Difícil, aunque no imposible

Con la madurez de sus 28 años, la cantante japonesa Mitski, residente en Nueva York, dio a conocer en agosto su tercer disco comercial,“Be the Cowboy”, una exquisita obra artística que se embarca en texturas y climas dignos de ser subrayados como independientes de cualquier rótulo.

Por J.C. Maraddón
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Entre la saludable oleada de solistas femeninas que ha tomado por asalto, de un tiempo a esta parte, ese firmamento de la música pop en el que hasta hace unos años eran mayoría los astros masculinos, aparecen muchas veces gemas que exceden por mucho las tendencias de moda y que establecen nuevos parámetros creativos. Quizás valga la pena hurgar en el pasado para encontrar modelos artísticos de este tipo, como puede ser el de la islandesa Björk, quien desde unos 30 años atrás en adelante conquistó un espacio propio sumamente original y pregnante, que la situó en la vanguardia musical de finales del siglo pasado.
Para la misma época, desde una estética radicalmente distinta, tomó estatura el empeño rockero de la británica P J Harvey, quien le aplicó a la parafernalia del grunge un toque personal que la distinguió de cualquier otro movimiento contemporáneo. Mientras Björk se entroncaba con una corriente experimental en la que habían navegado antes figuras como Laurie Anderson o Yoko Ono, P J Harvey exhibía una clara influencia de una emblemática trovadora punk como Patti Smith, quien a mediados de los años setenta sentó las bases de un nuevo estándar para las mujeres cantantes, muy alejado de los estereotipos de la industria.
Hoy, cuando en el universo del negocio de la música las vocalistas brillan en cantidad y calidad, dentro de la variedad de propuestas se puede identificar a aquellas que entierran sus raíces en aquella tradición proveniente de una época en que las cantautoras debían imponerse mediante un esfuerzo conmovedor. Porque no solo debían exponer su talento para alcanzar el éxito, sino que además se veían forzadas a lidiar con una estructura que funcionaba según mecanismos en los que la mayoría de las mujeres cumplían roles secundarios (como coristas o fans) y muy pocas veces se les permitía ocupar el centro de la escena.
Sin duda, entre las artistas femeninas que han alcanzado suceso mundial a lo largo de la presente década, la neozelandesa Lorde es una de las que más se aproxima a esa estirpe de las que se atrevieron a sobrepasar todos los límites. Con apenas 16 años, irrumpió en la escena global montada sobre un estilo entre minimalista y dramático, que contrastaba con las tendencias de moda en aquel 2013, cuando se produjo su debut discográfico. Cuatro años después, publicó un segundo álbum que terminó de confirmar su impronta y completó un perfil atrevido y singular.
En la última gira planetaria, Lorde sumó como telonera a una intérprete nacida en Japón y residente en Nueva York, que contaba con un antecendente notable: ya había sido soporte en un tour de la banda estadounidense de culto Pixies. Mitski, la artista en cuestión, llevaba ya mucho tiempo de preparación y trabajo; y acompañar a Lorde no era sino el corolario de una evolución descollante en su carrera, que se había iniciado cuando arrancó con sus estudios en un conservatorio y, como trabajo práctico, publicó dos discos sucesivos en los que volcó su propio material, con ella a cargo de la voz y el piano.
En 2014 lanzó su primer disco comercial, “Bury Me at Makeout Creek”, que fue saludado con grandes elogios por la crítica, al igual que su segundo álbum, “Puberty 2”, de 2016. Con la madurez de sus 28 años, Mitski dio a conocer en agosto “Be the Cowboy”, una exquisita obra que se embarca en climas y texturas dignos de ser subrayados como independientes de cualquier rótulo. Y por eso mismo, por su irreverencia, se inscribe dentro de la pléyade de cantantes femeninas que rompieron el molde, algo que sigue siendo difícil, aunque no imposible.



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