Poliamorismo político

Ahora que la agenda ha escandalizado a los moralistas por esta práctica de lealtad sexual abierta, los políticos vuelven a recordarnos que ellos hace ya mucho tiempo que lo practican.

Por Javier Boher
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La semana pasada explotaron los medios desde que Florencia Peña confesó que con su pareja practican el poliamor. Tras ser interpelada por una supuesta infidelidad de su futuro esposo, su respuesta dejó a todos sorprendidos cuando aseguró que viven una relación abierta en la que no existe el engaño porque el picoteo está blanqueado.
Todo ese escándalo se convirtió en tema de debate, con señoras pacatas horrorizadas por las prácticas impúdicas defendidas por una actriz en la curva descendente de su popularidad. ¿En qué cabeza cabe atacar la figura de la monogamia, pilar fundamental de nuestra civilización occidental?
Eso que a tantos parece haber agarrado por sorpresa no es más que lo que se ve en los políticos desde tiempos inmemoriales. No es que se trate de políticos con una moralidad sexual laxa en tiempos de proselitismo de campaña, sino más bien en lo que respecta a las convicciones que los movilizan en el ejercicio de la profesión.
En la base de la política está la negociación, esa búsqueda de un interés particular que se puede realizar exclusivamente en relación con otros. La construcción colectiva obliga a los políticos a ponerse en contacto. Y lo que empieza como contacto puede mutar en coqueteo, fricción y -finalmente- consumación.
Esa actitud receptiva a la búsqueda de interlocutores en distintos espacios políticos es lo que nos ha dado grandes muestras de verdadero poliamorismo político, con dirigentes picoteando en un partido y en otro, viendo quién da más o quién ofrece el mejor cargo.
Con las múltiples vertientes del peronismo, el surgimiento de Cambiemos y la deriva de los diversos progresismos, el diálogo es constante e intenso, más fuerte que en plena pista de boliche swinger. Nadie se quiere perder una oportunidad de acomodarse un tiempo para saciar su sed de al menos una pequeña cuota de poder.
Por supuesto que hay múltiples dirigentes que han hecho del poliamorismo un estilo de vida, alternando entre diversas ramas o representaciones que lograron convertirse en mayoritarias en alguna coyuntura específica.
Ejemplos paradigmáticos a nivel nacional pueden ser Felipe Solá o Julio Bárbaro, personajes que no han perdido la oportunidad de juguetear con los más variados líderes del justicialismo. A su momento, ambos bigotudos supieron estar con todos y cada uno de los conductores que tuvo el partido. Supieron ser cafieristas, menemistas, duhaldistas, kirchneristas y hoy -ante la anomia del partido- están buscando el rumbo, dejándose seducir por los que se disputan el poder.
La izquierda clasista, siempre defensora de una sexualidad liberada, nunca estuvo exenta de estas prácticas. Pese a su rigidez dogmática siempre encontraron la forma de combinar de alguna nueva forma los términos izquierda, socialismo, auténtico o trabajadores para poner un nuevo nombre a su nueva alianza ocasional, casi con la misma facilidad con la que denominan todos los ejemplos de diversidad sexual que pueblan a los colectivos de minorías.
En Córdoba tenemos algunos ejemplos de los más variados partidos que no han tenido problemas en saltar de un espacio a otro, escudándose en las necesidades del pragmatismo para poder poner en práctica sus ideas o en que los que cambiaron fueron aquellos a los que acompañaban antes.
La irrupción de Unión por Córdoba, el kirchnerismo, el Frente Cívico y Cambiemos en distintos momentos históricos obligó a algunos dirigentes a revelar sus preferencias conyugales, liberándose de la obligación de la monogamia y acercándose a algún nuevo referente para no terminar desterrados en el llano.
Por eso no hay que sorprenderse con estas innovaciones mediáticas que escandalizan a los moralistas. Aquellos que están atentos a los cambios en las alianzas y los acuerdos tienen bastante claro que el poliamorismo, lejos de ser una moda pasajera del momento, es un rasgo distintivo del excitante, liberal y libidinoso mundo de la política.



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