Dos resurrecciones políticas

La resurrección de Peña, ahora en formato de armador político, preocupa también a Ramón Mestre. Es conocida la predilección del jefe de Gabinete por Negri dentro del planeta radical.

Por Pablo Esteban Dávila

Las noticias que proceden desde Buenos Aires respecto a Marcos Peña son contradictorias. Parece debilitado en la gestión, pero fortalecido en la política. Es una sugerente contradicción con impacto cierto en la provincia de Córdoba.
Si se toma exclusivamente su rol en el gobierno, bien podría decirse que su influencia se encuentra en un cuarto menguante. Aunque continúa en su puesto como Jefe de Gabinete de Ministros, su poder de veto parece haber desaparecido. Privado de sus manos derechas -Mario Quintana y Gustavo Lopetegui- su poder de “coordinación” sobre el resto de los ministros se ha transformado en una entelequia. De hecho, las negociaciones por el presupuesto con los gobernadores peronistas se encuentran en cabeza del titular de la cartera de Interior, Rogelio Frigerio, auxiliado por el “cordobés” Nicolás Massot en condición de vicario de Emilio Monzó.
Sin embargo, esta imagen de declive se encuentra relativizada por lo sucedido el pasado viernes en Parque Norte, en donde se dio cita la plana mayor de Cambiemos en búsqueda “de la unidad y desactivar la interna” -Clarín dixit.
El cónclave giró, sorprendentemente, en torno a la figura excluyente de Peña, quien ofició como el gran maestre de la coalición. Bajó líneas y estableció los parámetros de lo que será la estrategia para lograr la reelección del presidente Mauricio Macri, aunque, por motivos de obvia prudencia, se cuidó de verbalizarlo taxativamente. Sugerentemente, estuvo escoltado por el diputado Mario Negri y, algunas posiciones más allá, por el exárbitro Héctor “la Coneja” Baldassi.
La postal no fue del agrado del PRO cordobés, especialmente para su ala ucedeísta. Peña no es un amigo del sector, como sí lo es Monzó. Son conocidas sus posiciones contrarias a cualquier versión de la política tradicional y, simétricamente, sus preferencias por las candidaturas disruptivas, tipo Baldassi o Miguel del Sel. Si Peña, en adelante, fungirá como el armador de la estructura de la alianza de cara al próximo año, la estructura del macrismo local comenzará a crujir nuevamente.
¿Alguien podría imaginarse el destino de Javier Pretto, Laura Rodríguez Machado o de Soher El Sucaría bajo la férula de Peña? Si la palabra ostracismo resultara muy fuerte, el congelamiento de sus expectativas sería, mínimamente, la principal consecuencia. En forma paralela, la influencia de Baldassi y sus seguidores (en rigor, bastante escasos) crecería en forma exponencial. Darío Capitani, experto en el deporte del surf, acomodaría sus huesos a la nueva realidad sin pretensión de resistencia alguna y con el sólo objetivo de continuar al frente de la fuerza.
La resurrección de Peña, ahora en formato de armador político, preocupa también a Ramón Mestre. Es conocida la predilección del jefe de Gabinete por Negri dentro del planeta radical. Esta inclinación es una herencia de similar simpatía de parte del presidente, quien reconoce al diputado una defensa insobornable hacia la Casa Rosada. El intendente sospecha (y nadie podrá amonestarlo de pesimismo) que, dentro de la interna de la entente, la cancha se inclinará en su contra.
Su desasosiego lo emparenta con los pesares del ucedeísmo macrista. No tanto por el vigor que adquirirán en el futuro inmediato sus respectivos adversarios internos, sino por la falta de reglas claras que ostenta Cambiemos para zanjar sus cuitas intestinas.
En el caso del PRO esto es evidente. La fuerza no se ha planteado jamás la posibilidad de dirimir sus liderazgos en una elección interna. Cuando, un año atrás, se contempló tal posibilidad, lo esperpéntico de sus padrones obligaron a los interesados a recalcular sobre lo que estaban por hacer. Triunfar con un colchón de apenas un par de miles de votos no hubiera sido digno de un partido de gobierno.
La cuestión reside, por lo tanto, en cómo hacer política (esto es, acumular poder) dentro de una agrupación que no cree en la política. Peña está convencido que un comando centralizado puede más que centenares de dirigentes compitiendo por cargos y posiciones y que el cliché puede más que el debate de ideas. Hasta hace seis meses atrás, justo es decirlo, los resultados parecían darle la razón; ahora, en el clímax de la crisis económica, esta visión sólo parece ser funcional en épocas de vacas gordas.
Mestre razona en términos parecidos. Aunque la UCR es pródigo en cabildeos y guerra de guerrillas, la actual membrecía cambiemita limita las posibilidades de que éstas fructifiquen en resultados, diríase, democráticos. Es probable que el intendente sospeche que, detrás del tutelaje electoral del jefe de Gabinete, se esconda el dedazo que proclame a su adversario interno como el próximo candidato a gobernador sin que ningún radical visite el cuarto oscuro para decidirlo.
Esta desconfianza se transforma en algo parecido a la envidia cuando se observa el comportamiento de otro dirigente recientemente resucitado, no obstante que del bando contrario. Eduardo Accastello -de él se trata- no ha hecho otra cosa que confirmar su fe en la conducción de Juan Schiaretti desde que fuera readmitido, sin ninguna carencia, dentro de Unión por Córdoba.
Desde entonces, el villamariense no ha hecho otra cosa que demostrar que la amnistía de la que ha sido objetoha valido la pena. Tan pronto pudo reunió a su tropa en el departamento General San Martín y la impuso de la buena nueva que, en los hechos, supone una arenga en favor de la reelección del gobernador. No hubo nadie que le enrostrara este retorno a las fuentes. Incluso los kirchneristas más genuinos de su entorno están dispuestos a acompañarlo en esta vuelta de página para salvarse del naufragio del Frente para la Victoria.
Podría decirse que es fácil reconocer en Schiaretti al líder máximo del justicialismo y que esto limita cualquier disenso exitoso. Esto es cierto y puede concederse de tal manera. Pero el gobernador, a diferencia de Peña, se ha ganado este derecho a costa una extendida militancia y decisiones de gobierno. Sin la alteridad de José Manuel de la Sota y con una buena imagen pública, no es necesario recurrir al látigo para domesticar al frente interno en torno a su figura. No puede decir lo mismo el armador macrista.
Es este el gran problema de la nueva política: creer en la infalibilidad del juicio propio por el sólo hecho de haber ganado un par de elecciones. Esto, claramente, no es poco (especialmente si una de ellas es la presidencial) pero de ninguna manera supone la aquiescencia universal respecto a las dotes para el comando político.Porque la conducción, cuanto menos se sienta como tal por sus conducidos, de mayorcategoríaresulta y mejor habla del líder que la ejerce. Maquiavelo lo dijo perfectamente: “Aunque lo deseable es que el príncipe sea amado y temido, que estos dos sentimientos vayan unidos no es fácil.” Peña, dentro de Cambiemos en Córdoba, puede que sea temido antes que amado y que, con ello, su fama de arbitrario se acreciente. ¿Podrá ser enfrentado cuando ésta atraviese ciertos límites?La valentía no es una cualidad que abunde por estos tiempos, aunque,en los oficialismos, suela incrementarse cuando las cosas no marchan tan bien como se pensaban.



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