Un mundo diverso

Como uno de los lanzamientos más promocionados de Netflix en septiembre, “Maniac” despliega una fantasía tan caótica en sus primeros episodios, que deja a quien la mira en el límite de la incomprensión. Pero una vez atravesado ese umbral, la serie con Emma Stone se torna por demás adictiva.



Por J.C. Maraddón
jcmaraddon@diarioalfil.com.ar

Entre las fórmulas establecidas para obtener el éxito en el campo audiovisual, sobresale la que indica que hay que apelar a los argumentos fácilmente digeribles para el público, esos esquemas básicos y previsibles que suelen abundar entre los tanques de la taquilla. De hecho, cuando asoman productos de estas características, la acusación llega de manera inmediata: se sindica a sus responsables como proclives al suceso económico, al priorizar las historias remanidas y los recursos habituales, en vez de apelar a innovaciones y a jugarse por un relato que cambie las perspectivas que se repiten una y otra vez en la factoría hollywoodense.
Tal vez estos tics sean una herencia de aquella época en que las nuevas olas europeas se atrevieron a cuestionar el predominio de Estados Unidos en la industria. La rivalidad entre el cine de autor y la producción en serie, demonizó a esta última y generó un culto a esos nombres de cineastas (italianos, franceses, ingleses, españoles) que abjuraban de la taquilla en pos de una reivindicación del arte por el arte, como rémora de los tiempos del romanticismo. Los supuestos expertos en cinematografía se sentían obligados a respaldar estas ínfulas, como reaseguro del triunfo en esta encendida batalla cultural.
Con el tiempo, esas asperezas empezaron a limarse y hubo críticos que cometieron el sacrilegio de elogiar películas industriales, largometrajes que más allá del claro objetivo de llenar las salas, trasuntaban preocupaciones estéticas y exponían influencias provenientes de aquellos filmes que priorizaban lo artístico. También se dio el proceso inverso, por el cual algunos realizadores independientes se avenían a participar de proyectos redituables, sin que esto significara que resignaban sus estándares de calidad. Se verificaron, entonces, algunos claroscuros que redujeron bastante la distancia entre aquellos sectores que en los años sesenta habían rivalizado de manera encarnizada.
La instalación del soporte del streaming como vía preferida para el consumo de producciones audiovisuales, ha sido una especie de barajar y dar de nuevo, que ha situado al formato de las series como el más popular del momento. Y, en un principio, se podría suponer que eso inclina la balanza hacia el costado más fordista del negocio. Es decir, tiras con personajes de conductas fácilmente identificables, que recorren un trayecto argumental lineal y que manifiestan sentimientos con los que todos pueden empatizar. Relatos sobre temáticas que nadie desconoce y que no presentan dificultades en su discurrir, sin puntos oscuros ni claves que no hayan sido develadas.
Sin embargo, tras haberse hecho fuerte en su segmento, Netflix muestra una disposición a experimentar con estructuras narrativas diferentes, que obliguen a los espectadores a prestar más atención y que pongan en cuestión las estereotipadas recetas elaboradas desde Hollywood. El desafío consiste en que, al mismo tiempo, esas series de probeta deben sostener el interés del usuario, aunque sus protagonistas describan parábolas vitales imprevisibles y por más que las acciones transcurran en paisajes insólitos, donde conviven elementos futuristas con detalles extraídos, sino de un pasado remoto, por lo menos de una época ya perimida.
Algo así es lo que sucede con “Maniac”, que fue uno de los lanzamientos más promocionados de Netflix en septiembre y que despliega una fantasía tan caótica en sus primeros episodios, que deja a quien la mira en el límite de la incomprensión. Pero una vez atravesado ese umbral, la serie protagonizada por Emma Stone se torna por demás adictiva, con su planteo psicologista acerca de los traumas que arrastramos y de cómo hacer para convivir con ellos. Con “Maniac”, se clausuran aquellas discusiones esnobistas de los cinéfilos de antaño, que reflejaban un pensamiento binario incompatible con este mundo diverso.



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