Carrió: que la inocencia les valga

Carrió, la autodenominada fiscal de la República, cree que puede darse estos lujos de hacer bromas. Que tiene un cheque en blanco para extorsionar a su aliado Mauricio Macri con temas tan sensibles como la corrupción o la gobernabilidad.

Por Pablo Esteban Dávila

Al final, fue todo una broma. Lilita Carrió no está distanciada con el presidente, ni se amigará nuevamente con él cuando le pida la renuncia a Garavano. Tanta tensión, tanta incertidumbre, se debió sólo a un chascarrillo, tal como ella se ocupó de aclararlo en Twitter. Hasta le concedió un changüí al ministro, anunciando que, por ahora, pospondrá por unos días la presentación del Juicio político que ya había elaborado en su contra. Que la inocencia les valga.
Carrió, la autodenominada fiscal de la República, cree que puede darse estos lujos. Que tiene un cheque en blanco para extorsionar a su aliado Mauricio Macri con temas tan sensibles como la corrupción o la gobernabilidad. Que sus papelones mediáticos cuentan con un margen de impunidad que no se les concedería a otros políticos. Que, en definitiva, sus transgresiones “honestistas” son un medio lícito para ganar fama y continuar asustando a propios y extraños con sus extravagantes sentencias.
Pero la diputada se equivoca. Y feo. Como integrante de una coalición de gobierno debe cuidar las formas y advertir que sus dichos generan potentes ondas expansivas, muy distintas a las que producía en la oposición. Cuando se gobierna, las opiniones dejan de ser personales y se transforman en asuntos de Estado. Cualquier diletante de la política entiende esta regla. Si ella no la acepta, es por soberbia o por ineptitud.
Cualquiera de las dos posibilidades es peligroso cuando se ejerce el poder. Pensarse a sí misma como una líbera a quien todo le es permitido implica trabajar como si fuera una quintacolumnista dentro de un gobierno al que nominalmente integra. Max Weber lo dijo con extraordinaria precisión: la ética del político no es la de la convicción, sino la de la responsabilidad. Es una cualidadde la que, lamentablemente, la señora Carrióa dolece.
Existen dudas genuinas sobre que la confesión de la broma produzca alguna hilaridad en la Casa Rosada. La diputada generó demasiados nervios como para alguien desee ahora festejarle la ocurrencia.“Nadie debe condicionar al presidente de la República”, afirmó el ministro de Educación en medio de la crisis con Carrió. Dijo lo que Macri no puede, pese a que se muerde la lengua por hacerlo.
Es un hecho que el presidente está amenazado por la diputada, quizá de la forma más perversa posible: por la manipulación. Macri sospecha que, si la enviara al demonio, parte del pacto que aun mantiene con su base electoral se disolvería en una espiral de dudas. Es un riesgo muy grande por correr, especialmente en un momento en donde su propia administración exhibe preocupantes falencias.
En este punto, la insignificancia de algunos de sus laderos agiganta las sandeces de Carrió. El ministro de Energía, por ejemplo, se ha mostrado particularmente diestro en el arte de equivocarse. Anunció por su cuenta -y sin reportarle ni a Dujovne ni al propio Macri- que los consumidores deberían pagar a las distribuidoras de gas natural una compensación por la suba del tipo de cambio. La medida, que es legal, fue, sin embargo, inoportuna e inconsulta. Más aún: debería haber sido dictada con burocrática pereza por el Enargas, que es el organismo que se ocupa de estas sutilezas regulatorias. Nadie sabe por qué Javier Iguacel se empeñó tan apasionadamente en formular un anuncio semejante, a espaldas de todo el gabinete y sin tener la necesidad de hacerlo.
Este tipo de yerros restan puntos a la credibilidad del gobierno. Ya hay muchos errores no forzados en sus alforjas y, a medida que se suceden nuevos, la opinión pública comienza a tomarlo para la chacota. La afirmación sobre que el país contaba con “el mejor equipo de los últimos 50 años” para conducirlo integra, por ejemplo, el parnaso del hazmerreír popular. Es una triste ironía para un conjunto de funcionarios que, en su gran mayoría, cuentan con postgrados en el exterior, sólidos antecedentes técnicos y que dominan idiomas como nunca se había escuchado.
Es un escenario bastante bizarro. Un gabinete de gente capaz, condicionado por sus propias meteduras de pata y por una señora irresponsable que, para más sorpresa, cuentan como a una de las suyas. ¿Qué es lo que falla para que se produzcan estas situaciones tan esotéricas? ¿Es su líder, quien no termina de cerrar un estilo que evite este tipo de situaciones? ¿O son los egos propios de gente talentosa? Lo que fuere, el combo no parece funcional al momento aciago que vive la Argentina.
Dentro de Cambiemos, especialmente en el radicalismo y en su exigua ala peronista, crece el consenso de que Carrió y los errores ministeriales son dos caras de una misma moneda, y que todo se reduce a una histórica cerrazón del presidente hacia la política. Si Macri le teme es porque considera que ella tiene algo de lo que él adolece, y que este déficit se ocasiona por la falta de contrapesos que la diputada tiene dentro de la propia coalición. Además, el hecho que los ministros sean, esencialmente, técnicos sin roce político genera problemas que, vistos con alguna distancia, tienen una etiología absolutamente infantil y, por lo tanto, evitables.
Cornejo, el eficiente gobernador de Mendoza y jefe de la UCR, es uno de los más críticos hacia este ecosistema de poder. Ha reclamado más de una vez por una mayor participación radical en el gabinete -seguramente en la convicción de que esta presencia dotaría de mayor sentido común a las decisiones presidenciales- y por el funcionamiento real de una mesa consultiva que exceda al entornismo de Marcos Peña y sus allegados. Hasta ahora no ha tenido mayor éxito, una señal de que Macri suele prestar mayor atención a las extorsiones lilistas que a los consejos de sus aliados, aunque aquellos sean, innegablemente, recomendaciones interesadas.
Pero hay una gran diferencia entre ambos tipos de demandas, no obstante parezcan similares. Si Cornejo (o quien se trate) pide por un cargo o una política determinada, la cuestión se encuentra acotado y los significados de la solicitud no constituyen un arcano. En cambio, los berrinches de Carrió son, casi siempre, inasequibles. Remiten a un difuso universo de conspiraciones y una lucha permanente entre el bien y el mal que, por supuesto, sólo ella sabe interpretar. Es difícil jugar con cartas del tarot cuando sólo se maneja la baraja española.
El presidente, un cartesiano de ley, no sabe cómo lidiar con esta pitonisa del caos ni con sus exigencias, pero tampoco recurre a quienes sí podrían ayudarlo. Hasta tanto no se decida a hacerlo, deberá soportar sus ironías y, con preocupante frecuencia, someter a su vapuleada administración a una auditora tan irresponsable como impredecible.



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