Retratos de mujeres, no de señoras (Segunda parte)

La situación más común era encontrar a las mujeres como víctimas de la violencia masculina. Sin embargo, a fines del siglo XIX también aparecían manifestaciones agresivas procedentes de las propias mujeres. Riñas entre sí, o contra varones, hacían de la violencia una regla.

Por Víctor Ramés
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Mujeres contra mujeres, una forma más de la violencia a fines del mil ochocientos.

La idea es detenernos en aquellas noticias de finales del mil ochocientos, en las que se percibe la presencia de mujeres de clase popular inmersas en formas violentas de resolver los conflictos, y en quebrar las reglas de conducta en el escenario de la calle. La situación más común era encontrarlas como víctimas de la violencia masculina, sin embargo, aparecían también manifestaciones agresivas procedentes de las propias mujeres. Era sin duda un comportamiento gestado en la humillación y en el maltrato, y en suma en la vivencia persistente de una cultura en la que la violencia no precisaba de mucha excusa para surgir. Se atiende aquí a riñas de mujeres entre sí, o contra varones (ya sea en modo agresivo o defensivo). Esa violencia era una regla, no una excepción: una especie de sello de identidad, tal vez algo indómito, una fiereza de mujeres.
Venimos de presenciar un encontronazo entre dos mujeres, y seguimos con un próximo episodio, que refería La Patria en febrero de 1894.

“Pugilato entre mujeres
–Andá nomás, che, ya sé que estás en la buena con Rosario .
–Se te ha de haber hecho, yo no soy plato de segunda mesa.
–No te enojés ni me mirés así, porque ya sabemos lo que son dibilidades.
–Valiente! ¿Y por casa cómo andamos?
Este diálogo, cuyo final no reproducimos por… sobra de razones, tenía lugar esta mañana entre dos buenas mozas en uno de los ranchos que pueblan los manzanos del bajo del río.
De pronto una de ellas se lanza sobre su interlocutora y tomándola del pelo comenzó a propinarla una ración de mojicones de padre y muy señor mío; la agredida tan bruscamente, chillaba como una rata sin que por esto permaneciera ociosa, correspondiendo a su vez a las caricias de que era objeto.
La oportuna intervención de dos hombres puso término a esta escena de pugilato femenil.
Por fortuna para las combatientes, el lance terminó sin la intervención policial, que hubiera apaciguado sus bélicos ardores en la casa de corrección.”
Otras formas de violencia tenían al alcohol como instigador, algo común al universo masculino, aunque tal vez menos representativo. Se encuentra agresividad en el comportamiento de algunas mujeres que se hallaban alcoholizadas y, desde luego, la había de parte de los agentes de policía que eran el brazo armado de la ley.
En Los Principios del martes 15 de febrero de 1898 vienen las siguientes líneas.

“Mujeres ebrias
El domingo a la tarde se hallaba la mujer Flavia Gómez, en la esquina de la calle Igualdad y Rivera Indarte tendida en el suelo, gritando e insultando a cuanto prójimo llegaba a pasar junto a ella.
En eso, pasó Pedro Cisterna, que conmoviéndole su estado, le dijo que se retirase.
Esto bastó para que la mujer la emprendiera contra Cisterna, llegando a tironearlo y a aplicarle algunos golpes, lo que obligó a éste a defenderse.
Al tumulto que se agrupó concurrió el agente Evaristo Farías, quien condujo a ambos a la comisaría de la sección 1ª aplicándosele a la Gómez 12 días de arresto en el Buen Pastor.”
Al final del suelto se agrega que “fueron arrestadas también las hijas de Eva, Dominga Pérez (viuda de 42 años) y Norberta Cerrano (de 25), que transitaban por la calle en lamentable estado de ebriedad.
Ambas son domiciliadas en Alta Córdoba y pasarán una temporada de 48 horas en el Buen Pastor.”
Más abajo, en una columna de Detenidos, se incluye a “la mujer Delfina Gómez”, arrestada “por ebriedad y desorden en la vía pública”.
Para demorarnos un poco en el tipo de la cordobesa “guapa” y de armas tomar, aunque no necesariamente alcoholizada, se puede ver a una de ellas en acción en esta noticia de la que se asombra el redactor de El Progreso, en 1884. No se menciona en ningún momento la causa por la que la mujer era llevada a rastras a la cárcel.



“Dominga Gigena
Es por demás sorprendente el valor que esta mujer ha mostrado antenoche al verse atacada en la calle Universidad, esquina San Luis, por un vigilante que trataba de reducirla a prisión.
Amenazada por dicho soldado, se resistió con tanta energía que el atribulado gallo tuvo que pedir auxilio a algunos compañeros que llegando uno tras otro formaron el respetable número de diez entre comisarios y soldados.
No fue bastante hacer formar el ejército en línea de batalla ni mucho menos las amenazas que se dirigían al enemigo, que al parecer le daban más valor que hacerla abandonar su resistencia.
Fue necesario emplear la violencia para conseguir llevarla, y esto a duras penas, pues echando mano a la liga sacó un afilado puñal y trató de luchar.
Tres meses de pisar maíz para locro, en la casa de corrección ha sido el premio acordado a su valor.
Veremos cómo se las compone doña María con esta nueva Parroquiana.”
Para concluir, en 1894 encontramos el siguiente episodio, más breve que lo que lleva contarlo, aunque esto último lo hace por nosotros el redactor del diario La Patria del mes de marzo quien, por cierto, es despectivo con la protagonista femenina, y se ríe también del hombre ebrio, partenaire en la comedia involuntaria:

“Un baño oportuno
En dirección al centro venía por la calle Rivera Indarte un individuo a quien el alcohol había puesto en condiciones deplorables.
Haciendo eses y dando gritos más o menos expresivos, caminaba el buen hombre sin cuidarse un poroto del agua que caía con fuerza en ese momento. Cerca ya de la calle Colón, quiso ser galante con una robusta fregatriz, que apresuradamente y arrimadita a la pared dirigíase sin duda a algún almacén próximo; no fue del agrado de ésta la galantería del improvisado seductor y rechazándole con un «salga, guaso atrevido», dióle tan fuerte pechón que hizo perder del todo el equilibrio al poco afortunado galán, dando con él en el agua fangosa de la calle, donde se dio un soberano chapuzón.
No sin esfuerzo levantóse el hombre con la cara embadurnada de barro; y ¡oh prodigio de la actividad desplegada en la compostura de esa calle!, los efectos del alcohol habían abandonado al individuo que mohino, cabizbajo y hecho una lástima emprendió de nuevo la marcha en línea recta, sin vacilaciones y sacándose con la mano el molde de barro incrustado en su semblante.”



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