Lealtad a la causa (propia)

La lealtad peronista es uno de los grandes oxímoron que nos ha dejado nuestra rica historia política, con prolíficos redactores que han sabido enmarañar los verdaderos significados de las cosas. La lealtad de los compañeros, a lo sumo, es al poder y no a las ideas.



Por Javier Boher
javiboher@gmail.com

La historia del anarquismo es larga y rica. Aunque se lo suela asociar con barbudos y tirabombas, en su seno han coexistido múltiples vertientes con un núcleo de ideas innegociables. Una de sus ramas es la que se inspira en un texto llamado “El único y su propiedad”, del alemán Max Stirner.
En dicho texto (escandaloso para la conservadora y monárquica Alemania de mediados del siglo XIX) el filósofo anarquista deja una máxima combatida por los pensadores de las grandes causas que aglutinaban multitudes por aquel entonces, el nacionalismo y el socialismo: “Nada está por encima de mí”.
Desde entonces, el anarco individualismo ha hecho gala del egoísmo más puro, de no defender ninguna causa que no sea la propia; no existe para ellos ningún ideal que los pueda negar en su condición de individuo único e irrepetible.
Los múltiples actos del peronismo por el día de la lealtad demuestran que no existe lealtad a ninguna causa que no sea la personal. Cada uno de ellos está esperando para que su causa sea la causa del partido y así se convierta en la causa del pueblo. Cada reunión que dijo defender las ideas de Juan Perón no estaba haciendo más que defender cínicamente las propias causas de los asistentes.
La lealtad peronista es uno de los grandes oxímoron que nos ha dejado nuestra rica historia política, con prolíficos redactores que han sabido enmarañar los verdaderos significados de las cosas. La lealtad de los compañeros, a lo sumo, es al poder y no a las ideas.
En un contexto de atomización general del poder, el peronismo lo sufre particularmente con fuerza, por eso en la multiplicidad de actos se pudo ver que no hay nadie que pueda garantizar al colectivo justicialista el triunfo que los aglutine.
La cuestión de la incertidumbre respecto a la unidad tiene algo de lógica. Muchos de los que garantizan un cierto caudal de votos están con problemas ante la justicia, mientras que la mayoría de los candidatos con mejor imagen no tienen la capacidad, el carisma o el aparato para seducir a los votantes.
De esa manera se da una situación de interdependencia que los lleva a la inmovilización. ¿Quién puede pactar con Cristina, que en Córdoba muy difícilmente supere el 15%? ¿Quién puede arreglar con Moyano, que tiene problemas por lavado de dinero, extorsiones, prostitución infantil en Independiente o simplemente rechazo por parte de la opinión pública?
Esa situación de peronismo desprestigiado en muchos sectores de la sociedad obliga a sus dirigentes más jóvenes a desmarcarse de los más experimentados, aunque estos últimos tengan el verdadero control del aparato. Hay algunas excepciones, pero son pocas frente a lo que se vive en gran parte del país.
Una alternativa escuchada hace pocos días por un leal del peronismo fue que para 2019 les hace falta un candidato de buena imagen positiva, poca imagen negativa, que no polarice con el gobierno pero que represente una alternativa superadora y no kirchnerista. Según el dirigente, un Schiaretti victorioso en la provincia (y con su mandato asegurado en el terruño) podría arriesgarse a salir a buscar los votos del peronismo en una elección presidencial.
Aunque ese escenario parezca improbable, la lealtad de los dirigentes peronistas a su propia causa nos ha legado múltiples ejemplos de que se puede innovar para esquivar las normas electorales. Las candidaturas testimoniales, las colectoras, las PASO, todos son ejemplos de que siempre tienen un conejo en la galera.
En esa miríada de lealtades a la propia figura que es el peronismo resta saber si hay alguien que los pueda convencer de recuperar la unidad. Todavía hay que ver si el gobernador preferirá la comodidad de su propia causa o si se arriesgará para alinear a las múltiples voluntades que pretenden volver a detentar el poder. Tal vez, si lo logra, el peronismo podrá recuperar el orgullo para repetir que “nada está por encima de mí”.



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