diez años de menemismo, no se parecía en nada a su antecesor radical. Su campaña electoral tuvo un corte económico antes que político y reivindicaba la convertibilidad contra Eduardo Duhalde, el peronista que se proponía suceder a Menem desmontando, precisamente, la paridad cambiaria establecida por Domingo Cavallo en 1991.
Aunque muy diferentes en lo personal y lo ideológico, De la Rúacompartió el trágico sino económico de Alfonsín. Su gobierno duró apenas dos años y, por largo tiempo, el radicalismo sufrió el estigma de la impericia. De hecho, su ala de centroizquierda militó en diferentes vertientes del kirchnerismo, mientras que la centroderechista intentó programas alternativos con Ricardo López Murphy u optó por encapsularse en el Congreso. Ni siquiera el recuerdo de la refundación democrática alcanzó para preservarlo en una unidad razonable.
Catorce años después de la debacle de 2001, un radicalismo también extrañado de Alfonsín regresó otra vez al poder. Lo hizo a través de Cambiemos, la entente liderada por Mauricio Macri, a quién el expresidente no hubiera considerado como un dirigente digno de su confianza.No obstante que la fuerza no integra,técnicamente,un gobierno de coalición (el presidencialismo argentino torna irrealizable una aspiración de este tipo) algunos de sus dirigentes ocupan lugares importantes en el gabinete nacional o fungen como las espadas legislativas de la Casa Rosada. Ninguno de ellos podría ser denominado, con justicia, socialdemócrata o cosa por el estilo.
Es posible que las clasificaciones de este tipo estén apolilladas y que, de vivir Raúl Ricardo, tal vez tendría una mirada más piadosa sobre los actuales aliados macristas. Es una posibilidad. Pero lo que es inocultable es que la UCR, entre las tendencias más a la izquierda o más a la derecha del espectro político, ha virado hacia estas últimas desde la década del ’80. Lo ha hecho sin un debate interno profundo, casi a desgano, pero lo cierto es que ningún exponente del alfonsinismo tiene hoy un sitial de importancia dentro de su estructura oficial.
Alentando esta constatación, es sintomático que Ricardo Alfonsín, hijo del expresidente, se encuentre distanciado del gobierno que integra su propia fuerza. Heredero de la oratoria potente y elegante,nunca contó, sin embargo, con el carisma y el sentido de la anticipación política que caracterizó a su padre. Este déficit personal conspiró para que fuera reconocido unánimemente como su cabal sucesor en el radicalismoy haber extendido, de tal manera, su legado en el tiempo.
Es un tanto paradójico que, ahora que Alfonsín ha pasado a ser una especie de patrimonio de todos los argentinos, la UCR se encuentre tan alejada de sus convicciones políticas. No, por supuesto y como ya se ha dicho, deaquellas de corte generalista, las commodities del discurso institucional, sino de las que caracterizaron su visión de la economía, la sociedad e incluso del mundo, más emparentadas con la intervención activa del Estado, la cooperación sur – sur o los grandes ideales del socialismo ecuménico.
¿Es acaso un fracaso póstumo? Los cartesianos dirían que sí, pero la política no se corresponde por entero con el pensamiento lineal. Es cierto que el radicalismo fue abandonando por la centroizquierda porque, lamentablemente, el progresismo fue sucesivamente anestesiado y cooptado por el populismo K y por distintas tribus políticas rebosantes de delirio, al punto tal de hacerlo irreconocible. Es un hecho que, de haberse mantenido en la original concepción alfonsinista, el partido habría desaparecido, deglutido entre los novísimos héroes de la revolución.
Por lo tanto, mantenerse en el centro, aun a pesar de muchos de sus dirigentes, fue la tabla de salvación a la que pudo echarse mano y que permitió a la UCR, con las limitaciones conocidas, regresar al poder. El expresidente, probablemente, se hubiera encogido de hombros: mejor un partido de centro viable que otro socialdemócrata y testimonial. Frente al desamparo ideológico, nada supera a lo reconfortante de un buen comité. Y, en eso, los radicales siempre tuvieron un palenque donde rascarse, con más razón para un grande como Raúl Alfonsín.



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