Cupo de género en espectáculos: Insólita intromisión del Estado en la creación artística

El principio de igualdad ante la ley se quiebra con estas leyes, pues obligan a los electores a votar a algunas personas solamente en función de su sexo. Los “cupos” parecen estar inspirados en un célebre principio del corporativismo fascista, según el cual los candidatos no representan a un ideario sino a un sector de la sociedad. En este caso, a una genitalidad.

Por Daniel Gentile

Próximamente se tratará en el Congreso de la Nación un proyecto de ley “para establecer un mínimo del treinta por ciento de artistas solistas femeninas y/o agrupaciones musicales mixtas en todos los espectáculos de música popular”. Se trata de una iniciativa del colectivo “Músicas Unidas”, surgida de los lazos que estrecharon las artistas femeninas abocadas a lo musical luego de la lucha por la legalización del aborto.
En los fundamentos del proyecto se incluyen datos que se destacan como reveladores, respecto a la composición de género en los principales festivales de América Latina. En tal sentido, la Argentina contó con el porcentaje más bajo de mujeres (un 13 por ciento) en este tipo de eventos. “Argentina se encuentra al tope de una estadística que marca la desigualdad de género. Mientras que en otros países de la región la media de participación de mujeres alcanza el 30 %, en nuestro país el número se reduce a prácticamente un tercio de la media”, dice el informe.
“La finalidad de la ley será lograr la inclusión efectiva de la mujer en la actividad musical en vivo, evitando su postergación, derribando prejuicios sobre la generación de ganancias en la industria cultural según sexos, permitiendo la necesaria multiplicidad de miradas y voces, integrando la diversidad y tendiendo a alcanzar la paridad de géneros”, concluye el comunicado.
Este proyecto está en línea con las diversas leyes de cupo que han venido dictándose en los últimos años, en especial para la composición de las listas de candidatos a ocupar cargos legislativos, tanto nacionales, como provinciales y municipales. Recordemos que inicialmente el cupo femenino para cargos legislativos nacionales fue del treinta por ciento, y que recientemente se introdujo la “paridad de género”, que obliga a que ambos sexos estén representados por partes iguales. La tendencia es avanzar con los cupos hacia el ámbito privado, para asegurar determinados porcentajes a las mujeres en puestos laborales, e incluso en los estamentos más altos de las corporaciones. Por supuesto, las leyes disponen de mecanismos sancionatorios, que pondrá en funcionamiento el Estado contra las empresas que incumplan los cupos establecidos.
Los cupos han llegado también al mundo sindical, estableciendo que en las comisiones directivas de los gremios debe haber una determinada proporción de mujeres.
Tuvimos ya oportunidad de decir que, tratándose de cargos políticos, toda ley de cupo implica una intromisión del Estado que, en definitiva, termina imponiendo candidatos. No existe, ni puede existir, ninguna prohibición para que las mujeres ocupen cargos públicos en ninguno de los poderes. Los han ocupado, desde la más alta magistratura nacional, y siguen haciéndolo. Es una consecuencia lógica del principio de igualdad ante la ley.
Ese principio se quiebra con estas leyes, pues obligan a los electores a votar a algunas personas solamente en función de su sexo. Los “cupos” parecen estar inspirados en un célebre principio del corporativismo fascista, según el cual los candidatos no representan a un ideario sino a un sector de la sociedad. En este caso, a una genitalidad.
El avance de este tipo de normas sobre la actividad laboral, tanto privada como pública, implica también, necesariamente, la violación del principio de igualdad ante la ley. Nadie puede tener más o menos derecho a trabajar sólo por ser hombre o por ser mujer.
La catarata de leyes de cupo parece no tener fin, como una secuela inevitable de la fuerza irresistible del feminismo, erigido en partido transversal. De tal manera, no debería sorprendernos ni alarmarnos demasiado, a esta altura de los acontecimientos, que la ola llegue al arte. Sin embargo, aquí la cosa adquiere un carácter esencialmente distinto.
Es inaceptable que el Estado imponga candidatos a cargos políticos, es inaceptable que el Estado imponga candidatos a cargos sindicales, es inaceptable que el Estado establezca privilegios en función del sexo a la hora en que los ciudadanos buscan oportunidades laborales.
Pero cuando el Estado pretende entrometerse en la creación artística, ya no sólo es inaceptable sino que es intolerable. De eso se trata el proyecto de ley que pretende fijar un cupo mínimo de participación femenina en espectáculos. La iniciativa está por ahora limitada a la música, pero se abre la puerta a todas las ramas de la cultura. Casi como una consecuencia natural, habrá cupos en espectáculos teatrales, televisivos y cinematográficos.
Y aunque parezca un delirio (como si esta realidad no fuera ya delirante), no es imposible que también la literatura sea atrapada por estas legislaciones. La escritora Gabriela Cabezón Cámara ha deplorado que todos los personajes del Martín Fierro sean hombres, y ha publicado su contra-versión “inclusiva” y feminista de la obra de José Hernández, a la que tituló “Las aventuras de la China Iron”, que previsiblemente ha sido recibida con beneplácito por la crítica.
Debemos prepararnos ahora para que las próximas producciones teatrales, televisivas y cinematográficas cuenten, por ley, con un “cupo” de participación femenina, y por ende de personajes femeninos.
Cuando el Estado introduce sus garras e interfiere en la creación intelectual, se activa una alerta roja que nos dice que se ha traspuesto una línea muy delicada. Es, ni más ni menos, el límite que separa la república de la dictadura. Ese avance sobre la intimidad de la creación intelectual es lo que ha caracterizado históricamente a los regímenes totalitarios. No es necesario abundar en ejemplos, pues conocemos demasiado bien en qué clase de sistemas el poder político controla la cultura.
El cineasta argentino Maximiliano Gerscovich, galardonado en el festival de cine independiente de Nueva York por su película “Stephanie”, ha declarado que “cuando el Estado les dice a los artistas qué y cómo deben producir, estamos en presencia de una dictadura. Con leyes como las que se vienen –concluyó- hubieran sido imposibles obras maestras del cine como “Doce hombres en pugna”.