Intolerancia provida

La actividad política del colectivo provida empieza a poner en riesgo la convivencia democrática al negar la aplicación de las leyes en base a un fanatismo irracional.

Por Javier Boher
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La semana pasada un conocido periodista del diario La Nación celebró en sus redes que habían logrado impedir la realización de un aborto legal en un hospital. Mariano Obarrio (de él estamos hablando) y sus groupies nos demostraron que están convencidos de que las leyes que nos hemos dado están por debajo de las que ellos eligen para regir su vida privada.
El problema con el señor es mucho más profundo de lo que parece. Su actitud encierra un germen de lo que nos espera para los próximos años en el país, acaso las realidades por las que están pasando países como Brasil o el mismo Estados Unidos. Las prácticas facciosas o de identidades adoptadas por los grupos marginales de izquierda desde la década del ‘60 han mutado en estas autopercibidas minorías que son un resabio de tiempos que creíamos dejados en el pasado.
Obarrio y su grupo de militantes provida, envalentonados por haber logrado el rechazo al proyecto de Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo, pretende retrotraer el marco jurídico a hace casi un siglo, cuando se sancionó la normativa actual.
La ley que regula la interrupción del aborto tiene casi 100 años y se sancionó en un momento en el que la mujer no votaba, los hombres sólo llevaban una elección con voto universal, secreto y obligatorio y todavía no habían ocurrido la Segunda Guerra Mundial, la Guerra Fría ni los dos Mundiales ganados por Argentina. Casi no había autos en las calles ni radios en las casas
Sorprendentemente, muchas personas defendieron el accionar del colectivo provida, una agrupación decidida a violar la ley escudada en la creencia de un valor superior, impidiendo que una mujer ejerza su derecho al aborto para salvar su vida, uno de los casos contemplados en el marco jurídico vigente.
La idea de que las leyes que regulan nuestra vida están por debajo de leyes naturales o divinas no guarda mucha diferencia con la creencia en la superioridad de una determinada doctrina política por la que algunas personas alguna vez puedan decidir tomar las armas. Por eso los norteamericanos tipificaron este tipo de acciones como “terrorismo interno”. Muy pragmáticos, ponen en su moneda que en Dios confían, pero gestionan la cosa pública con leyes claras.
A esta altura el colectivo provida tal vez debería a empezar a ser tenido en cuenta como una amenaza al orden público. Las convicciones personales pueden ser muy fuertes, pero cualquiera que pretenda imponerlas como una única regla moral sobre el resto de la sociedad en clara violación de la ley está incurriendo en un delito, que en el caso mencionado más arriba podría haber acabado en una muerte de un apersona reconocida por el código penal.
¿Ese colectivo de pañuelo celeste aceptaría perder la libertad por empujar a un médico a no practicar un aborto legal con la consecuencia de la muerte de la madre? ¿Qué pasa si mañana salen los Testigos de Jehová a hacer piquetes en los hospitales para que no se hagan más transfusiones de sangre? ¿O si salen los antivacunas a robarse las partidas destinadas a los dispensarios para que no se “envenene” a los chicos?
No hay que subestimar el poder de mucha gente de poco genio convencida de lo que dice. Eso se puede extender más allá del caso puntual de Obarrio, con casos tan diversos como los mencionados más arriba o incluso referidos a minorías sexuales, a grupos de inmigrantes o a los que tienen otras ideas políticas. El problema es que esas posturas extremas vayan teniendo cada vez más aceptación.
¿Qué puede pasar si la discusión sobre el aborto termina con diputados como Obarrio por un lado y con esas que pintan en las paredes “muerte al macho” por el otro? Estos procesos de permitir el surgimiento de voces que sólo proponen recortarle derechos a los que piensan distinto tiene como consecuencia la clausura del debate.
Quizás para madurar como sociedad debemos entender aquella paradoja de la que nos hablaba Karl Popper. Por más contradictorio que parezca, y por más que pataleen los que no lo entienden, para vivir en una sociedad democrática y tolerante -en la que se respeten los derechos fundamentales de las personas- no se puede tolerar a los que la niegan.



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