Sultanes de la nueva ola

Hace 40 años, en octubre de 1978, la crítica saludaba con loas el disco debut de una formación inglesa llamada Dire Straits, que apenas algunos meses más tarde iba a colocar un single extraído de este álbum en el top ten de la revista estadounidense Billboard: “Sultans of Swing”.



Por J.C. Maraddón
jcmaraddon@diarioalfil.com.ar

Hacia 1978, el punk ya había ardido a lo bonzo en el fuego de su propia ira. En menos de tres años, esa vanguardia artística que proponía un retorno al grito primal se había consumido en su cóctel de nihilismo fundamentalista, y sólo unos pocos sobrevivientes iban a honrar su legado, aunque montados sobre otras tendencias que sobrevendrían después de la catástrofe. En ese caldo del apocalipsis del punk se cocinaron los inicios de algunos de los grupos que mayor influencia iban a tener en la escena de los ochenta, como Joy Division (luego New Order), The Cure o U2.
El denominado rock gótico, el afterpunk y ciertos experimentos electro pop heredaron la oscuridad vital de la punkitud, ese pesimismo que los había llevado a creer en la utopía de que no habria ningún futuro. De allí emergió una corriente portentosa que, al arrullo de los sellos independientes, conformaría un sonido característico que se extendería por todo el mundo angloparlante, comprendiendo las Islas Británicas, Estados Unidos y Australia. Es imposible no encontrar el ADN del punk en la música de The Fall, The Church, Pixies o Echo and The Bunnymen, por citar sólo algunos de los exponentes de esta tendencia.
Pero hubo un tropel de intérpretes que, hacia finales de los setenta, tomaron la iracundia punkie y la acomodaron dentro de un envase mucho más apto para todo público. Guitarras un poco menos distorsionadas, voces un poco más armónicas y melodías que cedían ante la tentación de la complacencia, irrumpieron en las radios como un fenómeno masivo que disparaba hits cual si fuese una ametralladora. Cuando la movida se hizo tan fuerte que los medios debieron empezar a ocuparse de ella, no tuvieron mejor idea que denominarla “new wave” (nueva ola), al igual que se había llamado a ciertas vanguardias en los sesenta.
Pero, en realidad, tal new wave distaba mucho de ser compacta. Respondía a un espíritu de la época, que reivindicaba el rock bailable y lo hidrogenaba a través del pop, pero de ninguna manera podía decirse que sus cultores compartieran algo más que eso. Y así fue como, bajo la misma etiqueta, fueron agrupados expunks descremados, rocanroleros dispuestos al reciclaje, tecladistas cegados por el tecno y una joven camada de bandas cuya pretensión, a diferencia de los artistas punks, no iba más allá que imponer un single de moda, grabar un videoclip y salir en la portada de las revistas.
Hace 40 años, en octubre de 1978, la crítica saludaba con loas el disco debut de una formación inglesa llamada Dire Straits, que algunos meses más tarde iba a colocar un single extraído de este álbum en el top ten de la revista estadounidense Billboard. La canción, titulada “Sultans of Swing”, tenía un ritmo marcado que la acercaba a los patrones danzantes de la new wave, aunque el tono con que cantaba Mark Knopfler, muy a lo Bob Dylan, enlazaba a Dire Straits con la genealogía del rock tradicional, más que con los estándares de la música punk.
Pero en esa época nadie se fijaba demasiado que los rótulos calzaran adecuadamente, y a la Argentina de 1979 aquel “Sultans Of Swing” entró en asociación directa con el “My Sharona” de The Knack y con el “Candy-O” de The Cars. Con el correr de los años, el velo se descorrió y todo quedó mucho más claro. The Knack resultó ser un “one hit wonder”, en tanto que The Cars sería un eslabón perdido que depositó al synth pop en una nueva era. Dire Straits, en cambio, ingresó prestamente al Olimpo rocanrolero, a la par de esos viejos héroes a los que el punk no había conseguido destronar.



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