Gobernar es resolver problemas

El debate por la presencia de Gendarmería en Córdoba pierde de vista que lo que la gente reclama es que le resuelvan un problema que la afecta en su vida cotidiana, no que atiendan a las utopías antiestatistas del progresismo.

Por Javier Boher
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gendarmería¿Para qué existe la política? La pregunta existe desde que el ser humano empezó a ser consciente de sus actos. Como toda construcción social, diversos pensadores y culturas intentaron responderlo de distintas formas.
Aunque acumulemos definiciones en la biblioteca, el objetivo último de la política permanece inalterable. Aunque todos pensemos que la actividad política es la que se realiza en la búsqueda del poder, su verdadero objetivo es resolverle problemas a la gente. Si no lo hace, no sirve.
El hastío de la gente respecto a la clase dirigente se reduce a que ese acuerdo cayó hace años. Los políticos de los diversos niveles de gobierno se han olvidado de que están ahí para hacerle más fácil la vida a la gente. Si no es así, ¿para qué los necesitamos?. Es como pagar la suscripción al cable y no tener tele, una incongruencia.
El paulatino corrimiento de los políticos de sus funciones (enceguecidos por la ambición de la acumulación de poder) demuestra que se olvidaron que dar respuesta a las necesidades de la gente es un elemento fundamental en la construcción de poder.
A eso parece entenderlo el gobierno nacional, que cumplió con su palabra de enviar gendarmes a Córdoba para hacer frente a una de las principales demandas de la sociedad, la inseguridad. Esto no debe sorprendernos en una provincia que tiene la misma cantidad de policías que de vigiladores privados.
El debate por la presencia de Gendarmería desató una nueva ola de críticas progresistas. Creen ver una reencarnación de Videla y compañía, aunque el accionar de los efectivos estuvo perfectamente enmarcado en la normativa vigente. En su victimización permanente parecen olvidarse de que afortunadamente vivimos en un Estado de Derecho que garantiza derechos que ellos se obstinan en negar.
Las idílicas alternativas que plantean llevarían décadas hasta implementarse. No se puede cambiar el mundo sólo con discursos, también hacen falta la decisión y la acción, aunque no gusten.
Por otro lado, el gran problema del reclamo opositor es que no prende en la gente que sufre la inseguridad día a día. La universalización de esa visión sesgada termina generando procesos que después los sorprenden, como pasó con Bolsonaro en Brasil, quien de hecho en una de sus propuestas más polémicas sugiere legalizar el gatillo fácil. El asesinato a sangre fría, lisa y llanamente.
Las estadísticas indican que en septiembre hubo cinco homicidios en la Ciudad, cuatro de ellos por violencia urbana. Aunque los números todavía indican que es un año tranquilo, la inseguridad es más que una sensación en Córdoba. Esa inseguridad es la que genera las condiciones para que la gente pida más mano dura, fuera de los límites establecidos por las leyes.
Lo que la izquierda en sus múltiples vertientes no termina de entender es que la sociedad interpreta que gran parte de la inseguridad que vive en su barrio, en el colectivo, cuando va o vuelve de trabajar o cuando decide salir a distenderse es producto de políticas laxas para la lucha contra el narcotráfico, por el garantismo zaffaroniano que inclinó la balanza de los derechos en perjuicio del ciudadano común y por la victimización permanente de aquellos que se favorecen por la timidez (o la complicidad) con la que se ha encarado el tema.
Todos tenemos una visión del mundo que consideramos correcta, que orienta nuestras acciones y nos sirve de guía para apoyar o rechazar ciertas políticas. Es posible no estar de acuerdo con que la militarización de la sociedad no es el escenario deseable a futuro, pero ¿qué otra respuesta en el corto plazo se puede dar al problema de la inseguridad?.
En 1974 Robert Nozick publicó su obra más célebre, “Anarquía, Estado y Utopía”. En la misma desanda nuestro problema. La anarquía es el desorden del estado de naturaleza en el que no se puede vivir. La utopía es lo que nos moviliza hacia el futuro, hacia donde queremos ir. Finalmente, el Estado es un mal menor pero deseable para garantizar la seguridad y la protección de derechos, sin los cuales la utopía es imposible.
Así, mientras el progesismo sigue reclamando sus utopías, la gente pretende que el Estado le resuelva el problema de la mucho más palpable seguridad terrenal.