El camino a la fama

Tanto en la versión 2018 de la película “Nace una estrella” como en el documental “Quincy”, disponible en Netflix, se transmite un mensaje que coincide en superar las categorías estilísticas para enfocarse en la mística de la superación personal como fórmula para conseguir el éxito.



Por J.C. Maraddón
jcmaraddon@diarioalfil.com.ar

En la evolución de la música contemporánea, muchas veces se ha considerado al pop como uno de los escalones más bajos en la pirámide de la calidad y la autenticidad artística. Se trata de un mito fundacional, que situó a ese estilo como una especie de hijo bastardo del rock, descafeinado y carente de la vocación rebelde, aunque heredero de su desfachatez y sus melodías pegadizas. Así, mientras la epopeya rockera se planteaba poner al mundo patas para arriba, el pop se proponía tan solo ofrecer un producto divertido, que generase pingües ganancias y que fuera fácil de elaborar en serie.
Era algo así como una réplica de aquella aura que rodeaba en el siglo diecinueve al artista romántico, implicado siempre en causas nobles e incomprendido por el gran público debido a sus arrestos vanguardistas. Mientras el espíritu rockero se impregnaba de esa retórica, el pop se adecuaba sin remilgos a las nuevas exigencias industriales y se adhería de manera firme al siguiente estadio de la sociedad de consumo, a la que buscaba incorporarse como otra opción de compra para quienes estaban dispuestos a adquirir discos y a sumar un combinado estereofónico a la gama de nuevos artefactos de colmaban el living.
Pero antes de que el rock se erigiera en doctrina oficial, desde el púlpito jazzero se lo había señalado como un efecto no deseado. Y hubo una resistencia de ese género frente al cambio, porque se consideraba al jazz como una expresión preciosista, de la que el rocanrol derivaba lejanamente. Es decir, el jazz renegaba de su paternidad sobre el rock, de la misma manera que este lo hacía con el pop, siempre bajo la excusa de que se estaba degradando algo que, o bien había alcanzado cumbres creativas, o bien se había plantado frente lo establecido con ínfulas de derribarlo.
El documental biográfico sobre Quincy Jones que está disponible en Netflix, permite apreciar cómo este gran director, compositor y arreglador orquestal proveniente de la crema del jazz, se avino a trabajar junto a figuras del pop, sin prejuicio alguno. Más destacable aun es el encomio que puso en trasladar a esas breves (y a veces fugaces) piezas musicales todo el bagaje de su talento, del que no se ahorra nada en pos de darle forma a un hit. La trilogía de los discos “Off The Wall”, “Thriller” y “Bad” de Michael Jackson, todos bajo su producción, ejemplifica a la perfección el esmero de su aplicación al trabajo.
Este desprejuicio que queda patentizado en “Quincy”, contrasta con lo que se narra en la ficción de “Nace una estrella”, la remake de una vieja historia que ahora regresa con el protagónico de Lady Gaga y Bradley Cooper (también director del filme). Allí se ve al trovador rockero Jackson Maine, cuando le recrimina a su novia y protegida Ally, porque ella está llevando su carrera de cantante hacia el terreno del pop. Como si la trayectoria decadente de Maine, permanentemente envuelto en escándalos por sus adicciones, le proveyera una estatura moral por encima del resto.
Queda claro en la flamante realización de Bradley Cooper que ella representa un nuevo prototipo de artista, más concentrado en su desarrollo profesional que en derrapar a partir de los beneficios que le depara la fama. Tanto en “Nace una estrella” como en “Quincy”, se transmite un mensaje que supera las categorías estilísticas para enfocarse en la mística de la superación personal como fórmula para conseguir el éxito. O, por lo menos, como un camino menos vertiginoso para el artista que tiene mucho por transmitir y que está dispuesto a trabajar duro para darle forma.



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