Cada candidato con su crisis

Tenemos una única certeza: la Argentina vive en la estanflación. Es una palabra maldita en la ciencia económica.

Por Pablo Esteban Dávila

Durante los años del kirchnerismo la inflación fue un fenómeno deseado. La exministra Felisa Miceli, aquella de los billetesdepositados en el baño, lo dijo sin vueltas tan lejos como en el 2005: “es preferible convivir con ella antes que apelar a las recetas ortodoxas, que son la paz de los cementerios”. La estanflación -consecuencia directa de aquella mirada irresponsable- es ahora un cementerio sin paz.
El problema es que, para escapar de este camposanto embrujado, es necesario profundizar el ajuste. En términos macroeconómicos, reducir la oferta de dinero. En eso consiste, precisamente, la estrategia implementada a través de las novísimas Letras de Liquidez por el flamante presidente del Banco Central, Guido Sandleris.
Las Leliq esconden, detrás de su acrónimo algo tontuelo, promesas de más recesión. Aspiran el dinero del mercado gracias a sus exorbitantes tasas de interés, la herramienta más clásica para combatir la fiebre inflacionaria. Pero este remedio conspira directamente contra la inversión productiva. Ningún negocio, a menos que se trate del narcotráfico o la venta de armas, puede competir con tasas de más del 60%.
Esta realidad no sólo encubre perspectivas de mayor desempleo o pérdida del poder adquisitivo del salario, sino que, desde el punto de vista fiscal, entraña los peligros de la caída en la recaudación tributaria. Es uno de los efectos paradójicos de la inflación: al principio se recauda mucho más gracias al anabólico de los incrementos de los precios nominales, pero, cuando se llega a cierto umbral, los ingresos fiscales agregados caen por efecto de la recesión que aquella induce.
Este peligro no discrimina entre jurisdicciones. Si bien la Nación es, en términos teóricos, la más afectada (sus impuestos son, básicamente, alícuotas sobre la actividad económica o sobre los balances empresarios), provincias y municipios también sufren el impacto del fenómeno. Sucede que, entre sus múltiples distorsiones, la inflación ha producido una dependencia cada vez más notable de sus estructuras de ingresos respecto a los impuestos que gravan la producción y el comercio, tales como los ingresos brutos o las tasas de seguridad e higiene, en detrimento de aquellos que lo hacen sobre los inmuebles y los automotores.
Tanto la recaudación de la provincia como de la ciudad de Córdoba se encuentra, por lo tanto, aferrada a sus respectivos impuestos sobre la actividad económica. Lógico es suponer, por lo tanto, que la recesión traerá aparejada problemas en sus presupuestos. El Centro Cívico ya avisó que los ingresos propios crecieron menos que la inflaciónmientras que la municipalidad, por ahora, no dice gran cosa. Cuando lo haga no habrá sorpresas: las noticias serán similares.
El gran problema del sector público es que sus costos nominales son inflexibles a la baja dado que consisten, básicamente, en salarios. Y que, debido a que los gremios estatales tienen un poder de fuego muy superior al de los privados (la fuente laboral nunca está en riesgo), los gobernantes rara vez pueden esperar alguna comprensión de parte de los trabajadores el Estado.
A principios de año, cuando se esperaba una inflación de entre el 15 y el 20%, gobernador e intendente cerraron paritarias similares con sendas cláusulas gatillo, esperanzados de no tener que activarla en todo el año. Pero, mientras que Juan Schiaretti logró negociar un “gatillo mix”, que combinó inflación e incremento en la recaudación provincial, Mestre se decantó por un “gatillo puro”, que se disparaba sólo por el nivel de inflación y sin tener en cuenta variables intra municipales.
Es obvio que, en ambas jurisdicciones, el impacto de los incrementos salariales que se viene será dispar y que probablemente lo haga con mayor dureza en las cuentas municipales, pero de lo que no hay dudas es que, en cualquier escenario, restarán recursos a las inversiones ya en marcha y que suelen traccionar votos.
En el caso del Centro Cívico, el riesgo es ominoso. Sobre las obras actualmente en ejecución descansan las expectativas del gobernador. En este sentido, es probable que algunas de menor cuantía sean ralentizadas cuando no directamente suspendidas, en tanto que las de mayor envergadura serán estratégicamente preservadas porque, en términos muy prácticos, de ellas depende el futuro del oficialismo.
Mestre, que no puede ir por su reelección, no puede sin embargo dejar que la coyuntura lo sumerja en la dinámica del caos. Sería un pésimo augurio para la campaña electoral que imagina para sí. A diferencia de Schiaretti, él no tendrá problemas en suspender obras si fuere necesario -el municipio no tiene ninguna del volumen de las que ejecuta la provincia- pero de ninguna manera se arriesgaría a un paro de los municipales con la virulencia que los caracteriza. Ya se encuentra resignado a no quedar a la altura de su padre en tanto constructor, y su imaginario político pasará por otros vectores.
Pero la dinámica política no se agota, en lo inmediato, en las preocupaciones de estos actores. Córdoba tiene, a efectos prácticos, tres candidatos a gobernador, de los cuales Mario Negri es el tercero en discordia. Aunque alguien pudiera sospechar, un tanto ligeramente, que el diputado no tiene una crisis en ciernes que amenace sus espaldas, esta ventaja se torna absolutamente aparente cuando se considera el contexto.
Luego de la reunión en Parque Norte, es obvio que el exvice de Eduardo Angeloz es uno de los favoritos del presidente. No en vano pudo vérselo, para desesperación de Mestre, en la selecta mesa de la conducción cambiemita. Si de Mauricio Macri dependiera, Negri ya estaría lanzado, allendelas preferencias del radicalismo mediterráneo.
Esto significa que, aun dentro del proceso darwiniano que supone una disputa interna, el diputado será el hombre del Macri y que, como tal, deberá cargar con la correspondiente mochila. Así como el gobernador lidiará, en adelante, con la crisis de sus propias cuentas públicas y el intendente hará lo propio con las de su administración, Negri tendrá que ponerle el pecho a la crisis nacional en calidad de partícipe necesario.
Así son las cosas: cada candidato con su crisis. Son las reglas dejuego democráticamente asignadas por una indigencia fiscal que no reconoce diferencias jurisdiccionales ni presunción de inocencia.



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