Viva Macri eterno

El empeño que mucha gente pone buscando similitudes entre el gobierno y las autocracias presagia que cuando finalmente les aparezca una delante estarán más que dispuestos a abrazarla.

Por Javier Boher
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Buen día, amigo lector. ¿No se siente usted sofocado por la presión asfixiante de esta dictadura neoliberal que nos oprime sistemáticamente? Se sabe que los argentinos tenemos lomo de goma y bancamos casi cualquier cosa, pero esto es insostenible. No se puede creer que la gente no quiera abrir los ojos ante la evidencia irrefutable de las atrocidades que comete este gobierno de oligarcas y CEOs.
No enloquecí, amigo lector, tranquilo. Aunque resulte exagerado, realmente hay gente que piensa en esos términos. Muchos compañeros y camaradas se sienten que son partisanos europeos resistiendo el avance implacable de la Alemania nazi por el viejo continente, aunque el nivel de convencimiento que tienen respecto a sus afirmaciones sea inversamente proporcional a la veracidad de las mismas.
Tal vez por esa loca idea de que el presidente es un dictador desalmado, nunca falta el que hace alguna referencia a su parecido con algún tirano de la historia (aunque se sabe que existen los contextos históricos o las luchas que justifican algunos permitidos) banalizando el verdadero significado de la tiranía.
Esa constante es como una reinterpretación de la Ley de Godwin, esa que establece que a medida que una discusión virtual se prolonga es cada vez más probable que alguien mencione a Hitler o los nazis. Aquí sería una cosa así como que mientras más tiempo gobierne Gatricio más probable será que alguien recurra al tirano teutón (como ya lo hicieron el exgobernador Bonfatti, el actor Gerardo Romano o Hebe de Bonafini). Tres años de gobierno han desgastado la mayor parte de los argumentos en la discusión como para andar preocupándose por ese excéntrico vicio de buscar fundamentos.
Esta poco profunda conclusión filosófica se deriva de una visita de Gatricio a la pizzería de unos chicos que necesitaban un gancho viral y lo invitaron a darse una vuelta. Como presidir este país es muy fácil y todo marcha siempre sobre ruedas, el presi decidió pasar a picar algo de garrón (porque el mangueo es parte de nuestra identidad nacional).
Resulta que a los optimistas incurables capaces de largarse a la incertidumbre de un proyecto propio en un contexto económico que alienta menos que la hinchada de Talleres después de dos empates los empezaron a hostigar por las mismas redes con las que pretendían hacerse conocidos.
En respuesta a esas agresiones el presidente criticó a los que atacaron a los ingenuos emprendedores haciendo referencia al “veneno social” de las “personas envilecidas que buscan el fracaso de los demás”. Muchos cientistas sociales de bar se agarraron de esos 168 caracteres para hacer un análisis del discurso y el pensamiento presidencial que resultó bastante menos serio que el diagnóstico de Hubris que hizo Densol Castro por ver a la Aforada de Recoleta desvariar en cadena nacional.
Los nostálgicos del Cártel de El Calafate salieron a comparar el tuit del presidente con un párrafo del engendro literario que escribó Adolf Hitler en su delirio mesiánico en la búsqueda del poder.
La rapidez con la que descubrieron la similitud (sólo tres palabras de un texto falaz escrito hace casi un siglo) es llamativa y me despierta más dudas que un penal para Boca.
La primera es si hay alguien que se sabe de memoria Mi Lucha como para reconocer dos expresiones en un tuit. No hay dudas de que si todavía hay gente que se emociona al recitar la correspondencia Perón-Cooke debe haber más de un turulo que haya memorizado tan infame panfleto.
Si tal situación no existiera, la segunda pregunta que me viene a la mente es si alguien se encarga de buscar en google los puntos de conexión entre el dictador alemán y Macri cada vez que éste habla.
Me imagino a un militante sentado en un cubículo de una redacción de algún medio digital, con descoloridos afiches de Cristina y el Nestornauta abrazados, copiando y pegando fragmentos de discursos de Miauri en la barra de búsqueda de google agregando un “+ hitler” a continuación.
Debo confesar que esa obsesión me despierta entre risa y lástima, habida cuenta de que predicar la llegada de los extraterrestres de Xillium como el gobernador puntano es mayor síntoma de cordura que buscar la conexión entre uno de los peores dictadores de la historia y un presidente que no se enoja si la hija hace un documental sobre una chica anarquista.
La endogamia comunicacional en la que se sumergen los camisas pardas de redes sociales les genera una dependencia casi incestuosa de las fábulas políticas que arman para sentir que sus pequeñas experiencias individuales son en algún punto relevantes para el devenir de la historia del país.
Es por eso que andan siempre tratando de encontrar a quién señalar como cómplice de la dictadura macrista, preparados para exponerlos en redes, atacarles el local o cancelarles un show en algún teatro. Son aquello que dicen combatir, como el que elogia el fútbol lírico europeo pero en cuanto puede te deja más tapones en la pierna que dientes en la boca con el mismo estilo que un central de la liga bellvillense.
Ya le digo, amigo lector, que esta gente está tan ocupada tratando de encontrar el autoritarismo en Gatricio que cuando aparezca algún protocaudillo nacionalista que proponga “ni olvido, ni perdón” o “cinco por uno” no van a dudar en acompañarlo. Porque en última instancia su problema no es el ejercicio violento del poder, sino quién tiene la manija para imponerse por la fuerza.



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