Roma se levanta contra los bárbaros

Son los valores de Occidente, los valores de Roma, que ha comenzado a resistir el asedio.



Por Daniel Gentile

Hace apenas un par de días Donald Trump se anotó una nueva victoria. Logró finalmente que el Senado aprobara la nominación de Brett Kavanaugh como Juez del máximo tribunal de su país.
No es un hecho menor. Kavanaugh es un hombre de posiciones claras en temas que hoy, insólitamente, determinan que el nuevo establishment lo catalogue como de “extrema derecha”. Como a Trump. El nuevo Supremo es antiabortista y no comulga con el lobby LGTB, que impone su agenda, no de tolerancia, sino de promoción de la homosexualidad como un dogma de fe.
Pero fundamentalmente este hombre cargaba con la mochila de acusaciones de acoso o abuso sexual por episodios ocurridos hace varias décadas, promovidas por mujeres que vivieron historias con Brett y que ahora creen recordar que en realidad no prestaron en aquel entonces el debido consentimiento.
Estas señoras se enancaron en el movimiento conocido como “Me too”, iniciado en Hollywood por mujeres del mundo del espectáculo, que descubrieron, al cabo de treinta años, que el productor Harvey Weinstein en realidad no las había seducido sino abusado. Weinstein y otros hombres del ambiente, como sabemos, fueron debidamente linchados por los medios y condenados a la muerte civil antes de los procesos judiciales. Se trata de acusaciones que en tiempos normales hubieran merecido un rechazo in limine. Sólo la arrolladora fuerza del feminismo explica que imputaciones de mujeres que recuperaron la memoria luego de tres décadas, hayan resultado verosímiles y aptas al menos para destruir la honra de varios individuos.
No pudieron sin embargo con Kavanaugh. Sus denunciantes declararon en el Senado y no lograron hilar un relato coherente. Aún así, la estrategia de arrojar nombres al fango siempre termina manchando al denunciado, con o si razón. De tal manera, la aprobación del pliego de Kavanaugh fue ajustadísima. Victoria por estrecho margen pero victoria al fin.
Trump pudo en su momento haber retirado la nominación, pero no lo hizo. Trump no es Macri. Es un hombre de convicciones firmes, sabe perfectamente cuál es el enemigo y le hace frente.
El Presidente, luego del pronunciamiento aprobatorio del Senado declaró que “en Estados Unidos se viven momentos alarmantes para los hombres”. Pudo decir, tal vez debió decir, que en todo Occidente ocurre este fenómeno.
Los que sostenemos que el feminismo como movimiento reivindicador perdió su razón de ser cuando se alcanzó la perfecta igualdad ante la ley entre hombres y mujeres, hemos caído en la cuenta de que, lamentablemente, la balanza ha vuelto a inclinarse, ahora hacia el otro lado. Los hombres hemos quedado en una peligrosa situación de inferioridad legal. Hemos perdido nada más y nada menos que el beneficio de la presunción de inocencia en denuncias formuladas por mujeres. El feminismo lo hizo. Motorizado por políticos, organismos internacionales y medios de comunicación.
Son los mismos que hace dos años hicieron todo lo posible para impedir el ascenso de Trump a la Presidencia. Los mismos que vaticinaron su derrota en base a encuestas que en realidad no eran sondeos de opinión sino expresiones de deseos. Los mismos que lo presentaron como un monstruo, como un nuevo Hitler. A ellos, Trump les dedicó una de sus más espectaculares medidas: trasladó la embajada norteamericana a Jerusalem, como una muestra de amistad inquebrantable con Israel.
A los que vendieron su imagen como la de un carnicero implacable les respondió como Presidente privando de fondos estatales a las organizaciones abortistas.
Nada es sencillo para Donald Trump. El nuevo establishment no se resigna a que haya llegado a la presidencia. Cotidianamente intentan enlodarlo con el indisimulado objetivo de destituirlo. Los burócratas que en todo el mundo se han arrogado la condición de custodios del bien y del mal, seguirán acosándolo.
El anacrónico ataque a la religión, en especial al cristianismo, en momentos en que la Iglesia ha perdido todo poder temporal, es parte de la agenda de la izquierda global, que se ha apoderado de los aparatos estatales y comunicacionales.
A ellos, Trump les ha respondido que “en los Estados Unidos no adoramos al Estado ni a sus burócratas. Sólo adoramos a Dios”.
Es una extraordinaria defensa, no de la religión, sino de la libertad de culto, asediada en occidente con el propósito de imponer los nuevos credos laicos como el feminismo, el aborigenismo y el ecologismo.
Se les hace difícil la guerra a los enemigos de Trump, porque los números de la economía estadounidense han mejorado exponencialmente, y nadie ignora la importancia que ello tiene.
El hombre que le puso el pecho a una ideología global que parecía imbatible, se mantiene en pie.
Más cerca, en Brasil, Jair Bolsonaro logró una victoria abrumadora en las elecciones del pasado domingo. No le alcanzan para evitar la segunda vuelta, pero este resultado es una muestra de lo que quiere el pueblo brasileño.
Bolsonaro es otro Quijote, sin que esta afirmación signifique compartir toda su agenda. Lo indiscutible es que ha debido luchar contra el mismo enemigo, enquistado fundamentalmente en los medios, que “pronosticaron” que sus números electorales serían sustancialmente menores. También en este caso, el pronóstico era en realidad un deseo.
Se lo ha pintado como misógino y homofóbico, sólo porque se opone a la difusión obligatoria de la ideología de género. También lo presentaron como racista. Los ciudadanos de a pie, que afortunadamente cada vez le creen menos a la prensa, pensaron otra cosa. Muchísimas mujeres y muchísimos negros lo votaron.
Han sentido los brasileños, quizás más con el corazón que con el cerebro, que este hombre, como Trump, como el mismo Kavanaugh, encarnan, quizás desmesuradamente, una reacción necesaria contra el orwelliano Estado omnipresente. “El Estado en tu barrio”, “el Estado en tu cuadra”, “el Estado en tu casa”, “el Estado en tu cama”, “el Estado en tu mente”. Asfixiados por ese monstruo, ávidos de aire para respirar, hartos de la opresión, se han puesto de pie para defender, tal vez sin saberlo, los valores de la vida, la libertad y la propiedad.
Son los valores de Occidente, los valores de Roma, que ha comenzado a resistir el asedio.
Somos, fatalmente, Occidente, que es como decir: Somos Israel, Grecia y Roma.
Sutilmente, sin lanzas, sin piedras, sin armas físicas, Roma fue hace un par de décadas invadida y colonizada culturalmente.
El antiguo Imperio ha despertado para enfrentar a sus agresores y recuperar los valores que le han dado sentido a su existencia. Vida, libertad y propiedad, en ese orden.



1 Comentario

  1. Coincido plenamente con la nota ,se les está acabando la mentira al lobby y a la mercenaria prensa ,la gente esta diciendo vasta a este atropello doctrinal de las instituciones y los medios funcionales

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