Comienza una semana bipolar

La semana comienza con dos imágenes antitéticas, bipolar. Por un lado, el presidente Mauricio Macri mostrando en Nueva York que lo peor de la crisis financiera ya pasó. Por el otro, un paro nacional (el cuarto de la era Macri) convocado para repudiar la política económica del gobierno.



Por Pablo Esteban Dávila

La semana comienza con dos imágenes antitéticas, bipolar. Por un lado, el presidente Mauricio Macri mostrando en Nueva York que lo peor de la crisis financiera ya pasó. Por el otro, un paro nacional (el cuarto de la era Macri) convocado para repudiar la política económica del gobierno.
Es difícil saber con cuál versión del país quedarse. Más allá de que los ideólogos de estos paros no tienen una idea cierta de qué proponer en reemplazo de las políticas que repudian, lo cierto es que el gobierno, hasta hace poco tiempo, tampoco había demostrado rumbos convincentes en lo económico. Hizo falta que el agua llegase al cuello para que el presidente se decidiese, de una vez por todas, a decir la verdad de la situación que había recibido en 2015.
Le llevó una eternidad hacerlo y una severa crisis financiera, pero finalmente lo hizo. Dijo que no se puede vivir por sobre las posibilidades y montados en el placebo momentáneo del déficit fiscal. Dio a entender que el gradualismo formaba parte del pasado y que había llegado el momento de hacer el recorte inicialmente negado. Y que el FMI, a modo de Tío Rico, sería el que pondría la plata que, por ahora, los mercados niegan al país.
Después de interminables semanas en donde el club del helicóptero y organizaciones afines especularon con que Cambiemos sería reemplazado antes de tiempo, las cosas parecen estabilizarse en torno a altas tasas de interés y un dólar a 40 pesos. Aunque la inflación se ha disparado y la actividad económica se encuentra en entredicho, el presidente aspira a que su gira estadounidense sea exitosa y proyecte una imagen de fortaleza entre sus compatriotas.
El escenario está preparado para que así sea. Hoy se verá con Cristine Lagarde en la tradicional recepción que los presidentes de los Estados Unidos prodigan a los mandatarios que asisten a la Asamblea de las Naciones Unidas y es probable que ambos se valgan del encuentro para anunciar una ampliación de la ayuda del Fondo Monetario. También, en ese mismo marco, podrá conversar nuevamente con Donald Trump quien, amén de su legendaria mala prensa, nunca ha dejado de apoyar explícitamente a su colega argentino.
La agenda presidencial tiene otros dos jalones importantes. Macri almorzará con fondos de inversión y bancos de alcance planetario, ante los que intentará despejar cualquier duda sobre sus tenencias en bonos soberanos. Por la tarde recibirá el premio Ciudadano Mundial 2018 que otorga la organización Atlantic Coucil por su “dedicación incansable y desinteresada a su país y su gente”, un galardón que también recibieran, años atrás, George Bush y Bill Clinton. La distinción servirá para mostrar, una vez más, el contraste que existe entre su administración y la de Cristina Fernández en lo que a relaciones exteriores refiere.
Este glamur no será correspondido por los sucesos del frente interno. El mundo del trabajo mostrará su disconformidad con la economía macrista, aunque adoptando diferentes estrategias. La CGT de los “gordos” parará sin movilización, en tanto que los gremios estatales y la izquierda (que no deben preocuparse por la continuidad de ninguna fuente de trabajo) lo harán de una forma más ruidosa, movilizaciones y cortes incluidos.
La huelga llegará en forma un tanto tardía. Existen algunas señales alentadoras en torno a la estabilización de la economía que, en ciertos sectores de la opinión pública, sugerirá una cierta disonancia entre estos reclamos y la realidad. Si la medida de fuerza hubiera tenido lugar quince días atrás, nadie habría podido afirmar que la protesta se encontraba basada en meros supuestos.
Es innegable, por cierto, que el actual orden de cosas es cualquier cosa menos halagüeña. La mega devaluación ha deteriorado el poder adquisitivo de los salarios, sin que las cláusulas gatillos que se habían pactado en paritarias alcancen a compensar la reactivada guadaña inflacionaria. Los gremios, sean de la clase dialoguista o combativa, no pueden ignorar que sus representados se encuentran en un momento de angustia, y que no existe ningún atributo en el gobierno que los lleve a solidarizarse con la suerte de Nicolás Dujovne, Marcos Peña o Nicolás Caputo.
Sin embargo, deberían hacer un esfuerzo de imaginación. La Argentina no puede continuar sosteniendo un déficit que orilla el 5% del PBI y que, de alguna manera, debe ser financiado. Esto no es sustentable, más allá de los gritos de los sindicalistas o las bombas de estruendo en las calles. Más allá de que Macri pueda haber reimplantado las retenciones (una gabela que solemnemente se comprometió a erradicar a comienzos de su mandato) y, con ellas, cierto respiro desde los ingresos públicos, éstas sólo podrán mantenerse mientras el dólar siga siendo competitivo.
Pero esta competitividad, debe recordarse, significa salarios reales más bajos y un estímulo a las exportaciones, que es lo que la macroeconomía necesita. El combo sugiere conflictividad social y un menor bienestar de las clases medias urbanas, sostén electoral del oficialismo mientras no aparezca una opción políticamente más viable. Además, la lucha contra el déficit supone victorias siempre dolorosas a la espera de una que realmente sea sentida como tal por la mayoría de la población. El nombre de este triunfo, siempre esquivo, es productividad, un sustantivo de compleja pronunciación en una Argentina llena de prebendas, subsidios y empleo estatal.
¿Alcanzará Macri a anunciar alguna buena noticia de aquí hasta el final de su mandato? Los más optimistas sugieren que, a mediados del próximo año, comenzarán a verse los frutos, aunque, de primar los actuales lineamientos de política económica, estos se encontrarán más orientados a la producción y exportación de commodities antes que a un boom de consumo o cosa por el estilo.
No son buenas perspectivas para los asalariados. Sus representantes, previsiblemente, intentarán hacer su agosto político denunciando al modelo “neoliberal” (cualquier cosa pueda calificar dentro del adjetivo) y propiciando que Macri no dure un minuto más en la Casa Rosada del que constitucionalmente le corresponde.
Esta vehemencia, lamentablemente, no se materializó en las épocas del kirchnerismo. No hacía falta ser un economista de Harvard para darse cuenta de que nada de lo que entonces ocurría era sustentable, ni qué decir sobre las tendencias cleptocráticas que caracterizaron el régimen de Néstor y Cristina. Muchos disgustos se hubieran ahorrado los sindicalistas hoy indignados si, en su momento, hubieran apelado a la responsabilidad en el manejo de las cuentas fiscales antes que aplaudir al reino mágico del gasto público sin preguntarse quién diablos estaba pagando la fiesta. La imagen, folclóricamente local, del siempre belicoso Mauricio Saillén arengando desde una pila de basura es una metáfora de la relación que sustenta el imaginario sindical con el pasado reciente del país.
¿Y el futuro? Bien gracias. Para este detalle, ningún gremialista parece tener algo que decir.



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