Feliz día de la madre de político

Aunque no eligieron estar ahí, todos nos acordamos de ellas cuando sus hijos erran en sus gestiones. Por eso viene bien recordar que, sin importar la profesión de su prole, las madres son siempre parecidas.



Por Javier Boher
javiboher@gmail.com

¡Qué lindo que es el día de la madre, amigo lector!. Reuniones familiares, lindos recuerdos, todo pensado para disfrutar una vez al año. Después, como todos sabemos, las madres se encargan de advertirnos, guiarnos, señalarnos, retarnos, felicitarnos, emocionarnos, controlarnos y tantas otras prácticas que las definen como son.
Casualmente, mientras pasaban las horas en la reunión familiar, se me vino a la mente pensar en las madres de nuestros políticos y en cómo habrán marcado a su descendencia para que se dediquen a tan noble actividad de la manera en que lo hacen.
Siempre nos la pasamos pensando en la dura vida del político, pero pocas veces nos concentramos en sus laboriosas madres, que son en definitiva las que llevan el peor estigma cuando sus hijos no dan la talla para la función encomendada. Aunque no siempre se les conozca la cara, hay que reconocer que las tenemos presentes en nuestras oraciones cuando reventamos una rótula del auto por un bache, cuando ponen impuestos hasta por respirar o cuando en el almacén pedís caramelos por el peso de vuelto y te dan uno que parece que ya lo estuvieron chupando antes.
Además, no todas pueden llegar a hacerse un nombre propio como la madre de San Martín o la de Sarmiento, que hacían algunas tareas de ama de casa pero pasaron a la historia por encargarse de que los pichones les comieran toda la comida y salieran abrigados. De ahí que terminaron siendo próceres latinoamericanos, sino no se entiende.
¿Se imagina usted a las madres de los políticos actuando de otra manera que no sea con todas las cosas propias de una madre? Me imagino, por ejemplo, al candidato yendo a tomar unos mates con su progenitora después de una dura negociación por la fórmula: “Ay, nene, a mí ese tipo no me gusta para nada. ¿Qué va a decir la gente si los ve posando uno al lado del otro?”.
¡Qué capacidad para incomodar! Negociaste seis meses una candidatura y la señora te la tira abajo en dos minutos. “Acordate lo que hizo fulano, que salió en la tele y ahora la gente le pone apodos en la calle”.
Piense por ejemplo que se sella una alianza durísima, todos ilusionados con dar el batacazo y aparece la madre del candidato desde un callejón oscuro para meter una puñalada helada por la espalda: “no sólo hay que ser bueno, también hay que parecerlo. Te andás juntando con esos… dime con quién andas y te diré quién eres”. Lo hacía con la barra de la escuela, que era inofensiva, no lo va a hacer con los que quieren ir por el poder…
Incluso puede ser peor. Ahora con esta moda de las fórmulas con paridad de género es fácil pensarlas haciendo escena de celos como si la compañera de fórmula fuese una novia nueva, porque el nene se merece algo mejor. O si fuese al revés, con la típica doble vara para las mujeres: “¡qué buenmozo el candidato! ¿estará casado?”. Esas cosas nunca cambian.
Piense en los debates televisivos, esos que en Argentina son más difíciles de ver que el Nahuelito. No me diga que no se imagina al candidato al teléfono tras el intercambio, con la madre reclamándole que no se planchó la corbata, no se peinó las cejas o no se maquilló las entradas para que no se vea que transpira. Seguro después le preguntó si estaba usando un calzoncillo nuevo, porque qué iban a decir si terminaba en el hospital por desmayarse de los nervios.
Esa atención extrema al detalle es porque para una madre el cuidado nunca es demasiado, no importa si su pimpollo tiene tres años, 15 o 65. Todos hemos sufrido en carne propia el flagelo del “¿llevás abrigo?” que inevitablemente escuchamos y escucharemos tantas veces.
Tal vez por eso a Schiaretti le quedó la manía de usar la campera roja para las elecciones, porque seguro la madre lo retaba cuando volvía con tos de la vigilia del día de elecciones. Capaz a De la Rúa, que usaba la campera de gamuza hasta adentro del sauna, o a Ubaldini, que no se sacaba la de cuero ni para ir a la playa les pasaba lo mismo y por eso prefirieron no sacárselas más.
No debe ser fácil ser madre de un político, sobre todo porque ellas no eligen. Si uno quiere dedicarse a ese submundo de traiciones, coimas y ambición, por lo menos es una decisión personal, pero al hacerlo se arrastra a toda la familia. Para muchas madres debe ser difícil procesar que tiene un hijo político, porque en algún punto siempre esperaron más. No importa si llega a ser presidente, algún defecto le van a encontrar al puesto.
Le digo, amigo lector, que en política las madres son mucho más importantes que lo que se imagina. Fueron las primeras asesoras de imagen, las primeras consultoras, las primeras encuestadoras pero, sobre todo, las primeras votantes. Aunque siempre nos resulte más fácil acordarnos de ellas cuando los hijos erran, esta vez les podemos dedicar un feliz día atrasado, porque son las que cargan con el peso (nunca lo suficientemente comprendido) de ser las madres del candidato.



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