Tomas: ¿para qué, entonces, el cogobierno estudiantil?

Parecería ser que el cogobierno no es suficiente, al menos si se contempla el penoso espectáculo de 40 estudiantes atrincherados en el Pabellón Argentina desde hace más de tres semanas.



Por Pablo Esteban Dávila

Como cualquiera sabe, este año se conmemora el centenario de la Reforma Universitaria. Uno de los principios establecidos en aquella gesta fue el cogobierno, en donde los estudiantes, los profesores y los graduados toman las decisiones que atañen a la universidad. El claustro estudiantil tiene un tercio de los votos que deciden sobre presupuestos, planes de estudio y, entre otras atribuciones, becas.
Su influencia, para aquellos dispuestos a profesionalizarse en la política universitaria, llega hasta el claustro de los graduados, que poseen la novena parte del sistema. Este estamento opera como una “playa de estacionamiento” para los estudiantes que, añorando sus épocas de cursado, no se deciden a valérselas aun en el mercado y continúan su militancia desde otro sector. Estudiantes y graduados (8 sobre 18), como es fácil advertir, manejan casi la mitad de las decisiones.
Uno podría suponer que, con esta realidad, ningún estudiante podría sostener que no se siente representado dentro de la universidad. A través de votaciones libres eligen periódicamente a sus representantes quienes, activa y bulliciosamente, participan de los órganos políticos de la casa de Trejo. Es difícil encontrar una dinámica más democrática que esta.
Sin embargo, parecería ser que el cogobierno no es suficiente, al menos si se contempla el penoso espectáculo de 40 estudiantes atrincherados en el Pabellón Argentina desde hace más de tres semanas. Esta claque, integrada por trostkistas, maoístas, chantas y afines, reclama que las autoridades los escuchen y, por supuesto, acaten una serie de demandas. Es inevitable preguntarse, por lo tanto, para qué sirve el cogobierno estudiantil si una parte de los alumnos parece ignorar la legitimidad de participación de su propio estamento en la conducción universitaria.
El asunto parece complejo, pero, en realidad, no lo es. La toma del Pabellón Argentina comenzó con la protesta docente por mejores salarios. Fue una de las acciones (no la única) mediante las que los estudiantes se solidarizaron con sus profesores. Independientemente de la valoración que pudiera producir este respaldo, lo cierto es que hubo un motivo concreto que, inicialmente, generó la algarada.
Pero luego el conflicto se solucionó. El gobierno puso plata y los docentes optaron por consultar los saldos de sus cajas de ahorro. Billetera mata revuelta. Los estudiantes dejaron las calles e intentaron regresar a las aulas. Pero no todos lo hicieron. A modo de una patrulla japonesa perdida en la selva birmana, algunos continuaron con la toma sin aceptar que la guerra había terminado.
El episodio sería risible si se analizara desde, por ejemplo, Macondo. Un puñado de estudiantes que impide a miles de docentes y compañeros desempeñar sus tareas normalmente, amenazados por el concesionario del bar y enfrentados al resto de los alumnos que desean que se vayan con una sentada anti – toma. García Márquez se hubiera hecho una panzada.
Pero la Argentina ha perdido la capacidad de reírse de este tipo de mamarrachos. Con gesto adusto, preocupado, han desfilado ante el frontispicio de las instalaciones tomadas jueces, docentes, notables y periodistas reclamando por el diálogo. Finalmente, los “negociadores” designados por el rectorado se avinieron a preguntar a los héroes del Alcázar sobre sus demandas. Como ninguno de ellos sabía que cornos hacían allí tuvieron que inventar, rápidamente, una serie de reclamos. El resultado es el delirio en estado puro.
El petitorio presentado ante decanos y notables contieneuna serie de pedidos de informes a la universidad (¿y el cogobierno?), la generación de un régimen de “alumeembarazade” (sic), la remoción de cámaras de vigilancia e imágenes religiosas de todas las Facultades de la UNC, la “garantización (sic) de una opción de menú para veganxs y vegetarianxs (sic) que contemple todas las necesidades nutricionales y -entre otros dislates- la rescisión de contratos con concesionarios privados de bares y fotocopiadoras para que, en su reemplazo, sean cooperativas estudiantiles las que brinden estos servicios. Una hermosura.
Es obvio que nadie en su sano juicio puede aceptar estos puntos, y menos aún que se los arranquen mediante la coacción. Todo indica que esto será rechazado y que continuará la toma. ¿Qué es lo que lleva a alguien a pedir tonterías que, de antemano, sabe que no serán aceptadas? Simple gusto por la violencia. Los amotinados quieren ser reprimidos. Si alguno fuera hipnotizado para decir la verdad, diría precisamente esto.
El rector no quiere hacer olas, como ningún funcionario en la Argentina. Es comprensible. Cada vez que la fuerza pública interviene, el periodismo estándar cambia el eje del debate. En lugar de congratular a quienes intentan poner las cosas en su lugar, se escandalizan por los gases lacrimógenos y las imágenes de los detenidos que comienzan a circular, profusamente, por los noticieros y las redes. Quieren flan, pero sin huevos. De sólo imaginarse la perspectiva, las autoridades se abstienen de hacer nada.
Esta prudencia es, lamentablemente, el origen del mal. Ante tanta inercia, los exaltados se sienten con derecho a hacer cualquier cosa, le toman el tiempo a la institucionalidad. Es un sistema de señales:¿para qué ceder, si los que ceden son siempre los que tienen responsabilidades de gobierno? ¿por qué no aprovecharse un poco de su blandura? De andar armada en los setenta, la izquierda sólo requiere ahora de un termo y un mate para acometer sus objetivos revolucionarios. Yerba en mano y sentadasen lugares públicos son las nuevas tácticas de combate. Mao lo hubiera dicho con elegancia: “toda larga toma comienza con un primer amargo”.
Que triste es ser rehenes de unos palurdos y de sus insensateces. La Universidad de Córdoba vive el período de cogobierno estudiantil más largo de su historia, practicado sin interrupciones desde la recuperación democrática. Nunca fue intervenida en estos treinta y cinco años. ¿Qué es lo que pretenden los insurrectos? ¿Qué la Franja Morada renuncie a los votos que obtuvo y les entregue la representación del estudiantado? ¿Qué Hugo Juri deje de convocar al Consejo Superior y, en su lugar, acepte ser el rector títere de una especie de Manchukuo universitario tutelado por ellos mismos?
La tristeza es todavía mayor cuando se cae en cuenta que, en definitiva, estos okupas juegan a la revolución con los impuestos de millones de contribuyentes que, tal vez, jamás utilicen la universidad. Ojalá alguna vez alguien le ponga el cascabel de la ley este gato salvaje. De no hacerlo, será esta una postal que se repetirá sin interrupciones.



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